El significado del desastre en las pruebas PISA

El pasado 8 de septiembre se publicaron los resultados del informe PISA 2025, unas pruebas iniciadas el año 2000 para comparar los niveles educativos de los adolescentes de 15 años de distintos países en tres competencias principales: matemáticas, ciencias y lectura. Antes de la publicación de los resultados, los ministerios de educación de todos los países participantes de la OCDE empezaron a preparar la opinión pública y a buscar chivos expiatorios por si el nuevo informe demostraba prorrogar un año más las caídas en el nivel de las tres competencias. Este intento de lavarse las manos antes del desastre fue particularmente claro en el estado español, como no podía ser de otra manera, puesto que a las Niubó, Ortí y Zarzalejos no les convenía que una demostración más del fracaso de la educación española hiciera ganar autoridad a las luchas docentes de Catalunya, País Valencià y Madrid.

El 8 de septiembre reveló que dichas preocupaciones no eran infundadas y que la alarmante caída había sido una realidad tanto en los resultados mundiales como en los del Estado español. La media del grupo de países de la OCDE en la anterior edición de 2022 había sido de 472 puntos en matemáticas, 476 en comprensión lectora y 485 en ciencias; en aquél entonces, el estado español, a pesar de haber empeorado en cada prueba sucesiva desde su inicio el año 2000, todavía se encontraba cerca o incluso por encima de la media, con unas puntuaciones de 473 puntos en matemáticas, 474 puntos en comprensión lectora y 485 puntos en ciencias.

En el informe actual de 2025, la media de la OCDE ha caído 9 puntos en matemáticas, llegando a los 463 puntos; 15 en comprensión lectora, llegando a los 461 puntos, y 3 en ciencias, llegando a los 482 puntos. Pero la caída del estado español nos deja números todavía más alarmantes, con un declive de 16 puntos en matemáticas, llegando a los 457; de 23 en comprensión lectora, llegando a los 451 puntos, y de 8 puntos en ciencias, llegando a los 477. Para comprender la magnitud de la catástrofe, cabe recordar que los organizadores de las pruebas hacen equivaler 20 puntos con un año escolar entero.

Las cifras señalan un diagnóstico general claro que todas las clases dirigentes del mundo temen confesar: algo está fallando con los sistemas educativos y parecería que nadie sabe el porqué.

El diagnóstico oficial

Ante tamaño debacle, los organizadores de las pruebas PISA presentaron un informe que incluía distintas causas basándose en las preguntas que los estudiantes habían respondido durante las pruebas sobre su situación socioeconómica, sus hábitos y gustos, así como en la medición del tiempo de respuesta de los alumnos a cada pregunta de las pruebas.

El informe concluyó que no existía una única causa, sinó que la caída se debía a una suma de factores tales como un menor placer en la lectura como pasatiempo, una mayor facilidad para distraerse, la peor disciplina en las aulas, el incremento de la diversidad escolar sin el debido aumento de recursos y el mayor tiempo dedicado por los adolescentes a las pantallas. A la pobreza infantil se le dedicaban apenas unos párrafos entre la multitud de artículos que reportan sobre el informe PISA, a pesar de ser reconocida como uno de los principales agravantes de los malos resultados escolares.

Aunque todo ello haya contribuido sin duda, esto són fenómenos superficiales que están a la vista de todos y que a su vez necesitan de una explicación que el informe de las pruebas PISA no da, al presentarlas como la causa última de la caída. Los redactores del informe estarían actuando como el médico impotente que, incapaz de dar una cura al paciente, confunde los síntomas superficiales que cree poder tratar con la enfermedad que las está causando.

Nosotros debemos ser absolutamente claros en este punto. Los síntomas señalados por el informe, a pesar de tener sus características propias e influir de distintas formas en cada país, apuntan a las claras a una enfermedad común que afecta todo el mundo. Y esta es la enfermedad terminal del capitalismo.

La situación del Estado español

Ello es particularmente claro si analizamos el caso de la educación española en sus características esenciales: la deficiente inversión en educación y su creciente privatización, el enorme peso de las diferencias socioeconómicas entre el alumnado y el horizonte de miseria que el capitalismo español ofrece a la mayoría de jóvenes.

La crisis del 2008 afectó la economía española de forma devastadora; la clase dominante por aquél entonces creía ir a la cabeza de la carrera, viendo como el resto de países se hundían en medio de deudas impagables y bancarrotas imposibles. Era la creencia inocente del corredor que a punto de ser doblado por sus rivales, en echar la vista atrás, se cree que va a la cabeza y no doblemente a la cola. La crisis llegó al estado español el 2010, y con ella el rescate bancario hecho con dinero público y los consiguientes recortes a los servicios públicos.

