Guerra Imperialista contra Irán – Crece la escalada militar y la economía mundial se desliza sin freno hacia el abismo
Este artículo, escrito días antes de la frágil tregua alcanzado por EEUU e Irán, indaga en las raíces imperialistas del conflicto, los intereses geopolíticos y económicos en juego y advierte por adelantado que cualquier acuerdo precario que se alcance ahora sólo anticipa nuevas y sangrientas guerras, pues al fin y al cabo capitalismo significa guerras y horror sin fin.
La agresión imperialista contra Irán que Trump y sus “estrategas”, aleccionados por Netanyahu, iniciaron el 28 de febrero y que estimaban duraría unos pocos días, se ha convertido en una guerra en todo Oriente Medio, con un incremento de la escalada bélica de consecuencias imprevisibles.
Los asesinatos de dirigentes religiosos, políticos y militares, las oleadas de ataques masivos e indiscriminados contra la infraestructura y la población civil en Irán, lejos de provocar el colapso del régimen, han cimentado el respaldo masivo del pueblo iraní en defensa de su país contra la agresión imperialista.
Militarmente, Irán mantiene su capacidad de respuesta; ha conseguido dañar gravemente al menos 13 instalaciones militares estadounidenses en el Golfo, incluida la base naval de la V Flota en Baréin, y controla totalmente el estrecho de Ormuz, decidiendo qué navíos pueden o no surcar sus aguas.
Algunas de las preguntas clave que siguen asaltando la mente de millones de jóvenes y trabajadores, para entender esta situación y saber cómo afrontar la barbarie capitalista y sus consecuencias, son: el carácter de clase de esta guerra, sus implicaciones y efectos económicos, y la postura y el programa por los que luchar.
Contenido
- 1 Una guerra imperialista para decidir quién controla Oriente Medio
- 2 La política del segundo gobierno de Trump y los intereses que realmente están en juego
- 3 La pelea por controlar la ruta continental euroasiática
- 4 Rusia–Irán
- 5 China–Irán
- 6 Palestina y la guerra
- 7 Promesas de paz – Tambores de guerra
- 8 Huida hacia adelante y prepotencia
- 9 De guerra relámpago a fracaso estrepitoso
- 10 Conclusión
Una guerra imperialista para decidir quién controla Oriente Medio
Carl von Clausewitz, en su libro De la guerra, afirmaba: “La guerra siempre emana de una situación política y solo es provocada por un acto político. No es solo un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación del tráfico político, una ejecución del mismo por otros medios. Lo que sigue siendo peculiar de la guerra se refiere solo a la naturaleza singular de sus medios”.
En el trágico “Gran Juego” de lucha despiadada por los mercados, rutas comerciales y fuentes de materias primas, que caracteriza la fase final imperialista del capitalismo —que se viene desarrollando desde hace más de un siglo—, asistimos a una lucha sin cuartel por el dominio y reparto de un mercado mundial cada vez más reducido.
Lo que esta etapa de decadencia senil del capitalismo monopolista implica es una lucha permanente, cada vez más aguda y violenta, con el apoyo pleno de sus respectivos gobiernos y Estados nacionales, entre las grandes potencias imperialistas globales y regionales, para decidir cómo se reparte la riqueza generada por el trabajo de miles de millones de obreros y campesinos entre unos pocos cientos de gigantescos monopolios que controlan la vida económica del planeta.
Es en este contexto donde asistimos al importante cambio en el peso de las principales potencias imperialistas, que se ha venido gestando durante los últimos 20 años, expresado, por un lado, en el enorme incremento del poder económico, político y militar de China y, a un nivel más limitado, de Rusia; y, como contrapartida, en el debilitamiento más que significativo del peso de las viejas potencias occidentales y, sobre todo, en la relativa decadencia de EE. UU., que, aunque sigue siendo la primera potencia económica y militar del mundo, ya no es el hegemón incuestionable en el que se había convertido tras la caída de la URSS.
