Francia: del 17 de octubre al 5 de noviembre… ¿Cómo ganar?

El 17 de octubre marcó un punto de inflexión en el desarrollo de la lucha de clases. Ese día, una enorme multitud de trabajadores se unió a los estudiantes de secundaria y universitarios que se habían movilizado. Todos los sectores de la economía estaban representados. El ambiente era de una radicalidad excepcional. Muchos manifestantes no solo exigían tal o cual medida, sino también un cambio total de gobierno y de sistema; en pocas palabras, una revolución.

En respuesta, el gobierno se esfuerza por sofocar el movimiento bajo una densa capa de amenazas, mentiras y violencia estatal. Después de clasificar el movimiento de estudiantes de secundaria como «violencia urbana», los políticos y periodistas burgueses no paran de gritar, día y noche, contra la «violencia sin precedentes» de «la ultraizquierda» y de los «delincuentes», esa «coalición» cuyo arquitecto y líder supremo sería Jean-Luc Mélenchon. Para salvar al país de las garras del partido La Francia Insumisa1 (LFI), el gobierno intensifica la represión policial y judicial, impone toques de queda, prohíbe las manifestaciones y anuncia la movilización del ejército, del GIGN y del RAID.2

Las manifestaciones del pasado sábado 24 de octubre fueron tan masivas y radicales como las del sábado anterior. Esta nueva demostración de fuerza es aún más notable porque Macron había dicho el jueves: «Lo que se recomienda es no manifestarse». Para respaldar esta «recomendación», el Gobierno amenazó a los manifestantes, anunció un enorme despliegue policial, prohibió manifestaciones, cambió los recorridos a última hora, etc., etc. Se hizo de todo para reducir la magnitud de la movilización, pero fue en vano: fue un fracaso total para el Gobierno y un éxito rotundo para la juventud y los trabajadores movilizados.

Muchos manifestantes hablaban sobre el futuro del movimiento y, en particular, sobre la jornada del 5 de noviembre. El miércoles, Sophie Binet (CGT) lanzó un llamamiento al respecto para «dar un nuevo paso en la movilización. La huelga debe tomar el relevo». Por eso, la CGT, junto con la coalición sindical, convoca a la movilización más amplia posible el 5 de noviembre. Llamamos a los trabajadores y trabajadoras a organizar asambleas generales en todos sus lugares de trabajo, con todos sus compañeros y compañeras, en todos los departamentos y en todas las fábricas, para generalizar la huelga el 5 de noviembre y en los días posteriores. Eso es lo que hay que poner en la agenda: la huelga. Cuando los trabajadores y las trabajadoras se detienen, el país se detiene, la economía se bloquea, y eso permitirá que, por fin, nuestras demandas sean escuchadas».

Esta declaración marca un punto de inflexión en la actitud de las direcciones confederales de los sindicatos. Durante mucho tiempo ignoraron deliberadamente el llamado —lanzado a principios de septiembre— a movilizarse el 17 de octubre; pero el enorme éxito de esa jornada y la radicalidad que allí se expresó las han empujado a dar un paso serio (por lo menos de palabra) hacia una clara intensificación de la lucha. Cuando Sophie Binet habla de «generalizar la huelga el 5 de noviembre y en los días posteriores», señala con mucha precisión el camino que debe seguir el movimiento para hacer fracasar la infame estrategia del gobierno.

Los militantes políticos y sindicales más combativos deben hacer suyo el llamado de Sophie Binet. Hay que hacer todo lo posible por desarrollar un amplio movimiento de huelgas renovables3 a partir del 5 de noviembre. ¿Cómo hacerlo y con qué programa? Responderemos más adelante a esta pregunta, pero primero tenemos que analizar la situación general en la que se encuentran nuestros enemigos de clase: la burguesía, su gobierno y todos sus políticos.

La base económica de la orgía represiva

Lenin destacaba que la política es «la economía concentrada». La situación actual es un claro ejemplo de ello. La orgía represiva del gobierno en las últimas semanas no se puede entender sin tener en cuenta la profunda crisis de la economía francesa y, en particular, su deuda pública.

