El adelanto electoral y la convocatoria de huelga general: el péndulo gira a la izquierda

Los acontecimientos se suceden a la velocidad del rayo. Tras siete días de movilizaciones masivas y de acampadas por la crisis de vivienda, el pasado fin de semana vivimos un estallido de ira popular tras la derrota parlamentaria de los dos decretos de medidas mínimas sobre desahucios y prorrogación de alquileres que trató de hacer pasar el gobierno. Cientos de miles de personas salieron a las calles de todo el Estado de forma enérgica y airada. Esta movilización quedó completada con la magnífica manifestación ayer en Barcelona con 100.000 participantes. La exigencia de una huelga general estuvo en el centro de todas estas manifestaciones. Ahora, tenemos el adelanto electoral proclamado ayer por Pedro Sánchez y el anuncio de una huelga general de 24 horas por el acceso a la vivienda y los salarios para noviembre, anunciada por CCOO y UGT. En menos de dos semanas, la iniciativa política y social ha girado 180º de derecha a izquierda, impulsada por la entrada brusca de la clase trabajadora y de la juventud en la escena de los acontecimientos.

Un movimiento anticapitalista

No ha existido en décadas (ni siquiera en los inicios del movimiento de los “indignados” en mayo de 2011) un movimiento de masas en el Estado español que, en su nacimiento, haya tenido la radicalidad y el carácter político y de clase que ostenta el actual movimiento por la vivienda. En ello influyen dos factores, uno objetivo y otro subjetivo. El factor objetivo, que es el motor de la protesta, es la total falta de futuro al que se asoman millones de jóvenes trabajadores que ven cercenada cualquier posibilidad de emancipación y de futuro familiar por los altísimos precios de la vivienda, junto con el saqueo despiadado que sufren los bolsillos de las familias trabajadoras que pagan alquileres e hipotecas. También está el malestar general por salarios que no alcanzan para llegar a fin de mes por la incesante subida de precios. El discurso triunfalista oficial de que “la economía va bien” se da de bruces con la realidad que padecen millones de trabajadores y jóvenes. El factor subjetivo, que conduce esta indignación, reside en que el movimiento no está dirigido por los burócratas reformistas habituales de la izquierda oficial, sino por las tendencias más de izquierda del movimiento de la vivienda. Aquí están los sindicatos de la vivienda, impulsados desde hace varios años por activistas de la izquierda alternativa y revolucionaria. Debemos saludar, en particular, la energía y presencia de los camaradas del Movimiento Socialista, que se han hecho muy visibles en las protestas de Madrid, Barcelona, Galicia y otras zonas. Este activismo de la izquierda radical en los sindicatos de vivienda ha imprimido un claro carácter anticapitalista a la protesta, y ha situado la necesidad de que la clase obrera en su conjunto asuma la dirección del movimiento con el lanzamiento de la consigna de huelga general, que ha penetrado profundamente en este movimiento masivo en las calles.

Las elecciones anticipadas

En los acontecimientos de los últimos días, con la convocatoria anticipada de elecciones generales para el 29 de noviembre y el llamamiento a la huelga general por UGT y CCOO, han confluido varios factores relacionados entre sí. El gobierno de Sánchez llevaba un año en la lona, sin apoyos parlamentarios, por el paso de los independentistas burgueses catalanes de Junts a la oposición. Esto se confirmó nuevamente con la retirada del apoyo de Junts a los decretos de la vivienda el viernes pasado. Sin perspectiva alguna de que el Congreso le aprobara los presupuestos del Estado para 2027, la continuidad del gobierno de Sánchez resultaba imposible, lastrado por una debilidad extrema, y con los efectos de la crisis migratoria de Ceuta aún coleando. No le quedaba más opción que subirse demagógicamente al carro de los reclamos por la vivienda del movimiento de masas desatado hace 10 días, vinculando cualquier avance en esta materia a su reelección el 29 de noviembre. Este movimiento cínico, desacredita toda la política de vivienda del gobierno, quien, durante 8 años, se negó a tocar los beneficios y la penetración en el mercado inmobiliario de los rentistas y especuladores, dejó continuar los desahucios incesantes, no concretó en hechos sus promesas de construcción de miles de viviendas, y se limitó a decretar medidas cosméticas. Para la burguesía, el adelanto electoral también era la opción más conveniente para desactivar las protestas sociales de la vivienda, sacarla de la calle, y reconducirla por los canales seguros del juego parlamentario. En principio, todo el establishment parecía satisfecho: Sánchez, que encontró en la vivienda una bandera con que aspirar agónicamente a revalidar su mandato; las derechas, que han reclamado elecciones insistentemente estos 3 años convencidas de ganarlas fácilmente; y la clase dominante, que suspiró de alivio pensando que el movimiento en la calle se disiparía en pocos días, y que podría quitarse de encima por fin al incómodo gobierno sanchista, augurándole una dura derrota electoral.