Es en esta radical y febril alteración de la correlación de fuerzas interimperialista donde tenemos que enmarcar esta guerra contra Irán.
Ciertamente, la importancia estratégica de Oriente Medio y, por tanto, la lucha por su control han sido un elemento clave en la pugna entre las diferentes potencias imperialistas desde que, a finales del siglo XIX, el petróleo y sus derivados se fueron convirtiendo en el principal recurso energético planetario.
Después de la Segunda Guerra Mundial, su importancia creció de forma exponencial. El petróleo y, a partir de los años 50, la explotación y el uso generalizado del gas natural se convirtieron en un recurso vital para garantizar la creciente demanda de energía —imprescindible en todos los campos de la actividad productiva—. Al mismo tiempo, los nuevos productos derivados de su refino proporcionaron los insumos básicos para nuevos sectores industriales que hoy son vitales para el conjunto de la economía global.
Como subproducto de la lucha por mantener el control económico y militar de la región por el imperialismo occidental, en 1948 se fundó el Estado de Israel, cuya vinculación e interdependencia con EE. UU. se fue cimentando desde su creación, convirtiéndose en el principal bastión imperialista de la región.
El predominio económico y militar del imperialismo americano, unido a la dependencia de las oligarquías locales, garantizó que, hasta finales de los años 70, mantuvieran el control de la mayor parte del comercio global de la energía y que, tras la crisis de 1973-74, se afianzara el papel dominante del dólar como moneda de intercambio universal, al imponerse el uso exclusivo del billete verde en todas las transacciones energéticas —los denominados petrodólares—.
Como si de una plaga bíblica se tratase, para la inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños que conforman las clases laboriosas de toda la región, bajo el dominio de los imperialistas y de sus agentes oligárquicos locales, la inmensa riqueza que atesora la tierra en que nacieron solo les ha supuesto miseria, opresión y muerte.
En la macabra partida entre las principales potencias dominantes, para seguir garantizando la explotación y el saqueo de esta zona vital para el capitalismo mundial y decidir así cómo se reparte el botín, Irán ha sido siempre una pieza clave.
Históricamente, por su enorme tamaño —mayor que el de Europa occidental— y su estratégica ubicación geográfica, con casi 6.000 km de fronteras terrestres y 3.000 km de costas marinas, ha servido como puente, por su frontera oriental, entre China, Asia Central y el subcontinente indio; por el norte, con el mar Caspio, el Cáucaso y el Kurdistán; y por el oeste y el sur, con Iraq y toda la orilla oriental del Golfo Pérsico hasta el mar Arábigo. Irán siempre fue la llave para controlar la mayoría de las islas del golfo y el estratégico estrecho de Ormuz.
Cuando la revolución iraní —fagocitada posteriormente por los ayatolás— derrocó al régimen títere del Sha en 1979, Irán se convirtió en una seria amenaza para el dominio económico y militar de Asia Occidental por parte de los grandes monopolios americanos y europeos, poniendo también en riesgo los multimillonarios ingresos de sus secuaces: las ultrarreaccionarias monarquías del Golfo y otros aliados en la región.
Desde ese mismo momento, EE. UU. e Israel, su principal agente, con el respaldo —en ocasiones abierto y en otras encubierto— de los regímenes títeres árabes de todo el Cercano Oriente y del Golfo, iniciaron un plan sistemático para minar los recursos económicos y militares de Irán y conseguir, por cualquier medio —“pacífico”, negociando con el régimen de los ayatolás, o mediante la “fuerza bruta y la guerra”—, retomar su control del país.
Tras la ruptura de relaciones diplomáticas en noviembre de 1979 —por la denominada crisis de los rehenes, que se prolongó del 4 de noviembre de 1979 al 20 de enero de 1981—, los imperialistas americanos, optando por la fuerza, financiaron y armaron, incluso con armas químicas de destrucción masiva, a su entonces “aliado”, el presidente iraquí Saddam Hussein, con el objetivo de derrotar militarmente a Irán.