La tasa de interés de los bonos del Estado a 10 años rondaba el 3,7 % en junio pasado; el 21 de octubre superó la barrera del 5 %. Para el Estado francés, esto significa que, a la larga, tendrá que pagar decenas de miles de millones de euros adicionales a sus acreedores.

La segunda economía de la zona euro está metida en una dinámica similar a la de Grecia en los años que siguieron a la crisis mundial de 2008. El Estado griego se endeudaba al 4,5 % en 2007 y luego al 5 % en 2009. En enero de 2010, la tasa de interés era del 6 %; en diciembre de ese mismo año, se había disparado al 12 %. Este aumento continuó, pero a partir de 2010 el FMI y el BCE4 tomaron el relevo de los mercados financieros. El supuesto «rescate» de Grecia se condicionó a recortes presupuestarios de magnitud sin precedentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En cuestión de unos pocos años, las masas griegas se empobrecieron drásticamente.

«Francia no es Grecia», dicen los analistas burgueses. Descartan la posibilidad de que los tipos de interés se disparen así y, con mayor razón, de que haya que recurrir al FMI. Lo que no descartan en absoluto, por el contrario, e incluso reclaman con insistencia, es una serie de contrarreformas y recortes presupuestarios extremadamente severos; «a la griega», precisamente. Al final de esta enorme purga de austeridad, los servicios públicos quedarían en ruinas y la mayoría de la población desangrada, ¡pero el honor nacional estaría a salvo, ya que el FMI no habría intervenido!

Tal es el programa que los políticos burgueses quieren imponer a la abrumadora mayoría de la población francesa. Los únicos que se beneficiarían serían el puñado de explotadores multimillonarios que son dueños de los bancos y de los grandes medios de producción.

Ante esta perspectiva, y bajo la creciente presión de los mercados de bonos, la burguesía y su gobierno prefieren recurrir a una represión sin precedentes, acompañada de mentiras no menos escandalosas, antes que hacer la más mínima concesión sustancial a las demandas legítimas de los estudiantes de secundaria, universitarios y trabajadores movilizados.

Por este camino, el Estado burgués se permite todo tipo de artimañas, así como todas las formas de infiltración y de provocación policial. Así, el «fracaso» del aparato estatal el 17 de octubre no se debió solo a la fuerza explosiva de la movilización, sino también a la orquestación del «caos» por parte de un poder sediento de imágenes sensacionalistas. Desde entonces, estas se repiten sin cesar y sirven de pretexto para una ofensiva brutal contra nuestros derechos democráticos más elementales, empezando por el de manifestarnos y circular libremente.5

Si esta estrategia no funciona en las próximas semanas y la lucha cobra aún más fuerza, la burguesía preferirá sacrificar a Macron —es decir, adelantar unos meses las elecciones presidenciales— antes que hacer concesiones significativas al movimiento, ya que tales concesiones serían exactamente lo contrario de lo que exigen los mercados financieros.

El periódico Le Monde, entre otros, destaca cada día que la opción de que Macron renuncie está sobre la mesa. Este viejo periódico de la burguesía «liberal» sugiere que, en cierto punto, solo unas elecciones presidenciales anticipadas podrían frenar el auge de la lucha. A decir verdad, ni siquiera es seguro: las masas movilizadas podrían no conformarse con un ligero cambio en el calendario electoral. Pero para la burguesía hay otro problema inherente a esta opción: la renuncia de Macron tendría efectos contradictorios —y no necesariamente positivos, en su conjunto— en el ánimo y los cálculos de los especuladores que financian la deuda pública francesa. Por eso la clase dominante, en este momento, se aferra a la esperanza de aplastar el movimiento bajo una avalancha de amenazas, represión y provocaciones policiales.

