Inteligencia Artificial, centros de datos y el continuo zumbido de la revolución
Desde los centros de datos que dañan el medio ambiente y la amenaza del desempleo hasta la alienante basura generada por la IA, crece un malestar generalizado contra los magnates tecnológicos que nos precipitan hacia un futuro distópico. ¿Cuál es el camino revolucionario a seguir?
Al igual que el zumbido constante y de baja frecuencia que emiten los centros de datos, existe un retumbar profundo y sofocante —como el de un gran tambor— que sacude a la gente hasta lo más profundo. La carrera armamentística de la IA está contribuyendo, literal y metafóricamente, a unos temblores que se convertirán en terremotos de lucha de clases.
Pesimismo
En Estados Unidos, aproximadamente la mitad de la Generación Z utiliza IA generativa al menos una vez a la semana. Sin embargo, el 31 % de los jóvenes de entre 14 y 29 años afirmó que esta tecnología les provocaba enfado —frente al 22 % del año anterior—, según una encuesta reciente de Gallup.
El porcentaje de encuestados de entre 14 y 29 años que se declararon esperanzados respecto a la IA ha caído drásticamente en los últimos doce meses, pasando del 27 % al 18 %.
Cabe destacar que, si bien reconocían que la tecnología los hacía más productivos y eficientes, les preocupaba cómo afectaría a su creatividad y a su capacidad de pensamiento crítico. En el ámbito laboral, solo el 15 % consideraba que la IA suponía un beneficio neto.
El creciente descontento juvenil ante la IA quedó patente cuando estudiantes de diversas universidades estadounidenses abuchearon a los directivos que elogiaban esta tecnología durante los discursos de graduación.
En Estados Unidos, la actitud hacia la IA guarda una estrecha relación con la clase social. Según las encuestas, las personas más optimistas respecto a la IA son aquellas que ganan más de 200.000 dólares al año.
El malestar también aumenta en el Reino Unido. En junio, más de 200 personas asistieron a una concentración para oponerse a la construcción de un centro de datos cerca del pueblo de Auchtertool, en Fife. Se ha puesto en marcha otra campaña para frenar un proyecto similar en la región de Borders. El Gobierno escocés está considerando una moratoria temporal sobre las nuevas solicitudes de planificación de centros de datos en Escocia, debido en gran medida a las protestas por su impacto medioambiental. Mientras tanto, en Londres, los planes aprobados para un nuevo centro de datos cerca de Brick Lane —ubicado allí por su cercanía a la City londinense para facilitar transacciones financieras más rápidas— han provocado protestas inmediatas por parte de la comunidad local.
Espejismo financiero
Pero ¿por qué están tan enfadados los jóvenes con la IA? Al fin y al cabo, ¿acaso no va a liberar nuestro tiempo, hacer crecer la economía y revolucionar sectores que van desde la medicina hasta la educación? El FMI la ha calificado como la cuarta revolución industrial. ¿No deberían los jóvenes estar agradecidos a los Elon Musk de este mundo?
Sin duda, la IA tiene potencial para mejorar nuestras vidas. Pero no bajo el capitalismo, que desperdicia esas posibilidades.
Por el contrario, la consecuencia más inmediata de la IA ha sido una concentración masiva de capital especulativo que impulsa una burbuja bursátil histórica. Se están invirtiendo billones de dólares en la bolsa y en enormes centros de datos, pero el 95 % de las empresas aún no ha visto retorno alguno de sus inversiones en IA.
Todo ese dinero, que tanta falta hace en otros ámbitos de la economía, se está malgastando en inflar una burbuja especulativa que está enriqueciendo de forma incomprensible a unos pocos ejecutivos del sector tecnológico. Se estima que esta burbuja es 17 veces mayor que la burbuja de las «puntocom» de finales de los años noventa. Ha absorbido fondos de pensiones y los ahorros de ciudadanos corrientes. Cuando estalle, millones de personas sufrirán las consecuencias económicas.