En septiembre de 1980 comenzaba la guerra por delegación entre Iraq e Irán, un conflicto que durante ocho años devastó ambos países, provocando cientos de miles de muertos y heridos en ambos bandos y que, en contradicción abierta con los objetivos del plan imperialista, concluyó con la victoria militar y el fortalecimiento de Irán como potencia regional.
Las ondas concéntricas generadas por la situación creada tras la derrota iraquí, con sus terribles consecuencias sociales y económicas, provocaron la desestabilización del régimen baasista de Bagdad.
En una desesperada huida hacia adelante, para exigir que fuesen los “promotores” de la carnicería quienes pagasen la cuenta, el mismo ejército iraquí que EE. UU. y los jeques del Golfo habían financiado con miles de millones de dólares invadió Kuwait.
El aliado que ayer armaron y utilizaron contra Irán se convirtió así en el enemigo a batir y, sin importar las consecuencias, por terribles que fueran para la vida y el futuro de los pueblos de la región, la guadaña imperialista, de nuevo en dos ocasiones —con las llamadas Guerras del Golfo en 1990 y 2003—, volvió a segar la vida y el futuro del pueblo iraquí.
La destrucción del ejército y del Estado iraquí por parte de las tropas estadounidenses, lejos de garantizar el control imperialista del país, desató un caos sangriento por todo Iraq y, tras años sufriendo ataques y atentados permanentes, en 2011 EE. UU., reconociendo de facto su derrota, tuvo que retirar el grueso de sus fuerzas de ocupación.
Después de la crisis de 2007-08 y, sobre todo, cuando la explosión revolucionaria de la “Primavera Árabe”, iniciada en Túnez en diciembre de 2010 —carente de una dirección capaz de acabar con la dictadura del capital—, fracasó y, con la directa intervención imperialista, devino en una sangrienta orgía contrarrevolucionaria, el mismo panorama de descomposición, inestabilidad, miseria y caos provocado en Iraq se extendió a Libia, Siria y Yemen. Todo ello se sumó a la úlcera sangrante de la permanente y brutal opresión sionista contra los palestinos y en el Líbano.
Este es el marco previo en el que, desde el inicio de la tercera década del siglo XXI, se viene desarrollando este nuevo asalto del imperialismo americano-sionista para imponer su control —y el de sus aliados circunstanciales— en el Cercano y Medio Oriente.
La política del segundo gobierno de Trump y los intereses que realmente están en juego
Transcurrido poco más de un año desde el comienzo del segundo mandato de Donald J. Trump, se ha vuelto a constatar la importancia del papel del individuo en la historia. Sin duda, el carácter extraordinariamente errático e imprevisible de las decisiones económicas, políticas y militares del presidente de la primera potencia mundial está marcado por su personalidad; pero, aunque a Mr. Trump le gustaría poder dar marcha atrás al reloj de la historia, le ha tocado vivir no en el período de ascenso del capitalismo americano, sino en el de decadencia senil del sistema cuyos intereses representa.
Trump personifica a la clase degenerada de magnates, especuladores y corruptos de la lista Epstein, a la que pertenece en cuerpo y alma. En su persona se expresa toda la prepotencia, impunidad, barbarie y locura a la que los amos del capital están dispuestos a empujar al mundo para mantener, a cualquier coste, sus beneficios y prebendas.
La guerra contra Irán iniciada el 28-02-2026 es un eslabón más en la cadena de agresiones que, en flagrante incumplimiento de las promesas que hizo en su campaña electoral, han marcado desde el principio la política de su nuevo gobierno.
