El pasado colonial español: una lucha ideológica por el presente
Las recientes declaraciones de Felipe VI durante su visita a México, en las que se abrieron las puertas a una lectura más crítica de la conquista de América, han reactivado un debate en la política española sobre el pasado colonial. La respuesta de sectores de la derecha, especialmente del Partido Popular y Vox, no se hizo esperar. Figuras como Isabel Díaz Ayuso reivindicaron el carácter “civilizador” de la empresa colonial, mientras Alberto Núñez Feijóo calificó de “disparate” analizar los hechos del siglo XV desde el presente.
Estas reacciones evidencian una disputa ideológica en torno al pasado colonial español. La apelación del Partido Popular a la necesidad de “contextualizar” la conquista y evitar el “presentismo” pretende situarse a favor del rigor histórico. Sin embargo, esta posición encubre una estrategia política: desactivar cualquier crítica al colonialismo y proteger un relato nacional que legitima las relaciones de poder en el presente.
El argumento de que no se puede juzgar el pasado con valores actuales resulta profundamente falaz. No es necesario recurrir a estándares contemporáneos para cuestionar la violencia de la conquista, ya en su propia época existieron voces críticas que denunciaron el trato a los pueblos indígenas, lo que demuestra que la controversia no es un producto del siglo XXI, sino un conflicto inherente al colonialismo. La apelación al “contexto” convierte la violencia estructural contra los pueblos indígenas en una circunstancia inevitable y, por tanto, políticamente irrelevante.
Los marxistas comprendemos que la conquista de América es un momento decisivo en la formación del sistema capitalista mundial. Tal y como expone Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina, la incorporación de América Latina al mercado global se produjo en condiciones de subordinación: “unos países se especializan en ganar y otros en perder”. Esta frase resume el papel asignado a la región desde un principio como proveedora de materias primas y fuerza de trabajo al servicio de las economías centrales.
Los datos históricos confirman esta relación de extracción. Entre los siglos XVI y XVII, llegaron a Europa enormes cantidades de oro y plata procedentes de América, contribuyendo de manera decisiva a la acumulación de capital que impulsó el desarrollo económico europeo. Este flujo de riqueza no fue el resultado de trabajo forzado, explotación minera extrema y destrucción de las estructuras sociales indígenas.
A ello se sumó el impacto de las enfermedades, que provocaron un colapso demográfico sin precedentes. Muchas veces se excusa este hecho con el desconocimiento científico del momento, pero las condiciones de explotación impuestas sobre los indígenas no hicieron más que empeorar su pronóstico ante estas.
Para contextualizar lo que significó en términos demográficos la conquista: se estima que la población indígena en 1492 rondaba entre los 90 y 112 millones. Para inicios del siglo XVII, entre 80 y 100 millones de indígenas habían muerto a causa de enfermedades, violencia y desalojamientos traídos por colonizadores europeos.
Frente a esta realidad material, el discurso que enfatiza los supuestos beneficios de la colonización, como la lengua, las instituciones o la religión, opera como una forma de invisibilizar las relaciones de explotación que hicieron posible esos mismos desarrollos. Se trata de una inversión ideológica: las consecuencias culturales del proceso se presentan como su justificación, mientras se omiten las condiciones materiales que las produjeron.
La posición del Partido Popular, aunque formulada en un lenguaje más moderado que la de Vox, cumple una función similar. Mientras este último reivindica la obra “civilizadora» del imperio, el PP recurre al “contexto” o “anacronismo” para deslegitimar la crítica. En ambos casos, el resultado es minimizar la violencia colonial y bloquear la posibilidad de establecer una relación crítica con el pasado.
La disputa sobre la conquista de América es inseparable de la lucha de clases: la defensa acrítica del pasado colonial contribuye a legitimar el origen histórico de la acumulación de capital y, con ello, las desigualdades que estructuran el sistema actual. Como señala Galeano, la historia del subdesarrollo latinoamericano forma parte de la historia del desarrollo del capitalismo.
Un análisis materialista de la historia permite no solo desmontar los mitos del pasado, sino también cuestionar las bases del sistema capitalista en el presente. La memoria, en este sentido, no es un ejercicio académico, sino un campo de batalla ideológico.
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