La Revolución cubana se enfrenta al período más peligroso de su historia

El bloqueo petrolero decretado por Trump el 29 de enero está asfixiando, de forma lenta pero segura, a Cuba, que depende de las importaciones de petróleo para el 60% de su producción energética. El Gobierno cubano ha admitido que se están manteniendo conversaciones con Estados Unidos, pero estas se desarrollan en condiciones de extremo chantaje imperialista. ¿Cómo se puede defender la Revolución cubana?

Un bloqueo petrolero total

Cuba no ha recibido petróleo ni combustible desde el 9 de enero, cuando un petrolero de PEMEX llegó a la isla procedente de México. A partir de entonces, el Gobierno mexicano suspendió todos los envíos de petróleo ante el chantaje de Donald Trump, quien amenazó con imponer aranceles punitivos a cualquier país que vendiera petróleo a Cuba. A pesar de que el Tribunal Supremo de los Estados Unidos dictaminó que el argumento jurídico esgrimido por Trump en su decreto presidencial era ilegal, México no ha reanudado los envíos de petróleo.

Al ser preguntada al respecto, la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum afirmó que están «estudiando diferentes opciones; ya informaremos». El hecho es que México, que se había convertido en la principal fuente de petróleo de Cuba, ha cedido al chantaje de Estados Unidos y ha cortado por completo el suministro de petróleo. Es cierto que el Gobierno mexicano ha enviado ayuda humanitaria muy necesaria, pero en la cuestión crucial del petróleo, ha optado por acatar las exigencias de Trump.

Tras el ataque imperialista estadounidense del 3 de enero contra Venezuela, este país, que era el segundo mayor proveedor de Cuba, también suspendió los envíos de petróleo. Eso deja solo a Rusia. El Gobierno ruso ha emitido contundentes declaraciones públicas en apoyo de Cuba y en contra del bloqueo petrolero estadounidense, pero hasta ahora no ha llegado petróleo ruso a Cuba.

A principios de febrero, el petrolero Sea Horse cargó 200.000 barriles de combustible ruso frente a las costas de Chipre y puso rumbo a Cuba. Sin embargo, el 24 de febrero, el buque se detuvo a 1300 millas de Cuba y comenzó a derivar por el Atlántico Norte sin un destino claro. Unos días más tarde, el 17 de marzo, se informó de que había puesto rumbo de nuevo hacia Cuba y que su llegada estaba prevista para el 24 de marzo.

Esto se produjo en el contexto del levantamiento por parte de Estados Unidos de las sanciones al petróleo ruso, en un intento por controlar el rápido aumento de los precios del petróleo, como consecuencia de la guerra de Trump contra Irán. No obstante, a fecha de 20 de marzo, Reuters informó de que el Sea Horse había cambiado de rumbo y que su destino era ahora Trinidad y Tobago. No está claro si se trata solo de una artimaña para eludir el bloqueo.

Por otra parte, el 18 de marzo se informó de que el petrolero ruso Anatoly Klodniko había puesto rumbo al puerto cubano de Matanzas, cargado con 730.000 barriles de crudo de los Urales. Se trata de un petrolero sujeto a sanciones estadounidenses, por lo que no está claro si será interceptado por la Armada y la Guardia Costera de EE. UU., que patrullan activamente el Caribe y han apresado varios petroleros que intentaban eludir las sanciones estadounidenses contra Venezuela.

Además, el 19 de marzo, la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) de Estados Unidos publicó una modificación de la Licencia General 134, de 12 de marzo, para impedir que Cuba adquiera petróleo ruso, a pesar del levantamiento de las sanciones. Es evidente que el inquilino de la Casa Blanca está firmemente decidido a mantener el bloqueo petrolero ilegal contra Cuba.

¿Qué es lo que quieren Trump y Rubio?