Al hacerlo, corre el riesgo de avivar aún más el fuego de la revuelta, en lugar de apagarlo, ya que millones de explotados y oprimidos están indignados por la brutalidad policial y la restricción salvaje de los derechos democráticos. También están hartos del torrente de mentiras y distorsiones que vierten los medios burgueses las 24 horas del día, en flagrante contradicción con lo que el pueblo ve con sus propios ojos —ya sea directamente o a través de los numerosos videos publicados en las redes sociales—. Del mismo modo, el silencio en torno a las circunstancias en las que murieron dos personas, el 17 y el 18 de octubre, alimenta la desconfianza hacia un poder cuya autoridad moral está reducida a cenizas.

Por último, todos entienden la relación entre el atentado cometido en Trappes6 el viernes y la propaganda racista que, desde hace tantos años, no dejan de difundir todos los políticos y periodistas burgueses (tanto de la extrema derecha como del supuesto «centro»). Macron intenta manipular esta tragedia en su beneficio, pero esta maniobra cínica solo aumenta la ira de las masas.

La campaña contra LFI

En este contexto, la campaña permanente contra LFI alcanza nuevos niveles. A Mélenchon y a sus compañeros se les exige que «condenen firmemente» la «violencia» de la que —precisamente a ellos mismos— se les acusa de ser los instigadores. ¡Con toda lógica, se les pide entonces que se «condenen» a sí mismos muy «firmemente», e incluso que se entreguen a la Justicia exigiendo, contra sí mismos, las penas más ejemplares!

Las declaraciones de Retailleau y Larcher7 sobre la posibilidad de «prohibir» a LFI están, obviamente, cargadas de segundas intenciones electorales. Los Republicanos y su siniestro candidato temen otra debacle en las elecciones presidenciales. Atrapado entre Edouard Philippe y Marine Le Pen8, Bruno Retailleau busca un respiro y votos en la derecha del RN.9

Ahora que se ha «planteado» la cuestión de la prohibición de LFI, los grandes medios dedican debates a sopesar los «pros» y los «contras». En realidad, todo esto no es más que propaganda absurda y, en el fondo, desesperada. Es obvio que el Estado no va a prohibir a LFI, ya que entonces la reacción explosiva de las masas —mucho más allá de los votantes habituales de este movimiento— podría arrasar con todo el régimen político.

En general, la burguesía no tiene interés en llevar a Francia por el camino de un régimen «bonapartista», es decir, una dictadura militar y policial, porque a estas alturas tendría muchas posibilidades de perderlo todo. Lo que estamos viendo no marca el advenimiento de un régimen bonapartista, como se oye decir con demasiada frecuencia, sino que nos recuerda lo que ya demostró la represión de los Chalecos Amarillos en 2018 y 2019: la brutalidad policial y la restricción de los derechos democráticos son compatibles con los mecanismos elementales de una «democracia» burguesa. Esto no cambia nada de la esencia del Estado, del cual Lenin subrayaba que consiste en «destacamentos especiales de hombres armados» que defienden el poder y los privilegios de la clase dominante.

En momentos explosivos de la lucha de clases, como ahora, el Estado «democrático» burgués suelta a sus perros. En respuesta, debemos llevar a cabo una lucha de masas inflexible contra cualquier atentado contra los derechos de los trabajadores y de los oprimidos en general. En lugar de anunciar sin cesar la llegada de un régimen fascista o bonapartista, los líderes del movimiento obrero deben luchar seriamente contra todos los ataques actuales de la burguesía «democrática», y en particular contra el escandaloso encarcelamiento de muchos jóvenes manifestantes (el viernes, L’Humanité publicó la cifra de 174 detenciones desde el 17 de octubre). ¡Todo el movimiento obrero debe exigir su liberación inmediata y que se retiren todos los cargos!

Es necesario un plan de batalla

En la medida en que no quiere hacer ninguna concesión seria, el gobierno se ha embarcado en una estrategia represiva que, lejos de quebrar la movilización, la ha ampliado a nuevos sectores sociales.