El músculo financiero necesario para participar en la carrera armamentística de la IA está concentrado en muy pocas manos, la mayoría de ellas estadounidenses. Para atraer aunque sea una pequeña parte de los billones que hoy circulan por el sector tecnológico, las empresas británicas y el gobierno del Reino Unido se postran ante los capitalistas estadounidenses.
Tomemos como ejemplo a Escocia. El gobierno ha creado un fondo de 500 millones de libras para empresas tecnológicas escocesas, con el objetivo de hacerlas más atractivas para las firmas estadounidenses que buscan asociaciones y adquisiciones. Se trata de dinero que podría haberse destinado al NHS (el servicio público de salud), pero que en su lugar se está gastando en subvencionar el capitalismo estadounidense.
Mientras tanto, las infraestructuras locales se están reorientando para servir a los gigantes tecnológicos internacionales. DataVita —el mayor operador de centros de datos de Escocia— se ha asociado con la empresa estadounidense CoreWeave para realizar una inversión de 1500 millones de libras en infraestructuras de IA; se cree que es una de las mayores inversiones tecnológicas jamás realizadas en Escocia.
Este proyecto escocés forma parte de la iniciativa «AI Growth Zone» (Zona de Crecimiento de IA), en la que el gobierno del Reino Unido ha invertido 8000 millones de libras. Esta cifra representa una parte considerable del presupuesto estatal británico, equivalente a la recaudación anual obtenida mediante la congelación de los umbrales del impuesto sobre la renta. Estamos pagando más impuestos para entregarlos como tributo a las corporaciones tecnológicas estadounidenses, inmersas en un frenesí especulativo.
Por muy doloroso que nos resulte, 8.000 millones de libras siguen siendo una cifra insignificante en comparación con los billones que se están invirtiendo a escala mundial. Pese a todo el sacrificio, el Reino Unido sigue estando muy rezagado en la carrera armamentística de la IA.
¿Más productividad o mayor explotación?
Los gobiernos del Reino Unido y de Escocia justifican toda esta inversión argumentando que la IA mejorará la productividad laboral y reimpulsará el esquivo crecimiento económico actual. Hasta la fecha, existen muy pocas pruebas de ello.
Un estudio realizado por el MIT reveló que, por cada gran avance en la utilidad de la IA, solo una fracción mínima del trabajo humano puede llegar a sustituirse por completo. Este no es el milagro de productividad que nos prometieron.
La propia clase capitalista está dando la voz de alarma ante esta aparente falta de impulso económico derivado de la IA. Estos hallazgos del MIT se conocieron justo cuando el director ejecutivo de Uber, Dara Josrowshahi, reveló que la empresa había agotado en un solo trimestre todo su presupuesto de IA para 2026, sin obtener resultados significativos en términos de productividad. En consecuencia, Uber planea trasladar gran parte de su uso de IA a modelos de menor coste, reservando las herramientas de vanguardia para casos especiales.
De hecho, aunque casi el 60 % de los directivos insisten ahora en que los empleados utilicen herramientas de IA, estos señalan que, en realidad, dicha tecnología reduce la productividad y les obliga a esforzarse más.
En Reddit, los usuarios se quejan:
«Es una locura la cantidad de empresas que acuden a nosotros —cuando ya pagan por herramientas como ChatGPT o Dust— preguntando cómo pueden utilizarlas para mejorar su eficiencia. Sinceramente, tenemos que dedicar tiempo a buscar la implementación menos absurda para ellas y, por lo general, el resultado sigue siendo una auténtica estupidez».
«En mi trabajo nos piden que interactuemos con ChatGPT y pasemos tiempo con él para que aprenda a hablar como nosotros y se convierta en una extensión de nuestra identidad y nuestra labor… Básicamente, clones de IA. Nos han obligado a asistir a ocho horas de formación sobre IA y a innumerables sesiones informativas durante el almuerzo, pero nadie quiere responderme qué pasará cuando deje la empresa. ¿Qué ocurrirá entonces con MI clon de IA? ¿Podrán usarlo ellos? ¿Así que, cuando me vaya, esa cosa podrá seguir actuando como yo? ¿Escribir correos electrónicos como yo? No, gracias. No me he tragado el cuento».