El periodista Andrea Rizzi, expresando la preocupación de la “burguesía liberal” por el abismo al que se desliza la situación mundial y demostrando a la vez la bancarrota y el cinismo de su “alternativa”, en un artículo publicado en El País el 8-03-2026 decía:
“El mundo se hunde a gran velocidad en el abismo de la ley de la jungla, un estado salvaje en el cual las reglas compartidas se evaporan, las instituciones comunes caen en la irrelevancia total y solo importa la fuerza, a la que se recurre de forma cada vez más descarada”.
Y en otro párrafo, más que clarificador, afirma:
“La guerra lanzada por EE. UU. contra el régimen iraní es la última conmoción en este proceso de deterioro. La comparación con otras guerras de USA en la zona resulta esclarecedora. La guerra del Golfo de 1990 fue una ‘operación legal’, amparada por el Consejo de Seguridad de la ONU; la de 2003 fue ilegal, pero cabe recordar —como hace Manuel Muñiz, rector de la IE University— los esfuerzos que, aunque fuera mediante mentiras bochornosas, se hicieron para lograr un ‘aval legal’. Hoy Trump y Netanyahu no se molestan ni siquiera en intentar convencer con pruebas fabricadas”.
Lo que está en juego, económica y estratégicamente, en este nuevo asalto en el ring de la denominada geopolítica mundial —aun formando parte del mismo combate— va más allá de la intervención en Venezuela o del criminal bloqueo a Cuba.
Se trata de una profundización del enfrentamiento abierto —y en gran parte existencial— que se sigue desarrollando con Rusia en la guerra de Ucrania y que, en este caso, afecta también de manera decisiva a los intereses de China.
La pelea por controlar la ruta continental euroasiática
La importancia estratégica de Irán va más allá del elemento clave que supone su control del Golfo Pérsico.
Irán siempre fue una vía de comunicación crucial, un cruce de caminos imprescindible en las relaciones económicas y culturales entre toda Asia y, a través de esta, con el Cáucaso y Europa.
Para las potencias ascendentes, China y Rusia, los vínculos y acuerdos con Irán tienen una importancia decisiva.
Rusia–Irán
En lo que se refiere a Rusia, desde la segunda mitad de la primera década del siglo se han ido fortaleciendo los vínculos y acuerdos con Irán.
En 2007, desoyendo las sanciones y restricciones de EE. UU. y Europa, la empresa dependiente del Ministerio de Energía Atómica de Rusia —Atomstroyexport— reinició la construcción de la central atómica de Bushehr, en la orilla sureste del golfo, que cuatro años después, en septiembre de 2011, entró en funcionamiento, convirtiéndose así en la primera central nuclear civil construida en Oriente Medio y la segunda instalación nuclear de la región, después del denominado centro de investigación nuclear del Néguev, en Dimona, desarrollado por Israel desde los años 50. Rusia y sus técnicos nucleares, sin duda, jugaron —y siguen haciéndolo— un papel relevante en el desarrollo del potencial nuclear persa.
Respecto a la situación en el mar Caspio y el Cáucaso, esta es una zona clave para Rusia, que está enfrentada con los regímenes de Azerbaiyán —aliado estratégico de israelíes y europeos— y con la prooccidental Georgia.
Rusia, para garantizar la comunicación, a través de Irán, con el golfo Pérsico y el sur de Asia, impulsó el proyecto del Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur (INSTC), una ruta comercial que, utilizando todo tipo de medios de transporte terrestres y marítimos, recorrerá más de 7.200 km.
En el marco de este proyecto, en mayo de 2023, Rusia e Irán firmaron un acuerdo por el que Rusia invertiría 1.600 millones de dólares para la construcción de la línea férrea de 163 km Rasht-Astara, en la norteña provincia de Guilán, que, partiendo de la zona franca comercial e industrial del puerto de Anzali, en las orillas del Caspio, conectará en Astara con la red ferroviaria iraní.