La huelga general

Lamentablemente para ellos, lo que no estaba en su guion era la persistente vitalidad del movimiento de masas mismo. La movilización continúa en un alto nivel, como demostró la masiva manifestación de Barcelona pese a que ya se había producido el anuncio de las elecciones anticipadas. Las acampadas se mantienen con energía y nuevas movilizaciones siguen planteadas en el horizonte. El anuncio ahora por CCOO y UGT de convocar una huelga general por la vivienda y los salarios ha ensombrecido de golpe las perspectivas halagüeñas que se hacían los empresarios y las derechas, tras el anuncio de elecciones anticipadas. El miedo ha cambiado de bando, y el nerviosismo cunde en los centros neurálgicos del poder, como las grandes empresas y el aparato reaccionario del Estado, y en las sedes de PP y Vox.

Pero la decisión de CCOO y UGT de sumarse al movimiento y anunciar la convocatoria de esta huelga general no cae del cielo.

El sindicato CGT, la tercera fuerza sindical del país, formalmente a la izquierda de CCOO y UGT, acordó en su congreso estatal del pasado domingo lanzar una huelga general junto con los sindicatos de la vivienda. Este hecho, de concretarse, habría galvanizado de nuevo el movimiento y habría metido una presión insostenible a las cúpulas de UGT y CCOO, que han perdido muchísima autoridad a lo largo de los años por su compromiso de “paz social” con el gobierno y los patronos. No podían permanecer al margen, con el riesgo de que esa huelga pudiera escapar a todo control, con la participación incluso de las propias bases de ambas centrales sindicales. No es un dato menor que los últimos conflictos obreros relevantes: las huelgas del metal de Cádiz y Navantia-Cartagena el año pasado, las huelgas docentes en Catalunya, las de la limpieza en Aragón, las del metal de Pontevedra y, sobre todo, la magnífica y heroica huelga de Airbus, que duró dos meses, se hicieron todas con la oposición y la traición abierta de los grandes sindicatos. Hay un ambiente de ira soterrada en nuestra clase. Cuando la inflación escala ya a cotas cercanas al 5%, por los efectos de la guerra de Irán y la escasez de combustible y de otros derivados del petróleo y del gas, eso significa que los aumentos salariales de este año serán devorados por la subida de precios. Los precios de la vivienda, que pulverizan los salarios, agravan todavía más esta pérdida de poder adquisitivo. La patronal CEOE, envalentonada porque acaricia el sueño de un próximo gobierno de la derecha del que espera otra reforma laboral que recorte nuevos derechos a los trabajadores y las pensiones, rechaza sentarse con las cúpulas sindicales para un nuevo acuerdo salarial. Sin nada que ofrecer, la presión que deben estar sintiendo desde abajo los dirigentes de UGT y CCOO debe ser tremenda. También debemos contemplar otras de las razones que han movido a UGT y CCOO convocar esta huelga. Qué duda cabe que una demostración de fuerza, como la huelga general, que movilice social y políticamente a millones de trabajadores, podría incrementar el apoyo electoral de la izquierda reformista en las próximas elecciones generales, la cual aparece ahora públicamente al lado del movimiento por la vivienda. Este cálculo no es menor en las intenciones de los dirigentes de UGT y CCOO a la hora de convocar la huelga. Mejor tener un gobierno “amigo” en la Moncloa, que les pueda conceder algunas migajas desde arriba, que pelearlas duramente contra la patronal en la calle. Tal es su razonamiento.