En los últimos días se ha intensificado la retórica agresiva de Estados Unidos contra Cuba. Donald Trump ha afirmado en repetidas ocasiones que quiere «apoderarse de ella, de una forma u otra». Ha insinuado una «toma pacífica del poder», pero no ha descartado otros medios. Marco Rubio ha subrayado que la economía cubana se encuentra en una situación desesperada —¡olvidando convenientemente el papel que ha desempeñado el bloqueo estadounidense en su destrucción!— y ha añadido que los dirigentes no saben cómo hacerle frente y que deben dimitir.

Con su estilo inimitable —una mezcla de arrogancia brutal e ignorante y el desprecio por la diplomacia propio de un tiburón inmobiliario—, Trump declaró: «Quiero decir que, ya sea liberándola o quedándomela, creo que podría hacer lo que quisiera con ella, si quieres saber la verdad. Ahora mismo son una nación muy debilitada».

Varios medios de comunicación estadounidenses han informado de que las dos principales líneas de exigencia a Cuba son unas «reformas económicas» de amplio alcance (léase: restauración capitalista total), así como la destitución del presidente cubano Miguel Díaz-Canel (una medida que dejaría claro que Cuba ha capitulado). Eso sería una versión de lo que Estados Unidos hizo en Venezuela, donde el control estadounidense de los recursos petroleros y minerales del país se combinó con la destitución del presidente Maduro mediante una intervención militar.

La destitución de Díaz-Canel sería el trofeo que Trump necesita para poder demostrar que ha logrado la victoria. El objetivo subyacente es convertir a Cuba en una semicolonia de Estados Unidos, eliminando cualquier atisbo de influencia china y rusa y abriendo el país a las empresas estadounidenses.

Es evidente que Estados Unidos también exigiría toda una serie de concesiones adicionales (la liberación de presos, la celebración de elecciones burguesas más adelante, etc.), pero su objetivo principal es la restauración del capitalismo y quieren lograrlo, si es posible, sin que se produzcan disturbios sociales que puedan dar lugar a una oleada de migración hacia Estados Unidos.

Los funcionarios consultados por The Atlantic describen la situación en los siguientes términos: «Allí hay miles de millones de dólares que ganar». Según ellos, el enfoque de Trump es: «Controlamos nuestro hemisferio y tenemos la capacidad para hacerlo. Queremos que estos regímenes hostiles salgan de nuestro hemisferio, y vamos a involucrar a la comunidad empresarial, porque no creemos en la diplomacia».

Sin embargo, la Administración Trump también tiene que lidiar con la comunidad cubano-estadounidense reaccionaria de Florida, que no se conformaría con la destitución de Díaz-Canel. Quieren vengarse de la Revolución Cubana y de la expropiación de las propiedades de sus padres. A esta turba rabiosamente anticomunista le gustaría ver el derrocamiento total de la revolución, la destrucción del Estado y el fin del «comunismo», tal y como ellos lo entienden.

Al igual que los partidarios de María Corina Machado en Venezuela, no se darían por satisfechos si Trump llegara a un acuerdo con una parte de la cúpula dirigente. Los cubano-estadounidenses reaccionarios tienen mucha más influencia en la política estadounidense que sus homólogos venezolanos.

Un artículo publicado en The New York Times el 16 de marzo afirmaba que «la Administración Trump está tratando de apartar del poder al presidente Miguel Díaz-Canel», pero que no estaba «presionando para que se tomaran medidas contra los miembros de la familia Castro, que siguen siendo los principales detentadores del poder en el país». Según este informe, Estados Unidos se centra en «lograr que Cuba abra gradualmente su economía a los empresarios y las empresas estadounidenses —sentando las bases para un Estado cliente— al tiempo que consigue algunas victorias políticas simbólicas que el Sr. Trump pueda anunciar».

Este informe enfureció a muchos de los gusanos de Florida —que están sedientos de sangre— y esta reacción es probablemente lo que obligó a Marco Rubio a rechazarlo públicamente, afirmando que las fuentes de The New York Times eran «charlatanes y mentirosos».

