50 años del 3 de marzo de 1976: Lucha, poder obrero y represión
Este 3 de marzo se cumple el 50º aniversario de uno de los acontecimientos más relevantes de la mal llamada “transición a la democracia”. Ese día de 1976, una huelga general paralizó la ciudad de Vitoria-Gasteiz por reivindicaciones económicas, sociales y políticas. La huelga fue llevada a cabo por medio de comités obreros, vecinales y estudiantiles, en un clima de insurrección popular. Cinco obreros resultaron asesinados como consecuencia de la brutal represión de la policía franquista.
Este acontecimiento y las movilizaciones de masas a que dio lugar aceleraron la descomposición de un franquismo moribundo que se resistía a abandonar la escena de la historia a fuerza de represión y terror.
Los antecedentes
Tras la muerte del dictador Franco meses antes, se vivía un ambiente de revuelta generalizada. En los primeros meses de 1976, las luchas obreras toman un impulso irresistible. Más de un millón de trabajadores estaban implicados en huelgas. La situación alcanzó el punto culminante en Vitoria, a comienzos del mes de marzo.
La lucha en Vitoria se inició a comienzos de enero en la empresa metalúrgica Forjas Alavesas, y rápidamente se extendió a otras empresas, previa elaboración de una plataforma reivindicativa aprobada en asambleas de trabajadores, cuyos puntos más importantes eran: subida salarial lineal de 6.000 pesetas para romper los topes salariales impuestos por el Gobierno, jornada de 40 horas semanales y jubilación a los 60 años con el 100% del salario.
Las asambleas
Los trabajadores celebraban asambleas semanales en la iglesia de San Francisco de Asís en la ciudad, y había enfrentamientos regulares con la policía en las calles. Había asambleas diarias en cada fábrica para evaluar el progreso de la lucha. La huelga se extendió por las principales fábricas de Vitoria, formándose un comité central de huelga.
Se organizaron asambleas en los barrios obreros y en los centros de estudio, y se crearon comités de solidaridad con la lucha, que también se integraron en el comité central de huelga.
El hecho más relevante fue la elección de comisiones representativas en cada fábrica, compuestas por los obreros más combativos, para coordinar las luchas y negociar con los patrones. Eran responsables ante las asambleas y podían ser revocadas por ellas en cualquier momento. A su vez, los delegados a las asambleas generales eran revocables en cualquier momento.
La huelga abarcó las fábricas principales de Vitoria y el paro fue absoluto. El comité de huelga publicaba un boletín diario para actualizar el progreso de la lucha. Se establecieron cajas de resistencia para cubrir los gastos de la movilización y para ayudar a los trabajadores en dificultades económicas.
Desde estudiantes, pasando por el clero local, hasta trabajadores agrícolas, toda la comunidad estuvo implicada. Las tiendas daban crédito y préstamos a los huelguistas, y los estudiantes organizaron manifestaciones, porque tenían padres y hermanos en huelga.
A lo largo de la lucha, las mujeres jugaron un papel destacado, en su apoyo a los trabajadores. Organizaron un fondo de huelga, recolecciones de alimentos de las aldeas locales y realizaron marchas regulares de “bolsas de la compra vacías” en la plaza de la ciudad para apoyar a los trabajadores.
La patronal y el Estado intentaron socavar la lucha con despidos y detenidos, de manera que la reivindicación de liberar a los detenidos y la readmisión de los despedidos se colocó al frente de la lucha.
En medio de la lucha hubo dos huelgas generales en la ciudad, el 16 y el 23 de febrero, con la participación de los obreros, estudiantes, profesionales y pequeños comercios.
La huelga del 3 de marzo
Tras cincuenta y cuatro días de huelga ininterrumpida, se hizo un llamamiento a una nueva huelga general para el 3 de marzo. El paro fue acatado unánimemente. El 90% de las tiendas y bares fueron cerrados y bajaron las persianas.