En este contexto, Sophie Binet, en nombre de la coalición sindical, ha llamado a «generalizar la huelga el 5 de noviembre» y en los días siguientes. Si esta convocatoria se hace realidad, si el 5 de noviembre se pone en marcha un amplio movimiento de huelgas renovables, eso pondrá al gobierno contra la pared y lo obligará a cambiar de estrategia. La mejor forma de obligar al poder a guardar las porras, los LBD10 y los gases lacrimógenos es una movilización masiva de la clase trabajadora en forma de huelgas renovables. En otras palabras, es la parálisis de la economía.

Sophie Binet llama a los trabajadores «a organizar asambleas generales en todas partes, en todos sus centros de trabajo, con todos sus compañeros, en todos los departamentos, en todas las fábricas», para incluir la huelga renovable en la agenda. Eso es exactamente lo que se necesita. Sin embargo, sabemos bien que no todos los «lugares de trabajo» están en la misma situación, ni cuentan con la misma presencia sindical ni con las mismas tradiciones de lucha. Además, no todas las empresas tienen el mismo peso económico ni pueden desempeñar el mismo papel en la paralización de la producción. Sophie Binet tiene razón al llamar a toda la clase trabajadora a movilizarse, pero este llamado general debe ir acompañado, sin falta, de un plan de batalla concreto, preciso y basado en el estado real de nuestras fuerzas; en particular, las de las organizaciones sindicales.

Primero, hay que apuntar a la movilización de los sectores de la clase trabajadora que, por un lado, cuentan con organizaciones sólidas y tradiciones de lucha y, por otro, ocupan puestos clave en la vida económica del país. Este es el caso, sobre todo, de los trabajadores del transporte, la energía y los puertos. Si se lanzan a una huelga renovable sólida, pueden dar un impulso decisivo a la movilización de otros sectores importantes de la clase trabajadora, como la metalurgia, los bancos y toda la administración pública.

No mencionamos por casualidad a los trabajadores del transporte, la energía y los puertos. En las últimas dos décadas, estos tres sectores han llevado a cabo varias huelgas prorrogables. Sin embargo, los gobiernos de la época no cedieron nada porque en cada ocasión la huelga renovable no se extendió a otros sectores. Los trabajadores de las empresas movilizadas aún recuerdan esas derrotas. Hay que tenerlo en cuenta y extraer lecciones de ello. La movilización de estos bastiones de nuestra clase debe basarse, esta vez, en un plan de batalla claro, conocido y discutido por todos, que prevea una rápida extensión de la huelga renovable a otros sectores clave de la economía. De lo contrario, los trabajadores de los puertos, la energía y el transporte podrían dudar en comprometerse, una vez más, en una lucha de larga duración.

No pretendemos dar los detalles precisos del plan de batalla requerido. Las organizaciones sindicales y sus diversas estructuras —locales y federales— saben mucho mejor que nosotros qué estado de ánimo hay en los distintos sectores. Pueden y deben desempeñar un papel central en la organización y coordinación del movimiento de huelga a partir del 5 de noviembre.

Hay que movilizar a todas las fuerzas del movimiento sindical, con el apoyo de todas las fuerzas de la «izquierda radical» (incluido LFI). Al mismo tiempo, la huelga debe estar firmemente controlada por los propios huelguistas. Sophie Binet convoca a todos los trabajadores a reunirse en asambleas generales. Estas pueden tomar la forma de «asambleas generales interprofesionales», que reúnan a trabajadores de distintos sectores y faciliten la expansión del movimiento huelguístico. También pueden elegir delegados encargados de coordinar la lucha y de aplicar de manera concreta las decisiones adoptadas en las asambleas generales.

Los estudiantes de secundaria y los universitarios también pueden desempeñar un papel muy importante en esta nueva etapa de la lucha. Durante el movimiento de masas contra el CPE11 (2006), las asambleas generales en las universidades organizaban marchas de estudiantes universitarios y de secundaria hacia las estaciones de tren y las empresas para provocar paros laborales, a menudo con éxito. Este fue un elemento clave en la victoria de ese movimiento.