En el verano de 2024, aprovechando la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái en Astaná, capital de Kazajistán, Putin y el entonces presidente iraní Mokhber celebraron una reunión bilateral para impulsar y fortalecer las relaciones estratégicas entre ambos países. Como resultado directo, el 26 de junio, la multinacional gasista rusa Gazprom y la Compañía Nacional de Gas iraní firmaron un memorando de entendimiento.
Rusia exportaría gas natural licuado a Irán con descuento para que posteriormente Irán lo revendiera en Iraq, Turquía y Pakistán a precio de mercado. De esta forma, se eludían las sanciones occidentales y ambos países obtenían beneficios.
Finalmente, el 17-01-2025, pocos días antes de la toma de posesión de Trump, se firmaba entre los presidentes de ambos países un “Tratado de Asociación Estratégica Integral durante 20 años” para profundizar la cooperación en defensa, seguridad, energía nuclear y economía.
China–Irán
En septiembre de 2013, China lanzaba la “Iniciativa de la Franja y la Ruta” (BRI), concebida como un proyecto global de infraestructuras e inversiones.
Un ramal clave es la ruta terrestre que conecta el noroeste de China con Asia Central y Oriente Medio, permitiendo acortar distancias comerciales y reducir riesgos estratégicos.
El 27-03-2021, China e Irán firmaron un acuerdo estratégico a 25 años, con inversiones masivas en energía e infraestructuras. A cambio, Irán suministraría petróleo y gas en condiciones preferentes.
China depende en gran medida de las importaciones energéticas, y Oriente Medio —con Irán como actor clave— es fundamental para su seguridad económica.
Palestina y la guerra
Las derrotas de EE. UU. en Iraq y Afganistán, junto con los riesgos que en ese momento implicaba una guerra abierta contra Irán, aplazaron temporalmente el enfrentamiento armado.
Durante las administraciones de Obama y del primer gobierno Trump, la guerra económica y las sanciones conformaron las principales armas del arsenal del imperialismo estadounidense y su aliado sionista contra Irán.
Los Acuerdos de Abraham, impulsados por Trump y firmados en septiembre de 2020 entre Israel, Emiratos Árabes Unidos y Baréin —y más tarde por Marruecos y Sudán—, demostraron la falsedad y el cinismo del “apoyo en palabras” a la causa palestina por parte de las corruptas élites gobernantes árabes.
Certificando su traición abierta, los firmantes abandonaron la condición previa de garantizar la solución del conflicto palestino-israelí y, al igual que ya habían hecho Egipto en 1979 y Jordania en 1994, establecieron relaciones diplomáticas, comerciales y de seguridad plenas con el Estado sionista.
De facto, se estableció un frente común al que estaba previsto que más tarde se incorporasen Arabia Saudí y el resto de las economías del Consejo de Cooperación del Golfo, para enfrentarse y debilitar a Irán.
La siguiente administración del demócrata Joe Biden, reflejando fielmente las crecientes dificultades del capitalismo estadounidense para mantener su predominio en competencia con las potencias ascendentes, inició su mandato provocando la guerra por delegación contra Rusia en Ucrania y, más tarde, respaldando incondicionalmente el genocidio en Gaza perpetrado por el gobierno de Netanyahu.
En sus cuatro años de mandato, Biden se ganó a pulso su apodo de “Sangriento Joe”. Cientos de miles de millones de dólares de los contribuyentes estadounidenses, en lugar de destinarse a sanidad, educación y mejora de las condiciones de vida, siguieron alimentando la maquinaria militar y llenando las arcas de los oligarcas.
El apoyo sin fisuras y totalmente acrítico al régimen en Tel Aviv dejó las manos libres a Netanyahu para decidir el ritmo y los objetivos de la ofensiva militar.
Israel, como instrumento auxiliar de EE. UU. en Oriente Medio, marcaba el ritmo: era el rabo quien movía al perro.