Para fortalecer su posición de cara a las elecciones, una vez disuelto el actual Congreso de los Diputados, el gobierno de Sánchez ha vuelto a sacar los mismos decretos que fueron rechazados por el Congreso, con algunos cambios, para que sean aprobados por la Comisión Permanente del Congreso, que sustituye hasta las elecciones al Congreso ya disuelto, y donde la izquierda de PSOE-SUMAR y sus aliados parlamentarios tienen mayoría. Estos decretos tendrán vigencia hasta la constitución del nuevo Congreso el 23 de diciembre, después de las elecciones. Con tan poco tiempo de duración, el efecto de estos decretos serán muy limitados en el tiempo en materia de impedir desahucios y en prorrogar contratos de alquiler sin subidas abusivas, pero son una señal para amarrar apoyo electoral entre la desmovilizada, hasta ahora, base tradicional de votantes de la izquierda.

Poner una fecha, ya

Pero más allá de los cálculos electorales de Sánchez y de sus aliados de SUMAR, que ahora se han renombrado como Frente Amplio, lo que nos interesa destacar es la convocatoria de huelga general y cómo garantizar su éxito.

Lo primero que hay que decir es que esta convocatoria es un éxito tremendo del movimiento de la vivienda, es un resultado de la energía combativa de decenas de miles de activistas que han puesto el cuerpo en las movilizaciones y que han conectado con la indignación de millones de trabajadores y jóvenes. En segundo lugar, los representantes de los sindicatos de la vivienda, que ahora están en contacto estrecho con las direcciones de UGT, CCOO y CGT, deben exigir ya a estos sindicatos la “fecha” de la huelga. Hay un peligro de que si esta decisión se retrasa algunos días más, el efecto de su anuncio se disipe, y también el impacto de la huelga misma. Se ha declarado que la huelga será en noviembre. Desde la OCR pensamos que el hierro está caliente ahora, y que lo deseable es que esta movilización se convoque este mismo mes de octubre, lo antes posible. No es menor el dato de que el 14 de octubre se inicia una huelga indefinida de la educación madrileña, la confluencia de ambas huelgas, aunque fuera un solo día, tendría un impacto enorme en todo el Estado. Ya que, lamentablemente, no será así, tal fecha debería ser no más tarde de la primera semana de noviembre, aplazarla más sería jugar con las ilusiones y las expectativas depositadas por millones de personas en la lucha por la solución real del problema de la vivienda, sería actuar con engaño, reflejaría una falta total de voluntad y de confianza en la lucha misma.