Los estudiantes universitarios y de secundaria —que son muy conscientes del papel decisivo de los trabajadores— deben retomar estas grandes tradiciones de lucha. Para eso, las organizaciones estudiantiles no deben bloquear las universidades de forma prematura, sino, por el contrario, organizar allí asambleas generales masivas, diarias y abiertas a los estudiantes de secundaria y a los trabajadores, con el objetivo de contribuir de manera concreta al desarrollo de las huelgas renovables. Esa debe ser la prioridad del movimiento estudiantil desde que se reabran las universidades, el 2 de noviembre, en estrecha coordinación con el movimiento de secundaria y con las organizaciones obreras.

El programa de la lucha

Una huelga renovable sólida debe basarse en un programa ofensivo. Los trabajadores no se lanzarán a un movimiento de tal magnitud con la esperanza de obtener migajas. Tiene que valer la pena; los objetivos del movimiento deben estar a la altura de los sacrificios que se hacen.

En su declaración del 19 de octubre, la junta confederal de la CGT planteó las siguientes reivindicaciones: «el fin de Parcoursup12, recursos para las preparatorias y las universidades, el aumento de los salarios, del salario mínimo (SMIC) y del índice salarial de los funcionarios, de las pensiones, de las becas estudiantiles y de todas las prestaciones sociales, el fin de los copagos sanitarios y de los recortes en los servicios públicos, empezando por los hospitales, la congelación de los precios y el cese de los despidos».

En conjunto, estas demandas —a las que hay que añadir la nacionalización de TotalEnergies, si de verdad se quiere «congelar los precios»— no son poca cosa. A día de hoy, cumplir con ellas se consideraría incluso una victoria rotunda del movimiento. Sin embargo, el gobierno no solo no tiene la más mínima intención de satisfacerlas, sino que se empeña en preparar un presupuesto que impone 54 mil millones de euros de «esfuerzos» adicionales a la abrumadora mayoría de la población.

Una vez más, el gobierno del primer ministro Lecornu solo tiene una idea en mente: demostrarles a los mercados de bonos que es capaz de imponer un nuevo presupuesto de austeridad. Por eso, si se desarrolla un poderoso movimiento de huelgas renovables, la burguesía preferirá jugar la carta de la renuncia de Macron, o sea, unas elecciones presidenciales anticipadas, en lugar de hacer la más mínima concesión seria a las demandas del movimiento.

Dicho esto, podría ser que la burguesía juegue esa carta demasiado tarde. Si se inicia un movimiento de la magnitud del de Mayo del 68, como propone Sophie Binet, la parálisis de la economía tendría un impacto enorme en la conciencia de los trabajadores. Como siempre, una huelga general indefinida plantearía la cuestión del poder, es decir, la pregunta: ¿qué clase social debe dirigir la sociedad? ¿Los parásitos gigantes que se atiborran de ganancias a costa del pueblo o la clase trabajadora, que crea toda la riqueza y sabrá administrar la economía en beneficio de la mayoría?

Por eso, nuestro partido, el PCR, insiste en que el programa de la lucha se corone con una reivindicación sencilla: «¡Abajo el gobierno de los ricos! ¡Por un gobierno de los trabajadores!». Hay que preparar desde ya a nuestra clase para la perspectiva de conquistar el poder. Cualesquiera que sean los desarrollos concretos de la lucha en las próximas semanas, hay que defender sin cesar esta idea y este objetivo en todos los sectores de la clase obrera y de la juventud.

La propia Sophie Binet lo ha destacado: «Cuando los trabajadores y las trabajadoras se detienen, el país se detiene, la economía se paraliza». Precisamente por eso los trabajadores debemos tomar el control de la economía y reorganizar la sociedad sobre bases socialistas. Hay que expropiar a la gran burguesía y reemplazar el caos del «libre mercado» por una planificación racional y democrática de la producción. La CGT debe retomar con urgencia esta idea fundamental, que durante mucho tiempo constituyó el eje central de su programa.