Promesas de paz – Tambores de guerra
La metáfora que mejor refleja al movimiento MAGA, artífice de la victoria Trump 02, es la de un barman que, para intentar salvar su desprestigiado y ruinoso negocio, promete crear un cóctel al gusto de todos.
En poco más de 13 meses de mandato, las promesas de poner fin al poder de las corruptas élites en Washington, que impulsaron la victoria del especulador inmobiliario neoyorquino, se han convertido en su contrario, disolviéndose como un azucarillo en el hirviente café de la lucha irreconciliable por el mercado mundial entre las diferentes burguesías nacionales y la lucha de clases en EE. UU.
Trump está comprobando en los hechos cómo, a pesar del enorme poder de EE. UU., su margen de maniobra es limitado. La diferencia entre sus grandilocuentes declaraciones del éxito histórico que atribuye a cada una de sus medidas entra cada vez más en contradicción con la realidad.
Como bola de nieve que se desliza desde una montaña nevada y va creciendo más y más, el fullero jugador al mando, negando la realidad de sus fracasos, continúa con su imparable huida hacia adelante.
Después de los reveses de sus planes en Ucrania, del fracaso de las medidas proteccionistas contra China, del cierre en falso del genocidio en Gaza y, más tarde, de la respuesta obrera en Minneapolis contra el ICE, en 2026 por fin la suerte parecía volver a sonreírle, empezando con el “éxito” de la agresión militar contra Venezuela —un revés significativo a los intereses de China, el principal enemigo a batir—, seguido del criminal bloqueo energético a Cuba y, como brillante colofón, la firma del acuerdo de “Escudo de las Américas”. Todo ello aderezado con la amenaza de tomar Groenlandia, mostrando su absoluto desprecio por los insignificantes lacayos europeos.
De nuevo, el ego del narcisista de Mar-a-Lago se disparaba hasta alcanzar cotas inimaginables: todo era posible para el amo de la Casa Blanca. Emulando a Buzz Lightyear, de Toy Story, Donald proclamaba a los cuatro vientos: “¡Hasta el infinito y más allá!”.
Huida hacia adelante y prepotencia
Tras los éxitos iniciales en garantizar la versión de “América para los americanos” de la nueva doctrina Monroe, había que seguir distrayendo la atención del pueblo americano de sus dificultades para llegar a fin de mes y continuar con la racha positiva, avanzando hacia el siguiente objetivo.
Como insistentemente le sugería su criminal compinche Netanyahu —necesitado también de éxitos que distrajeran la atención de sus problemas con la justicia—, era el momento de convertir en realidad los planes de acabar con Irán, extirpar definitivamente el problema palestino y recuperar el control de la región.
El gobierno sionista en Tel Aviv, con todos sus agentes y asociados en el Capitolio, repetía sin cesar que era el momento de pasar a la acción.
Las Fuerzas de Defensa Israelíes no solo seguían reduciendo a cenizas la franja de Gaza, perpetrando la matanza genocida de decenas de miles de gazatíes, sino que también se estaban ajustando cuentas y descabezando a Hezbolá.
En septiembre de 2024, demostrando la eficacia letal del Mossad, en Beirut y en todo Líbano detonaron simultáneamente miles de buscapersonas y walkie-talkies utilizados por militantes de Hezbolá, que previamente los israelíes habían interceptado y manipulado. Decenas murieron y más de 2.800 resultaron heridos y mutilados. El 27 de septiembre caía asesinado el líder histórico Hassan Nasralá.
En otro inesperado golpe de suerte, el 8 de diciembre de 2024, tras una corta ofensiva de 11 días, una coalición de grupos opositores yihadistas financiados por Occidente tomaba Damasco, derrocando al gobierno de Bashar al-Ásad, que hasta entonces se había mantenido en el poder con el apoyo de Rusia, Irán y Hezbolá.