«Como ingeniero, sufro una presión constante para usar la IA a fin de resumir datos y extraer conclusiones, pero insisten en que seguimos siendo responsables de la exactitud de nuestro trabajo. ¿¡¿CÓMO COJONES SE SUPONE QUE VAMOS A VALIDAR QUE LA IA HACE CÁLCULOS CORRECTOS SIN HACER EL TRABAJO NOSOTROS MISMOS? ¿¡¿QUÉ SENTIDO TIENE ENTONCES USAR LA IA?!?».
Lo que queda claro a partir de estas anécdotas es que, a pesar de la ausencia de ganancias en productividad, muchos trabajadores siguen temiendo que sus empleos corran peligro. Existe la preocupación de que se esté obligando a las personas a entrenar a la misma IA destinada a reemplazarlas en el futuro.
Con un millón de jóvenes actualmente desempleados en el Reino Unido, esta inquietud por la falta de empleo pesa sobre toda una generación.
Las oscuras fábricas satánicas de la IA
La expansión de la infraestructura de IA está ejerciendo una enorme presión sobre el entorno local y la infraestructura pública. El Reino Unido alberga actualmente casi una cuarta parte de los centros de datos de IA de Europa, una cifra superior a la de China, y se prevé que esta cantidad aumente considerablemente.
Está previsto que en 2031 comiencen las obras del mayor proyecto del Reino Unido: un centro de datos valorado en 10.000 millones de libras esterlinas, cerca de Newcastle, para la firma estadounidense de fondos de inversión Blackstone Group. El proyecto contempla diez edificios gigantescos que ocuparán más de medio millón de metros cuadrados, una superficie equivalente a la de varios grandes centros comerciales. Asimismo, se ha proyectado otro importante centro de datos de IA en Gales, en los terrenos de una antigua planta siderúrgica.
El Operador del Sistema Energético Nacional del Reino Unido ha animado activamente a los promotores a construir en Escocia para aprovechar su mayor proporción de energía renovable y las menores limitaciones de la red eléctrica.
En consecuencia, actualmente hay al menos 18 proyectos de centros de datos que solicitan permisos de construcción en Escocia, y otros seis en fase de planificación, incluida una «Zona de Crecimiento de IA» en Lanarkshire, cerca de Glasgow.
La enorme magnitud de estos proyectos amenaza con saturar la red eléctrica local. En conjunto, los centros de datos previstos en Escocia consumirán aproximadamente 6,2 gigavatios de energía, una cifra una vez y media superior al consumo de todo el país en pleno invierno.
En Auchtertool (Fife), un pueblo rural de 600 habitantes, los promotores han propuesto un centro de datos de IA que ocupará una superficie equivalente a 50 campos de fútbol. Se estima que esta única instalación consumirá suficiente electricidad para abastecer a más de la mitad de los hogares de Escocia.
Los gobiernos del Reino Unido y de Escocia afirman que este desarrollo se llevará a cabo de manera «ecológica». Eso es un disparate. Recientemente, un centro de datos en Edimburgo alegó ante las autoridades locales que era un «centro de datos ecológico», a pesar de que sus planes incluían 200 generadores de respaldo diésel, lo que equivale en términos medioambientales a 100.000 automóviles con el motor en marcha al ralentí.
La demanda de las empresas tecnológicas está provocando una grave crisis en el sector energético en general. Las autoridades han reconocido que el auge de los centros de datos en Gran Bretaña podría consumir un 40 % más de electricidad de lo previsto inicialmente.
Actualmente, más de 100 centros de datos solicitan conectarse a la red para obtener una capacidad de 50 gigavatios, una cifra superior a la demanda máxima de toda Gran Bretaña en un día típico. La falta de inversión en la deteriorada red eléctrica británica hace que esto sea imposible. Como resultado, estos 100 nuevos centros de datos del Reino Unido planean recurrir a la quema de gas, y algunos podrían hacerlo de forma permanente.