  1. (La France Insoumise en francés) Partido político de izquierda en Francia, dirigido por Jean-Luc Mélenchon. ↩︎
  2. GIGN y el RAID son las fuerzas de élite y de operaciones especiales más letales y selectas del Estado francés. No son agentes antidisturbios comunes, sino unidades tácticas antiterroristas y de rescate de rehenes. ↩︎
  3. La huelga renovable, también conocida como huelga prorrogable, es un tipo de huelga indefinida que se vota y se renueva periódicamente. A diferencia de una huelga convencional convocada por un período de tiempo fijo (como un paro de 24 horas), en una huelga renovable los trabajadores de un sector o empresa se reúnen en asambleas generales (normalmente cada día o cada pocos días) para debatir y votar democráticamente si continúan o no con el paro.
    ↩︎
  4. Fondo Monetario Internacional y Banco Central Europeo. ↩︎
  5. Citaremos aquí las palabras de Marx durante la sangrienta represión de la Comuna de París, en mayo de 1871: «El París obrero, al llevar a cabo su propio y heroico holocausto, arrastró a las llamas edificios y monumentos. (…) El gobierno de Versalles grita: ¡Incendiarios! y les da esta consigna a todos sus agentes, hasta en la aldea más remota: perseguir por todas partes a sus enemigos, bajo la sospecha de que son profesionales del incendio. ¡La burguesía de todo el mundo, que contempla complacida la masacre en masa después de la batalla, se estremece de horror ante la profanación del ladrillo y el mortero! ». En igualdad de condiciones, los periodistas y políticos burgueses que apoyan «con complacencia» la represión policial y judicial también se contorsionan hipócritamente ante «la profanación del ladrillo y el mortero».
    ↩︎
  6. El atentado cometido en Trappes fue un ataque terrorista de carácter racista y de extrema derecha perpetrado el viernes 23 de octubre de 2026. En este suceso, un hombre de 39 años abrió fuego de forma indiscriminada en las localidades de Trappes y La Verrière, en la periferia suroeste de París. Los disparos provocaron un muerto (un joven de 26 años de origen africano) y cinco heridos.
    ↩︎
  7. Bruno Retailleu presidente de Los Republicanos y Gérard Larcher miembro de Los Republicanos y presidente del Senado de Francia, cargo que ocupa ininterrumpidamente desde 2014
    ↩︎
  8. Edouard Philippe – Presidente del partido de derecha Horizontes (Horizons) y alcalde de la ciudad portuaria de Le Havre. Marine Le Pen candidata presidencial de Agrupación Nacional (Rassemblement National, RN), el histórico partido de extrema derecha fundado originalmente por su padre, Jean-Marie Le Pen
    ↩︎
  9. Agrupación Nacional (Rassemblement National, RN)
    ↩︎
  10. Lanceur de Balles de Défense (Lanzador de Balas de Defensa) es una escopeta o lanzador que dispara proyectiles de caucho, considerada “no letal”, utilizada por las fuerzas de seguridad francesas la dispersión de multitudes.
    ↩︎
  11. CPE (2006) Contrato de Primer Empleo. Propuesta legislativa de un contrato diseñado exclusivamente para jóvenes trabajadores menores de 26 años, cuyo principal objetivo era abaratar y facilitar el despido, ya que establecía un período probatorio de dos años y despidos sin justificación ni indemnización. La aprobación parlamentaria del CPE desató una de las oleadas de protestas estudiantiles y obreras más potentes en la historia del país desde mayo de 1968. Durante cerca de diez semanas, se vivió una parálisis generalizada. En abril de 2006, acorralado por el bloqueo económico y el descontento popular, el presidente Chirac retiró y sustituyó el texto legal, anotándose la juventud trabajadora una victoria histórica
    ↩︎
  12. Parcoursup es el portal para la preinscripción en el primer año de la educación superior, denunciado por su proceso de selección, descrito como una forma de selección social que favorece a quienes provienen de escuelas de élite y de zonas acomodadas.

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