Desde la primera hora hubo enfrentamientos entre la policía y los piquetes fuera de las fábricas. Posteriormente, grandes grupos de trabajadores comenzaron a desplazarse hacia el centro de la ciudad. El tráfico estaba absolutamente bloqueado. En cuestión de horas, la ciudad estaba cubierta de barricadas improvisadas. Vitoria quedó paralizada.
Al mediodía se dieron los primeros casos de represión con fuego real. La columna de los trabajadores de Mercedes Benz fue reprimida a tiros, y hubo ya los primeros heridos de bala. Hasta ese momento la policía había respetado las iglesias donde se reunían los trabajadores. Pero ese día ya entró en dos de ellas. Esto fue una advertencia de lo que se estaba preparando.
La masacre
Por la tarde, más de 5.000 personas asistieron a la asamblea general convocada en la Iglesia de San Francisco, que estaba abarrotada de hombres, mujeres y niños. Otras 10.000 permanecían fuera.
La policía comenzó a dispersar a los trabajadores que se dirigían a la asamblea. Pero en lugar de bloquear la entrada de la iglesia antes de que comenzara la reunión, esperaron hasta que la multitud estuviera dentro antes de empezar a “desalojar” a los ocupantes. La policía disparó dentro de la iglesia botes de humo y gas lacrimógeno para obligar a la gente a salir. Conforme la gente salía, la policía abrió fuego, matando a dos trabajadores e hiriendo a muchos otros, muchos de ellos con heridas graves, de los cuales otros tres murieron posteriormente.
Los muertos fueron: Pedro Martínez Ocio, de 27 años; Francisco Aznar, de 17 años; Romualdo Barroso, de 19 años; José Castillo, de 43 años; y Bienvenido Pereda, de 32 años. Las personas fuera de la iglesia que intentaron acudir en su ayuda fueron golpeadas. Esa misma noche, los que corrían a los hospitales para ver a sus familiares heridos también fueron atacados con gases lacrimógenos y balas de goma.
Oficialmente, hubo 150 personas heridas, en realidad hubo muchas más, pero se mantuvieron alejados de los hospitales para evitar el arresto y la posibilidad de más malos tratos a manos de la policía.
La comunicación de radio de la policía durante el transcurso del día recogió la conversación escalofriante entre los agentes de policía.
Aquí reproducimos una parte de ella que nos dice todo lo que necesitamos saber:
—Procedan a desalojar la iglesia. Cambio.
—Entonces por las afueras tenemos rodeado de personal. Va a haber que emplear las armas. Cambio.
—Sacarlos como sea.
—Que manden fuerza aquí que hemos tirado más de 2.000 tiros. Cambio.
—Estaba preguntando si había heridos. Cambio.
—De momento de los nuestros no hay ninguno. Cambio.
—Bueno, está bien. Está bien. Cambio.
—O sea, aquí ha habido una masacre. Cambio.
—De acuerdo, de acuerdo. Cambio.
Cuando se difundió la noticia de los asesinatos, los obreros estallaron en una oleada de furia. Descargaron su ira derribando cabinas telefónicas y postes de luz para levantar barricadas, y hubo disturbios hasta bien entrada la noche.
En el funeral de los trabajadores asesinados, hubo una enorme manifestación, con más de 100.000 asistentes. Se dieron discursos políticos sobre la tumba de estos mártires de la clase obrera. Como lo expresó uno de los dirigentes de la huelga: “Esto no es solo un duelo para las familias de estos hombres. Es un duelo para toda la clase obrera”.
Los verdugos de estos trabajadores tienen nombres y apellidos: Manuel Fraga, ministro de Gobernación (actual Ministerio del Interior), y Rodolfo Martín Villa, quien lo sustituyó por encontrarse fuera del país.
