Ayuso, prepárate: Este otoño en Madrid también será caliente

La situación política en Madrid pende de un hilo. Una serie de crisis se han ido gestando a lo largo de varios años y están desembocando en un otoño caliente que tendrá repercusiones políticas para el Gobierno de Isabel Díaz-Ayuso, con las elecciones autonómicas de 2027 en el horizonte. La Presidenta de la Comunidad de Madrid se encuentra entre la espada y la pared, totalmente desacreditada y enfrentada a una movilización de la clase trabajadora en varios frentes.

La crisis de la educación pública madrileña ha sido un factor constante en el panorama político desde unos años atrás. El sistema entero está en ruinas, lo que ha llevado al surgimiento de varias plataformas de lucha de docentes, universitarios y estudiantes de FP. Ahora, inspirados por las luchas en Catalunya y el País Valencià, los docentes han convocado una huelga indefinida a partir del 14 de octubre, a la que las plataformas estudiantiles se han sumado, agitando con los trabajadores en una única lucha.

Por otro lado, la crisis de la vivienda se agudiza cada vez más. Madrid en concreto ha sido una de las zonas más afectadas del Estado español: una casa en Madrid ya cuesta 2,3 veces más de lo que costaba en 2014 (El País, 24/08/2026). Esto afecta especialmente a la juventud trabajadora, para quien no ya la compra de una vivienda sino el mero pago de un alquiler y la emancipación es una perspectiva cada vez más lejana.

En este contexto se da el más reciente escándalo de Ayuso, el último episodio en una serie de maniobras y estafas inmobiliarias cometidas por la Presidenta y su pareja. Se trata de la compra de un ático en Chamberí por 6,3 millones de euros de dinero público para fines no especificados. Esto ha calado como una bofetada en la cara de los trabajadores que han financiado el cuarto —sí, ¡cuarto!— ático millonario de Ayuso.

Como si fuera poco, el desahucio de Maricarmen —una mujer de 87 años con discapacidad severa— ha desatado un torrente de rabia e indignación frente a las imágenes de la policía cargando como matones contra cientos de activistas pacíficos, echando gas lacrimógeno dentro del edificio y sacando a esta anciana indefensa en una camilla para que fuera evacuada en una ambulancia.

Siguiendo el guion de siempre, Ayuso echa la culpa de todo esto a Sánchez: “No han hecho nada en estos ocho años” dice, para modificar las leyes relacionadas a la vivienda y los desahucios.

Pero detrás de lo que dice hay algo muy cierto: las medidas impulsadas por el Gobierno de Sánchez no ofrecen ningún tipo de solución a los problemas acuciantes de la clase trabajadora. Ni siquiera evitan escenas tan brutales e inhumanas como la redada del hogar de Maricarmen, que es solo uno de los 25.500 desahucios que se ejecutan al año en el Estado español, como bien nos lo recuerda Ayuso.

Lo que se requiere para resolver la crisis de la educación y la vivienda, en cambio, es un programa audaz. Pero el reformismo de izquierdas está totalmente desdibujado en coalición con el PSOE. Su programa tímido es incapaz de inspirar entusiasmo a los trabajadores.

Esto entonces lleva a algunos a sacar la conclusión de que Madrid es una zona especialmente reaccionaria, cuando lo que realmente estamos viendo es que los trabajadores están marcando el paso por delante de sus supuestos representantes. La lucha de los trabajadores en la fábrica de Airbus en Madrid es ejemplar en este sentido.

Ahí, los trabajadores han exigido una subida del salario del 18%, lo que en realidad solo supone la recuperación del poder adquisitivo perdido en los últimos años a raíz de la inflación. Los sindicatos mayoritarios —y luego incluso los minoritarios— intentaron rebajar las demandas de los trabajadores, negociando a sus espaldas con la patronal para llegar a un acuerdo y así bajar el nivel de combatividad. Sin embargo, todos estos acuerdos falsos han sido rechazados por los trabajadores, quienes han demostrado una vez más que son más audaces que sus direcciones.

La situación actual en Madrid es solo un ejemplo más del vacío político que existe en la izquierda, que es incapaz de dar expresión —y dirección— a esta rabia acumulada y elevar el nivel de conciencia en un contexto de creciente movilización. Es urgente, por tanto, construir un partido revolucionario, con una masa crítica de miembros, que pueda aprovechar estos puntos de inflexión políticos para tumbar a los agentes de la burguesía de una vez por todas.

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