Unos días antes se había publicado un informe en la misma línea en USA Today. «Un acuerdo podría incluir una flexibilización de las restricciones para que los estadounidenses puedan viajar a La Habana», decía el artículo, «las conversaciones han incluido una salida para el presidente Miguel Díaz-Canel, la permanencia de la familia Castro en la isla y acuerdos sobre puertos, energía y turismo».

¿Cuál es la respuesta de Cuba?

Tras semanas negando que se estuvieran celebrando conversaciones, finalmente, a primera hora de la mañana del 13 de marzo, el presidente cubano Díaz-Canel admitió que sí se estaban llevando a cabo. A la rueda de prensa asistió también toda la cúpula del Partido Comunista y del Estado (el Buró Político, el Secretariado del Comité Central del PCC y el Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros).

Destacó la presencia del nieto de Raúl Castro, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, cuyo nombre había aparecido durante semanas en las noticias sobre las conversaciones con funcionarios estadounidenses, a pesar de que no ocupa ningún cargo de responsabilidad oficial ni en el Gobierno cubano ni en el Partido Comunista.

En su declaración, Díaz-Canel se refirió a «identificar qué problemas bilaterales requieren una solución», determinar «la voluntad de ambas partes de llevar a cabo acciones en beneficio de los pueblos de ambos países» e identificar «ámbitos de cooperación para hacer frente a las amenazas y garantizar la seguridad y la paz de ambas naciones».

Insistió en que la parte cubana en las conversaciones había expresado su voluntad «de llevar a cabo este proceso sobre la base de la igualdad y el respeto por los sistemas políticos de ambos Estados, así como por la soberanía y la autodeterminación de nuestro Gobierno».

Son palabras bonitas, pero en realidad no puede haber conversaciones basadas en el beneficio mutuo, la cooperación y el respeto, cuando el imperialismo estadounidense apunta con una pistola a la cabeza de la Revolución Cubana, o más precisamente, cuando tiene una soga apretada alrededor de su cuello y está estrechando el estrangulamiento día a día.

Poco después de la rueda de prensa de Díaz-Canel, el Ministerio de Comercio Exterior anunció medidas económicas para permitir que los cubanoamericanos y otros ciudadanos estadounidenses inviertan directamente en Cuba (hasta ahora tenían que hacerlo a través de empresas con sede en Cuba). Podrán invertir no solo en pequeñas empresas, sino también en sectores como las infraestructuras, y ahora tienen acceso al sistema bancario cubano. El ministro responsable es Óscar Pérez-Oliva Fraga, quien también es viceprimer ministro del país. Es una de las personas a quienes la maquinaria de rumores de la prensa capitalista estadounidense quiere presentar como la «Delcy cubana», es decir, una persona que estaría al servicio del imperialismo estadounidense una vez que se destituyera al máximo dirigente.

Marco Rubio no tardó en calificar este anuncio de «insuficiente»:

«Cuba tiene una economía disfuncional y un sistema político y de gobierno que no han sido capaces de arreglar. Por lo tanto, deben llevar a cabo cambios drásticos. Lo que anunciaron ayer no es lo suficientemente drástico. No resolverá el problema. Así pues, tienen que tomar algunas decisiones importantes».

Es evidente que el imperialismo estadounidense considera que dispone de la influencia necesaria para exigir medidas sustanciales y rápidas encaminadas a una restauración capitalista total bajo el dominio de Washington. A primera vista, el equilibrio de fuerzas resulta extremadamente desfavorable para la Revolución Cubana.

Aunque el embargo petrolero es ahora la principal herramienta de chantaje imperialista, Estados Unidos también está preparando acusaciones judiciales contra los dirigentes políticos y militares de Cuba, incluido Raúl Castro, de 95 años. El fiscal del estado de Florida del Sur ya está coordinando una iniciativa interinstitucional para inventar una justificación legal para un ataque estadounidense contra Cuba. Se trata exactamente del mismo método que se utilizó en Venezuela, donde se acusó a Maduro de ser el líder de un mítico «Cartel de los Soles», acusación que fue retirada tan pronto como quedó bajo custodia en Estados Unidos.