Los sucesos de Vitoria tuvieron un efecto eléctrico sobre la conciencia de centenares de miles de trabajadores de todo el Estado. Se convocan huelgas y manifestaciones espontáneas en diferentes partes del país. Ya el día 4 hubo una huelga total en Pamplona. El día 5 muere asesinado por la policía un obrero de Duro Felguera en Tarragona. Otro trabajador es asesinado en Elda (Alicante). En todas partes se espera la convocatoria de una huelga general. Sin embargo, los dirigentes de CCOO llaman a la calma y no convocan nada. Solo en el País Vasco, el día 8 de marzo, se convoca la huelga general y 500.000 trabajadores responden en solidaridad con los obreros de Vitoria. En Basauri (Vizcaya), un joven obrero de 18 años muere de un balazo en la cabeza a manos de la policía.
Era el momento de arreciar en la lucha. La situación era claramente prerrevolucionaria en el Estado español. Las condiciones objetivas para la revolución socialista estaban dadas. El heroísmo que demostraban los trabajadores en cada huelga, en cada manifestación, indicaba que estaban dispuestos a luchar hasta el final. La pequeña burguesía, los pequeños campesinos, pequeños comerciantes, los estudiantes de universidad, autónomos, etc., miraban cada día con más simpatía la lucha de los trabajadores y, en muchos casos, se unían a ella. La burguesía era presa del pánico y estaba desmoralizada y dividida, completamente aislada de la mayoría de la sociedad.
Pero librar una lucha revolucionaria contra los restos del franquismo era lo último que deseaban los dirigentes del PCE, el partido que controlaba CCOO y la mayor parte de la oposición organizada al Régimen en el movimiento obrero y vecinal. Buscaban a toda costa llegar a un acuerdo con el ala “aperturista” del régimen para una “transición democrática” ordenada, lo cual consiguieron cediendo en todo: la monarquía, la bandera franquista, el mantenimiento intacto del aparato de Estado franquista y, por supuesto, el respeto a la propiedad de los grandes monopolios y bancos que habían sostenido la dictadura durante décadas. Sin dudarlo, los dirigentes del PSOE y la UGT se sumaron a la traición.
Las secuelas
Después de la masacre, los empresarios se mantuvieron igual de obstinados. Estaban decididos a no reincorporar a los trabajadores despedidos ni a abrir las puertas de las fábricas. Pero ante la explosividad de la situación el gobierno intervino. Fraga Iribarne ordenó que se impusiera un laudo de obligatorio cumplimiento. Eso alivió a los empresarios de la dolorosa necesidad de readmitir a los despedidos por voluntad propia.
La huelga acabó el día 16, cuando la patronal aceptó casi todos los puntos de la plataforma reivindicativa. La victoria de los trabajadores fue evidente, pero tuvo un sabor amargo.
Sí hubo, sin embargo, consecuencias políticas relacionadas con los acontecimientos de Vitoria. Cuatro meses después, eran cesados el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, y el ministro de Gobernación, el propio Manuel Fraga. Estuvo claro que aquel Gobierno utilizó la matanza de Vitoria como aviso ante la proliferación de conflictos obreros, tras la muerte de Franco. El entonces ministro de la Presidencia y viceministro segundo, Alfonso Osorio, admitió: “Ya nos informaron los empresarios que eran pequeños soviets que se estaban gestando y había que extinguirlos”.
Ningún policía o mando fue detenido. Tres líderes sindicales fueron encarcelados y amnistiados cinco meses después por el ya presidente Adolfo Suárez.
50 años después, ni olvidamos ni perdonamos. Pero no podremos obtener justicia ni reparación por esos y otros crímenes contra la clase obrera del actual Régimen del 78, establecido sobre la base del fraude y la traición que supuso la llamada Transición. Este régimen debe ser derribado junto al sistema capitalista sobre el que se sustenta. Para encarar esta tarea, la nueva generación debe aplicarse al estudio de la lucha revolucionaria contra el franquismo y la llamada “transición democrática”, y sacar las lecciones correctas de estos procesos históricos para contribuir al éxito de la lucha por el socialismo.
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