Podemos fijarnos en Irlanda para ver qué implica esto para los trabajadores de a pie. Al otro lado del mar de Irlanda, decenas de enormes centros de datos consumen más electricidad que todos los hogares urbanos del país, superando con creces la producción de energía renovable.
En consecuencia, el hogar irlandés promedio pagó una cifra estimada de 360 euros (589 dólares) en costes adicionales de electricidad entre 2015 y 2023 debido a la enorme demanda de energía que los centros de datos imponen a la red del Mercado Único de Electricidad. En el Reino Unido, esto podría obligar a los hogares más pobres a destinar entre el 6 % y el 8 % de sus ingresos exclusivamente a la energía.
Más allá de la electricidad, se prevé que en Estados Unidos los centros de datos dedicados a la IA consuman entre 4200 y 6600 millones de metros cúbicos de agua al año para 2027, lo que los situaría entre los diez mayores consumidores industriales de agua.
Estos centros de datos también afectan a nuestra calidad de vida. Los residentes de la zona de Virginia conocida como «Data Centre Alley» (el «Callejón de los Centros de Datos») informan que el funcionamiento continuo —las 24 horas del día, los 7 días de la semana— de los sistemas de refrigeración, enfriadores de aire y generadores de emergencia produce un zumbido industrial persistente de baja frecuencia.
Este zumbido constante ha ahuyentado a la fauna local; los vecinos lamentan que «ya no hay pájaros por aquí».
Los niveles de ruido oscilan entre los 40 y los 59 decibelios. Aunque técnicamente son inferiores a los de una conversación cercana, se sitúan justo en los umbrales que pueden alterar el sueño, la concentración, el trabajo y la actividad física.
La energía y el agua se están desviando para abastecer a los centros de datos. Estos generan contaminación acústica. Todo ello supone un enorme coste para el medio ambiente, y la escasez de recursos naturales —provocada artificialmente— implica que, en última instancia, son los trabajadores quienes pagan las consecuencias a través de las facturas de sus hogares.
A los magnates tecnológicos no les importan los trabajadores ni el medio ambiente; están demasiado inmersos en el frenesí especulativo, persiguiendo beneficios ficticios a nuestra costa. No hemos tenido voz ni voto en este cambio radical que afecta a nuestras vidas. En cuestión de pocos años, nos hemos visto arrasados por este maremoto tecnológico.
Alienación
Más allá de las cuestiones relativas a la desigualdad, la explotación, el desempleo y el daño medioambiental, existe entre los jóvenes un sentimiento de ira más profundo y generalizado hacia la IA. Existe la sensación de que esta tecnología está adormeciendo nuestros cerebros. Es una sensación de profunda alienación.
Según algunas investigaciones, la creciente dependencia de la IA está provocando un proceso conocido como «descarga cognitiva» (*cognitive offloading*), que puede conducir a una atrofia estructural de las capacidades de pensamiento crítico. Investigadores del MIT descubrieron que los participantes que dependían de la IA mostraban hasta un 55 % menos de actividad cerebral, una conectividad cerebral más débil y una menor capacidad para recordar información. Además, esta asistencia automatizada puede generar una dependencia a largo plazo.
También está afectando profundamente a nuestras relaciones interpersonales. Un estudio reveló que casi uno de cada cinco adolescentes estadounidenses utiliza chatbots de IA para recibir consejos sobre salud mental cuando se siente estresado, triste o enfadado. El Centro para la Democracia y la Tecnología (con sede en EE. UU.) informó recientemente que el 19 % de los adolescentes conoce a alguien que mantiene una relación con un chatbot de IA.
La misma encuesta reveló que más de la mitad de los chicos consideraban que las relaciones con la IA eran más fáciles porque podían controlar la conversación, y más de un tercio admitió que prefería hablar con chatbots de IA antes que con familiares y amigos.