¿Cómo defender la Revolución Cubana?

El ataque perpetrado el 3 de enero contra Venezuela supuso un duro golpe para los dirigentes y la población de Cuba. Fue impactante por varias razones. En primer lugar, demostró que Estados Unidos no se limitará a ejercer presión económica y diplomática, que no dudará en intervenir militarmente de forma directa y que cuenta con medios militares y tecnológicos abrumadores para llevarlo a cabo si así lo decide.

En segundo lugar, por la forma en que los dirigentes políticos y militares venezolanos, tan cercanos a Cuba, opusieron tan poca resistencia y se mostraron tan dispuestos a someterse al imperialismo estadounidense tras el ataque.

En tercer lugar, debido a que los cubanos sufrieron de manera desproporcionada la mayor parte de las bajas, ya que 32 de sus militares perdieron la vida mientras defendían a Maduro, en combate directo con las fuerzas estadounidenses. Los restos mortales de los 32 soldados cubanos fueron recibidos en la isla con tres días de luto nacional y una manifestación masiva de emoción.

Por último, la rapidez con la que Estados Unidos logró someter a Venezuela también puso de manifiesto que ni Rusia ni China, ni ninguno de los llamados «gobiernos progresistas» de América Latina, pudieron o quisieron ayudar a defender a Caracas en el momento de necesidad. En cambio, se limitaron a emitir declaraciones de condena en términos enérgicos.

En las últimas semanas he hablado con muchos compañeros cubanos. Una idea que varios compartían era la siguiente: «Si vienen con una invasión militar, nos resistiremos, aunque nuestros recursos técnicos sean muy inferiores. No será como en Venezuela».

Silvio Rodríguez, uno de los cantautores más conocidos de Cuba, declaró: «Exijo mi AKM [un fusil de asalto] si lanzan un ataque. Y que quede claro que lo digo en serio». Al día siguiente, las Fuerzas Armadas de Cuba le entregaron un rifle de asalto en una ceremonia muy pública. El gesto de Silvio ejemplifica un sentimiento antiimperialista profundamente arraigado y orgulloso en Cuba. Y este sentimiento incluye a muchos que son bastante críticos con la burocracia, sus métodos y el creciente proceso de restauración capitalista.

Pero los compañeros con los que hablé también añadieron: «Sin embargo, si vienen con una propuesta del tipo “nosotros levantamos el bloqueo y vosotros aplicáis reformas económicas”, la dirección estará de acuerdo y, además, la mayoría de la población estará a favor, aunque eso signifique el restablecimiento del capitalismo».

La explicación que me dieron fue: «La gente está agotada, exhausta; la situación actual es insostenible: tener que cocinar con carbón, disponer de solo cuatro horas de electricidad cada 48 horas… ¿Y cómo vamos a resistir? ¿Qué otra opción tenemos?». Me dijeron: «Mucha gente piensa que “cualquier cosa sería mejor que lo que tenemos”».

Ese es un factor importante a tener en cuenta. Una gran parte de la población ha perdido toda la confianza en los dirigentes, precisamente porque todo lo que estos han hecho ha salido mal.

El impacto de las reformas procapitalistas…

Para demostrarlo, podríamos remitirnos a las Directrices Económicas de 2011, que suscitaron un amplio debate. La propuesta consistía en hacer concesiones al mercado con el fin de «liberar las fuerzas productivas». Nada cambió de forma sustancial.

El restablecimiento de las relaciones diplomáticas por parte de Obama en 2014 ofreció un rayo de esperanza de que la situación mejoraría, pero entonces llegó Trump y endureció brutalmente el bloqueo. A esto le siguió el duro golpe de la pandemia de COVID-19, que tuvo un impacto económico enorme al cortar una de las principales fuentes de divisas del país, el turismo, al tiempo que aumentaba los gastos.

A esto le siguió la unificación monetaria de 2020, lo que provocó una caída aún mayor del poder adquisitivo y un aumento de la desigualdad social.