Una parte importante del “Eje de la Resistencia” proiraní —Hamás en Gaza, Hezbolá en Líbano y Siria— había sido, si no destruida, seriamente debilitada, y la fuerza aérea de EE. UU. había bombardeado duramente a los hutíes en Yemen entre marzo y mayo de 2025.
El plan seguía su curso, combinando los asesinatos y las bombas con el boicot económico: sanciones al sector del petróleo y petroquímico, congelación de activos en el extranjero e imposición de aranceles del 25 % a cualquier país que comerciara con Irán.
En el campo de la diplomacia y la propaganda, para fabricar una excusa contra Irán, a la vez que simulaban negociar, se acusaba a Irán de pretender fabricar un arma nuclear.
Con ese pretexto, se seguía ampliando el despliegue naval y aéreo estadounidense, sumando más efectivos a las fuerzas ya utilizadas en la agresión contra Yemen.
Finalmente, mientras afirmaban que las negociaciones seguían su curso, el 13 de junio las fuerzas aéreas de Israel lanzaron un ataque masivo, asesinando a varios miembros de la cúpula de la Guardia Revolucionaria, a científicos nucleares y bombardeando bases aéreas e instalaciones civiles y militares. Más tarde, el 22 de junio, EE. UU. bombardeaba varias instalaciones nucleares y, tres días después, el megalómano de Washington proclamaba ante el mundo que, cumplidos los objetivos —con la destrucción, según él, del potencial nuclear y misilístico de Irán—, la guerra había terminado.
En diciembre de 2025, la intervención del Tesoro estadounidense —que en febrero reconoció el secretario Scott Bessent— contra la moneda iraní provocó que el valor del rial se desplomara un 45 %, detonando el inicio de un masivo movimiento de protesta que se extendió por todo el país durante varias semanas.
De guerra relámpago a fracaso estrepitoso
En su libro sobre El arte de la guerra, escrito hace 2.500 años, deduce Sun Tzu: “El general que gana una batalla efectúa, antes de librarla, numerosos cálculos en su cuartel, y el que pierde un enfrentamiento realiza pocos cálculos. Se deduce, entonces, que la profusión de cálculos conduce a la victoria y su escasez a la derrota”.
Tres días antes del inicio del traicionero ataque del 28 de febrero, escenificando la estrecha relación económica y militar entre India e Israel —este último el segundo proveedor militar de India, con unas ventas de 8.500 millones de dólares para 2026—, visitaba Israel Narendra Modi, presidente de India. Aprovechando su visita, Netanyahu hacía públicos los objetivos políticos del imperialismo sionista:
“Pretendemos crear un sistema completo de alianzas en torno a Oriente Medio o dentro de él, que incluya a la India, países del Mediterráneo como Grecia o Chipre, y naciones árabes y africanas que no especificó”.
El 28 de febrero, repitiendo la misma táctica traicionera y criminal que usaron en la guerra de los 12 días en junio, iniciaron un ataque masivo. Estaban plenamente convencidos de que, tras los contundentes y exitosos asaltos previos, en pocos días su poderosa maquinaria bélica asestaría el golpe de gracia al régimen iraní, que se derrumbaría como un castillo de naipes. En caso de una mayor resistencia, se recurriría a fuerzas mercenarias que provocarían la balcanización y destrucción del Estado persa.
Para el gran jefe americano, azuzado por el carnicero de Tel Aviv, jaleado por su camarilla de aduladores y asesorado por los “estrategas militares” del Pentágono, no había lugar a dudas: todos los planes, siguiendo el ejemplo de Venezuela, prometían la más rápida y gloriosa de las victorias.
Antes de que el lunes siguiente abrieran los mercados en Wall Street, una vez asesinados los principales dirigentes políticos y militares en Teherán —empezando por Ali Jamenei—, el régimen de los ayatolás se derrumbaría; millones de iraníes bailarían de alegría por las calles alabando el generoso regalo del Tío Sam y, si en el peor de los escenarios el desenlace tardaba algo más, habiendo destruido cualquier capacidad de respuesta militar —descabezando al ejército persa—, simplemente se pasaría al plan B, movilizando a los mercenarios para terminar la tarea.