Cómo preparar la huelga y bajo qué programa

A partir de aquí lo que se requiere es la preparación enérgica de esta huelga general. Como ha hecho hasta ahora, el movimiento de la vivienda debe tomar la iniciativa y no esperar a que los pesados aparatos sindicales, rutinarios y faltos de confianza en la clase obrera misma, se pongan en movimiento. Deben formarse brigadas de miles de activistas en cada ciudad para lanzarse a los barrios obreros, polígonos industriales, y puertas de las empresas a agitar por la huelga general. Debe lanzarse un programa audaz que recoja todas las reivindicaciones lanzadas en las manifestaciones y plazas, comenzando por la expropiación de las viviendas de los fondos buitres y grandes tenedores, que para la OCR comienzan en aquellos que tienen 3 o más viviendas en alquiler. Eso sumaría más de 1 millón de viviendas. Pero aún limitando las expropiaciones a quienes poseen 10 o más viviendas, eso solo implica 740.000 viviendas, que coincide aproximadamente con el déficit señalado por el Banco de España en el momento actual de 750.000 viviendas. Su puesta en alquiler social a no más del 10% de los ingresos familiares, sería ya un paso enorme para poner las bases para la resolución de este problema. Tal masa de vivienda con alquileres bajos empujaría a la baja irremisiblemente los alquileres de los pequeños propietarios, haciendo realidad la reivindicación principal del movimiento por la vivienda de reducir en un 50% los alquileres actuales. El rentismo no suma ni un gramo de riqueza social, sólo saquea los bolsillos de los trabajadores. La vivienda no puede ser un bien de mercado, sino un bien social que garantice un techo digno a cada familia y persona independiente. Otras reivindicaciones fundamentales como contratos de alquiler indefinidos, prohibición de compra de inmuebles para el negocio del alquiler (reivindicación que rechaza el gobierno Sánchez), sin duda también serán agitados. Para terminar de asegurar un techo digno para todos se hace imprescindible completar estas medidas con la construcción inmediata de cientos de miles de viviendas sociales de alquiler reducido. Esto solo puede hacerse atacando los intereses de quienes tienen el monopolio de la construcción y de la financiación, las grandes constructoras y los bancos, que deben ser nacionalizados sin indemnización para poner en práctica un plan socialista de construcción que atienda las necesidades sociales. Por supuesto, deberían incluirse otras demandas al margen de la cuestión de la vivienda que abarquen al conjunto de la clase obrera y amplíen la base de reivindicaciones de esta huelga. Una de ellas debe ser aumentos salariales inmediatos con la subida de los precios, ajustados cada 6 meses, partiendo de la inflación actual, un 5%. Rechazar cualquier intento de recorte de beneficios y prestaciones por las bajas laborales, que ahora quieren atacar la patronal y las derechas. Que se garantice el sistema público de pensiones y el poder adquisitivo de las mismas frente a la inflación y que Vox ha declarado que será lo primero que atacará si llega al gobierno de la mano del PP. Todas estas reivindicaciones, y otras más, deben ser agitadas incansablemente durante la preparación de la huelga, en asambleas de trabajadores que deberían ser convocadas en cada empresa. Los trabajadores deben sentir que esta huelga es suya y no una imposición que viene de arriba sin su participación y decisión.

Por último, y no menos importante. Como decíamos en nuestro artículo anterior, toda huelga general pone sobre la mesa quién tiene el verdadero poder en la sociedad para que ésta funcione cada día. Y éste lo tiene la clase obrera, aunque no sea consciente de ello en su día a día. Esta huelga general dará claridad a los trabajadores sobre su papel en la sociedad, inflamará su conciencia de clase y su sensación de poder.

Un problema irresoluble bajo el capitalismo

Los comunistas revolucionarios tenemos claro que el problema de la vivienda es irresoluble bajo el capitalismo, porque sólo puede afrontarse con políticas de expropiación de sectores clave de la clase dominante. No sólo de los rentistas y especuladores, sino de la banca, las constructoras, y otros, como se ha explicado. Y tampoco la burguesía se dejará expropiar alegremente, confía en su aparato de Estado, en su poder judicial, como ya ha demostrado, para declarar ilegal cualquier intento de expropiación a gran escala. Por lo tanto, sólo una lucha revolucionaria socialista decidida, que incluya la expropiación del gran capital y la demolición de este Estado reaccionario, sustituido por un Estado de los trabajadores, puede poner las bases para solución del problema de la vivienda y de todos los demás problemas que aquejan a la clase trabajadora en esta sociedad capitalista bárbara e irracional. Es cierto que esta huelga general no se propone estos objetivos, pero jugará un papel muy grande en acelerar la conciencia política de nuestra clase y situarla ante las tareas que tiene por delante. Sin duda, estimulará la lucha de los trabajadores en sus empresas por el poder adquisitivo de los salarios y contra las amenazas de regresión social de la patronal y de la derecha.

Esto es muy importante. La burguesía querría que el próximo gobierno que salga de las elecciones (preferiblemente, la derecha) echara a andar en un clima de abatimiento, desmoralización y pasividad de nuestra clase, para poder imponer mejor las políticas antiobreras y represivas reaccionarias que necesita para asegurar sus negocios en un entorno de crisis e inestabilidad general. Pero se va a encontrar todo lo contrario. Lo que se avecina es una exacerbación extrema de la lucha de clases y un potencial estallido revolucionario. Debemos estar preparados.

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