Cuando Díaz-Canel llegó al poder, contaba con cierto capital político. Se le consideraba alguien cercano al pueblo, una persona con los pies en la tierra. Con el paso del tiempo, lo ha perdido todo.

Los dirigentes cubanos, especialmente en los últimos quince años, lo apostaron todo a las «reformas económicas» que supuestamente iban a «liberar las fuerzas productivas». En otras palabras, emprendieron el camino de la restauración gradual del capitalismo, siguiendo el modelo chino (o vietnamita). Las reformas procapitalistas se presentaron no como concesiones necesarias ante el cerco capitalista, sino como una salida progresista a la crisis que enfrentaba la revolución. Se impuso la idea de que la planificación estatal era el problema y que la competencia de mercado y las empresas privadas eran la solución.

…y una política internacional basada en la geopolítica

En el ámbito internacional, la política de los dirigentes cubanos consistió en apoyar a los «gobiernos progresistas» y defender la «multipolaridad» como el camino a seguir. El tema central era la lucha «contra el neoliberalismo» (no contra el capitalismo), y la idea de que las alianzas con Rusia y China, así como la incorporación al BRICS, permitirían a Cuba salir de su aislamiento. El llamamiento a por «dos, tres, muchos Vietnams», realizado por el Che Guevara en 1966, era un recuerdo lejano.

La revolución mundial ni siquiera formaba parte del debate. Peor aún, cuando surgió la oportunidad en Venezuela, durante la Revolución Bolivariana, el consejo de los dirigentes cubanos fue: «No copiéis nuestro modelo; cada revolución tiene su propio camino». Con el pretexto de «no exportamos la revolución», no se compartieron las lecciones de la Revolución Cubana —que solo mediante la expropiación del capitalismo pueden lograrse las tareas democráticas nacionales, la reforma agraria y la soberanía nacional—. Peor aún, fueron ocultadas y combatidas por los dirigentes cubanos.

Orlando Borrego, quien gozaba de una enorme autoridad política y había colaborado con el Che Guevara, viajó a Venezuela para dar charlas a los trabajadores en las que afirmaba que la «cogestión obrera» [una forma de control y gestión obrera] era «contrarrevolucionaria» y debía descartarse.

¿El resultado? La Revolución Bolivariana, que había sido un salvavidas —económico, pero también y sobre todo político (pues Cuba ya no estaba sola)—, no culminó con la expropiación del capitalismo y, por lo tanto, fracasó y degeneró inevitablemente. La conclusión definitiva de ese proceso de contrarrevolución termidoriana tuvo lugar el 3 de enero de 2026.

La idea de que Venezuela no debía aprender las lecciones de la Revolución Cubana condujo directamente a un mayor aislamiento del país.

Una vez que los precios de las materias primas se desplomaron tras 2014, los gobiernos reformistas latinoamericanos también cayeron, y los que existen hoy en día tienen demasiado miedo como para atreverse a defender a Cuba. México, Colombia y Brasil son países productores de petróleo, pero no han movido un dedo para abastecer a Cuba ante las amenazas de Estados Unidos. Rusia y China emiten comunicados, pero a la hora de la verdad, lo que defienden no es la Revolución Cubana, sino sus propios intereses capitalistas.

Incluso su apoyo a Cuba es condicional. Hace un par de años, representantes del Instituto Stolypin de Rusia viajaron a La Habana para impulsar aún más el avance hacia el capitalismo. China y Rusia son países capitalistas. Aunque puedan estar interesados en mantener vínculos con un país situado a 90 millas de su principal rival, su interés ciertamente no es defender la Revolución Cubana.

Esta política económica de concesiones cada vez mayores al mercado, y esta política exterior de apoyo al reformismo y a la geopolítica, se ve agravada por el peso muerto de la burocracia. La represión, más o menos abierta, del pensamiento crítico aleja a los elementos más dinámicos y revolucionarios de la sociedad, especialmente entre la juventud, que busca un camino alternativo en la izquierda.