Esta dinámica cambiante se produce paralelamente a la integración de la IA en las instituciones educativas; el mismo estudio reveló que el 85 % de los profesores y el 86 % de los estudiantes afirman haber utilizado IA en el aula durante el último año.
La IA está transformando rápidamente la naturaleza de nuestras relaciones más básicas: la que existe entre profesor y alumno, y la que mantenemos con nuestros seres queridos.
Estos cambios siempre han ido de la mano del desarrollo tecnológico y científico, desde los teléfonos móviles hasta Internet. Sin embargo, la velocidad del cambio que experimentamos hoy —y, sobre todo, el hecho de que esté impulsado por oscuros magnates tecnológicos multimillonarios y fuerzas del mercado que escapan a nuestro control— es lo que está llevando la sensación de alienación a niveles sin precedentes.
De hecho, la IA no es la causa, sino un síntoma de la deformación y distorsión de la condición humana en el seno de una sociedad de clases. Lo cierto es que este deterioro de las conexiones humanas no es exclusivo de esta cuarta revolución industrial; es inherente a la propia naturaleza del capitalismo.
Ludismo
La ira y la alienación asociadas a la IA están dando lugar a una corriente de oposición. Más allá de abuchear a ejecutivos tecnológicos o protestar contra centros de datos concretos, hay quienes generalizan este rechazo convirtiéndolo en hostilidad hacia el desarrollo tecnológico en sí mismo.
Organizaciones estadounidenses como el Luddite Club y el Lamp Club, fundado en Brooklyn, están creciendo rápidamente. La primera cuenta ya con veinte sedes en universidades de Estados Unidos y tres en el extranjero. Hoy en día, el término «ludita» es sinónimo de una persona de mentalidad retrógrada: alguien que ve la tecnología con pesimismo. Sin embargo, la verdadera historia de los luditas de la Gran Bretaña de principios del siglo XIX es una historia de lucha de clases revolucionaria.
Eran trabajadores que respondían a los patronos explotadores destruyendo sus máquinas y propiedades. Sus métodos eran sencillos y directos, reflejo de la etapa primitiva de la lucha de clases. No buscaban únicamente la destrucción de la propiedad, sino derrocar a la clase política responsable de defender su esclavitud; sus llamamientos decían así:
«Generosos compatriotas: se os pide que acudáis armados y ayudéis a los «Reparadores» a reparar los agravios sufridos y a sacudirse el odioso yugo de ese viejo insensato de Jorge III, a su hijo aún más insensato y a sus ministros granujas; todos los nobles y tiranos deben ser derrocados».
Este ludismo no nació de la falta de comprensión ni del atraso, sino de la falta de control que los trabajadores tenían sobre el ritmo y el uso de la tecnología.
Hoy en día, esto se manifiesta en que cerca de un tercio de los trabajadores admite sabotear activamente la estrategia de IA de sus empresas.
Durante la primera Revolución Industrial, la transición de la artesanía tradicional a la manufactura se produjo a lo largo de muchos años. Hoy, ocurre en cuestión de semanas o meses debido al ritmo de desarrollo de la IA. El impacto en la conciencia de millones de trabajadores desplazados y alienados es aún mayor.
Los actuales directores ejecutivos del sector tecnológico recuerdan a los industriales tiranos de la Gran Bretaña del siglo XIX. Nos amenazan alegremente diciendo que los patronos no necesitan a los humanos; que nuestros empleos, nuestros medios de vida e incluso nuestras vidas pueden acabar en el vertedero sin que a los ricos y poderosos les importe lo más mínimo.
No es ninguna exageración. Chad Jones, un economista que colabora con Anthropic, hizo los cálculos y concluyó que una probabilidad del 33 % de extinción total de la humanidad es una apuesta que vale la pena correr para desplegar la IA.
«NO A LOS CENTROS DE DATOS»
La ira creciente se está transformando en violencia. En abril, alguien disparó trece veces contra la casa de un concejal de Indianápolis y dejó una nota bajo el felpudo: «NO A LOS CENTROS DE DATOS».