Embriagados por su desmesurado y prepotente exceso de confianza, enfermos de la hybris descrita por los pensadores griegos, estos dos ejemplos de arrogancia extrema y ego desmedido de la clase Epstein que dirige el mundo están comprobando en la práctica cómo todas las victorias prometidas se convierten en un constante jalón de derrotas.
Todos sus objetivos se han ido desmoronando uno tras otro. Corroborando la máxima de Robespierre de que “a los pueblos no les gustan los misioneros armados”, frente a la agresión imperialista la abrumadora mayoría del pueblo persa respalda ahora al gobierno y al ejército de su país.
En el terreno militar, las oleadas de misiles y drones de Irán golpean cada día con mayor precisión y efectividad sus objetivos en toda la región. Los aliados del Eje de la Resistencia, lejos de haber sido neutralizados, se han movilizado en Líbano, Iraq y ahora también en Yemen. Todos ellos ya participan activamente en la guerra, con resultados que, en el caso de Hezbolá en el sur del Líbano, están provocando serios problemas a las FDI de Israel.
Finalmente, lo más decisivo: las Fuerzas Armadas iraníes controlan firmemente el estrecho de Ormuz.
El incendio provocado en la región por el nuevo Nerón al mando en Washington, lejos de extinguirse, sigue extendiéndose, alimentado por una escalada bélica que, a pesar de los reveses, continúa.
Uncido inexorablemente al carro de sus histriónicas mentiras, acerca de la situación sobre el terreno, que luego se repiten en la mayoría de los medios, todo parece indicar que el siguiente hito será una intervención terrestre con varios miles de soldados.
Todo el mundo es consciente que si el conflicto continúa y escapa de control, con la entrada en la guerra de nuevos contendientes -Azerbaiján respaldado por Israel en su guerra contra Armenia en 2020-23 y en la agresión de junio contra Irán es un firme candidato y también Pakistán un estrecho aliado de Arabia Saudí- no se puede descartar el riesgo de una Confrontación General.
Hasta ahora los esfuerzos “diplomáticos”, que sin duda se están llevando a cabo tras las bambalinas-probablemente con la participación de Rusia y China- ,no parecen estar dando resultados.
Conclusión
Con el transcurso de cada nuevo día de guerra, se empuja más hacia el abismo al conjunto de la economía mundial.
Demostrando otra vez más la tendencia a la repetición que caracteriza la dinámica histórica, el shock energético que se está generando por la guerra imperialista contra Irán, con sus múltiples y dramáticas implicaciones, se asemeja en varios aspectos a la llamada crisis del petróleo de octubre de 1973.
Aquello empezó como consecuencia de una guerra, la del Yon Kipur que enfrentó a Egipto y Siria con Israel, y empujó a la OPEP a decretar el embargo de sus exportaciones petroleras a los países occidentales que apoyaban a Israel. La subida dramática de los precios del crudo que provocó esta decisión, fueron el detonante que aceleró el estallido de todas las contradicciones que, desde hacia años se venían acumulando en el capitalismo mundial. Sus efectos provocaron un estallido de la lucha de clases, de revolución y contrarrevolución que sacudió al mundo.
Hoy, la crisis orgánica del sistema acumula contradicciones sin precedentes en la historia del capitalismo, multiplicando a la enésima potencia las de hace 53 años.
Los comunistas hemos de prepararnos para el Tsunami social que se avecina. Tenemos que ser conscientes que esta época de desenfrenado y violento imperialismo, sólo terminará cuando la clase obrera tome el poder.
¡Camaradas no hay tiempo que perder! Sólo construyendo el Partido de la Revolución Mundial pondremos fin a la crisis que amenaza el futuro de la Humanidad.
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