Todos estos factores (el bloqueo económico brutal y cada vez más severo y la agresión imperialista, las políticas de restauración capitalista, el impacto de la pandemia de COVID-19) se han combinado para generar un clima generalizado de desesperanza y desánimo. Más de un millón de cubanos han emigrado, principalmente entre la generación más joven. La economía lleva en recesión desde 2022.

Y estas políticas continúan, incluso en medio del ataque de Trump. A principios de marzo, a un profesor de arquitectura de la Universidad Tecnológica de La Habana (CUJAE) no le renovaron el contrato por haber expresado críticas hacia las políticas de la burocracia en las redes sociales. Al mismo tiempo, el Gobierno cubano acaba de anunciar la apertura de la atención a las personas mayores al sector privado.

Los logros materiales de la revolución en los ámbitos de la educación, la sanidad y la vivienda se han visto gravemente mermados. Al mismo tiempo, los males del capitalismo, que se manifiestan en forma de una creciente diferenciación social, ya están presentes.

La generación que dirigió la revolución en 1959 ha desaparecido casi por completo. Los hijos y nietos de aquellos dirigentes no poseen ninguna de sus cualidades. Muchos de ellos se dedican a los negocios privados, y los peores hacen alarde de forma obscena de su riqueza y sus privilegios recién adquiridos en las redes sociales.

Muchos de ellos, como explicó Trotsky en La revolución traicionada, se plantean cómo pasar de ser funcionarios del Estado y gestores de los sectores estatales de la economía a convertirse en propietarios capitalistas de las propias empresas.

Las tareas de los comunistas revolucionarios

El peligro al que se enfrenta la Revolución Cubana es grave e inminente. Nuestro deber como comunistas revolucionarios de todo el mundo es defender a Cuba. No solo estamos defendiendo a un pequeño país soberano frente a la agresión criminal de la potencia imperialista más poderosa y reaccionaria del mundo, sino que también estamos defendiendo a un país que ha abolido el capitalismo. La economía planificada se ha visto gravemente debilitada —por el bloqueo estadounidense, por la burocracia y por las reformas favorables al mercado—, pero sigue existiendo.

La reinstauración del capitalismo en Cuba supondría la brutal sumisión del país al imperialismo estadounidense, un retorno a la época de la Enmienda Platt —que ratificó el dominio de Estados Unidos sobre la isla— y un colapso masivo del nivel de vida de la mayoría de los cubanos, mientras que la riqueza se concentraría en manos de una pequeña minoría.

Debemos movilizar al movimiento obrero mundial contra el bloqueo petrolero de Trump, con todas las fuerzas a nuestro alcance.

Al mismo tiempo, es importante analizar cómo hemos llegado a esta situación.

Toda la historia de la Revolución Cubana demuestra la imposibilidad de construir el socialismo en un solo país. Solo en los periodos en los que estuvo vinculada a la Unión Soviética (a pesar del impacto político negativo que ello tuvo en el proceso de burocratización) y, posteriormente, a la Revolución Bolivariana, Cuba pudo disponer de un cierto respiro.

La política de reformas de mercado capitalistas y de gestión burocrática en el ámbito nacional, combinada con la geopolítica y la «multipolaridad» en la política internacional, no solo es incapaz de defender la Revolución Cubana, sino que resulta perjudicial y contribuye a su destrucción. Hay que oponerse a ella mediante una lucha por las formas más amplias de control obrero y democracia a todos los niveles, tanto en el Estado como en la economía; así como mediante una auténtica política de internacionalismo proletario, la lucha por la revolución mundial.

Por nuestra parte, como comunistas revolucionarios fuera de Cuba, aportaremos nuestras opiniones como camaradas a este necesario debate que ya está en marcha.

Nuestra tarea principal es acelerar la construcción de la herramienta revolucionaria capaz de llevar a nuestra clase al poder, en un país u otro, porque, en última instancia, la única forma eficaz de defender la Revolución Cubana es… la revolución mundial.

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