Se lanzó un cóctel molotov contra la casa de Sam Altman, seguido de un intento de incendiar la sede de OpenAI. Las publicaciones en redes sociales que aplaudían el ataque acumularon miles de «me gusta»; un usuario llegó a comentar: «¡Espero que el cóctol molotov funcione!». También en abril, un hombre italiano fue detenido por planear una serie de ataques contra la tecnología, inspirándose en Ted Kaczynski —conocido como «Unabomber»—, quien atentaba contra personas e instituciones vinculadas a la tecnología y la industria. Del mismo modo, dos individuos que se autodenominaban «ecofascistas» y que perpetraron un ataque islamófobo en San Diego el mes pasado citaron en su manifiesto la «basura generada por IA» y los vínculos de JD Vance con Palantir como sus motivaciones.
El sentimiento contrario a la IA no es un fenómeno aislado, sino que se suma a un clima social general de rechazo hacia los ricos y el capitalismo. Una encuesta realizada a 2.352 responsables de seguridad de grandes y medianas empresas en 31 países reveló un aumento de las amenazas de violencia; el sector tecnológico estadounidense ha sido el más afectado desde el asesinato de Brian Thompson, directivo de UnitedHealthcare.
Steve Jones, director ejecutivo de Allied, declaró:
«Desde entonces, el número de ejecutivos que reciben protección se ha duplicado. En los primeros seis meses de este año, hemos realizado cinco veces más evaluaciones que en cualquier año fiscal completo anterior». El 42 por ciento informó de un aumento significativo en las amenazas de violencia contra los ejecutivos de las empresas; esta cifra se eleva al 66 por ciento en el caso de las empresas tecnológicas con sede en Estados Unidos.
A falta de un análisis político claro o de una expresión articulada de la ira contra la IA, estamos presenciando actos de violencia y desesperación como respuesta al avance tecnológico: una contradicción absurda de la que son responsables las relaciones sociales capitalistas.
Revolución
Karl Marx comparó la revolución con un topo que excava bajo la superficie de la sociedad. León Trotski la describió como el «proceso molecular de la revolución». Estas metáforas intentan explicar cómo la acumulación de pequeños movimientos o tensiones puede permanecer oculta a la vista, pero, llegado cierto punto, irrumpen en la superficie de manera dramática.
Este es el proceso que se está gestando en la conciencia de millones de jóvenes como consecuencia del deterioro de las condiciones de vida, la guerra, el caos político y, entre otras cosas, el desarrollo de la inteligencia artificial.
Nos encontramos en las primeras etapas de este proceso molecular, pero a nadie debería sorprender que veamos más protestas —o incluso más violencia— dirigidas contra las empresas tecnológicas en el futuro próximo. Esto no será la solución al problema, sino un síntoma inevitable.
Los jóvenes son conscientes del enorme potencial que encierra la IA. Hace dos años, Joanna Maciejewska publicó un tuit que se hizo viral:
«¿Sabes cuál es el mayor problema de impulsar la IA en todos los ámbitos? Que vamos en la dirección equivocada. Quiero que la IA se encargue de lavar la ropa y los platos para poder dedicarme al arte y a escribir, no que la IA haga mi arte y mis escritos para que yo pueda lavar la ropa y los platos». Este sentimiento se ha convertido en una consigna para los jóvenes que desean verse liberados gracias a esta tecnología. No queremos destruirla, sino aprovechar todo su potencial.
Esto no puede lograrse bajo el capitalismo. Por tanto, nuestro objetivo debe ser liberar esta tecnología de las limitaciones del sistema capitalista y arrebatarla de las manos de los magnates tecnológicos. En lugar de utilizarla para perseguir el beneficio a toda costa, podríamos emplearla para el desarrollo de la humanidad.
Esto forma parte de la lucha más amplia contra el capitalismo en su conjunto. Debemos conectar con el descontento generalizado y las protestas contra la IA, y canalizarlos no contra una u otra tecnología, sino contra el sistema capitalista de relaciones sociales y contra los oligarcas tecnológicos y políticos que lo respaldan.
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