Aunque nominalmente el nivel de inversión en educación previo a la crisis se recuperara, pasando de 53 millones el 2010 a 71 millones el 2024 según los últimos datos del INE, estas cifras podrían llegar a esconder dos verdades elementales que la realidad cotidiana revela a todo el mundo: en primer lugar, que la inversión en educación no ha crecido al mismo nivel que la inflación, que es de más de un 40% acumulado desde 2010. Teniendo en cuenta sólo la inflación, la inversión real actual en educación estaría casi un 3% por debajo de los niveles previos a la crisis. Pero para empeorar las cosas, a este déficit respecto a los niveles precrisis se tendría que añadir que la población española ha crecido des de 2010 en casi 3 millones y medio de personas, por lo que la inversión en educación, para ser suficiente, debería llegar no solo a igualar los niveles precrisis, sino a superarlos con creces. Las consecuencias de esta falta de recursos son mayores ratios de alumnos por aula -y por lo tanto una peor atención individualizada y una mayor dificultad para hacer las clases-, peores infraestructuras y peor climatizadas, falta de profesionales para la integración y el seguimiento de los alumnos con necesidades de acompañamiento, una mayor frustración que se extiende entre los docentes por no poder desempeñar su trabajo en buenas condiciones, entre otras consecuencias que repercuten en el alumnado.

Sin ir más lejos, el 2023 se vivió un episodio que refleja perfectamente la hipocresía de la clase dominante española y de sus secuaces cuando lanzan el grito al cielo deplorando el mal estado de la educación. A raíz de la publicación del informe de las PISA de ese año, y viendo la preocupante caída de los resultados, el gobierno presentó un “innovador” proyecto de refuerzo de lectura y matemáticas que tenía que ser la panacea de todo mal… desgraciadamente, no incluyeron en ese proyecto una cláusula que desbloqueara los presupuestos generales del estado. (El proyecto nunca vio la luz porque los presupuestos no habían sido aprobados -de hecho, a día de hoy todavía siguen sin haber sido aprobados.)

Si los recortes son una de las herramientas que usa el capitalismo para hacernos pagar a los trabajadores sus crisis, un reverso de esto en la educación son los privilegios y la incesante ayuda pública que recibe la educación privada y concertada para mantenerse a flote. Aunque en ningún sitio haya llegado la educación privada y concertada a un grado tal de difusión como en Madrid -en la que 163.000 alumnos van a la pública y 143.000 a la privada/concertada, una proporción que roza el 50/50- a las escuelas privadas y concertadas de todo el estado se les permite seguir eligiendo sus alumnos casi a dedo, fomentando la concentración de los alumnos con mayores necesidades pedagógicas en unos pocos centros públicos. Según un informe del Síndic de Greuges, en Catalunya el 28% de las escuelas públicas son de alta complejidad, frente a sólo un 6% de escuelas concertadas y privadas.

Pero este no es solo el caso de Catalunya: los alumnos con mayores dificultades de aprendizaje debido a su situación socioeconómica, familiar o por dificultades lingüísticas están concentrados en las escuelas públicas de todo el estado: durante el curso 2024-2025, había en las escuelas españolas 1.125.000 alumnos de origen extranjero; de estos, 842.000 acabaron escolarizados en las escuelas públicas. Y no podría ser de otra forma desde la perspectiva de las escuelas privadas, pues al fin y al cabo son una empresa que depende del atractivo de su producto, en este caso, del éxito académico de sus alumnos.

La privada también tiene otro punto en común con las empresas al uso, y es que actúa con la confianza de que en caso de bancarrota contará con el rescate del Estado a través de subvenciones o la creación de conciertos escolares. El año 2024, la escuela concertada absorbió 8.342 millones de euros del presupuesto público, lo que equivale a un casi 12% de toda la inversión pública en educación. Teniendo en cuenta que la aplastante mayoría de los alumnos con necesidades educativas especiales se concentra en la pública, ¿para qué otra cosa necesita la concertada ese dinero público si no es para mantener sus beneficios? ¿Por qué tienen que rescatarse con dinero público las escuelas privadas que no se pueden sostener? ¿Por qué no se pueden integrar al resto del sistema público? La escuela concertada y su difusión en el estado español sólo profundiza las diferencias socioeconómicas entre los alumnos y su reflejo en el distinto desarrollo de su potencial, a la vez que priva de recursos los centros públicos a los que acuden los hijos e hijas de la mayoría de la población. Y la existencia de la privada solo se puede justificar dentro de un sistema basado en la explotación de una mayoría por los beneficios de una minoría.

Vemos que los centros públicos están acorralados por este movimiento de tenaza: a un lado, menos recursos, al otro, más alumnos con necesidades especiales de aprendizaje. Siendo uno de los países donde más drástica ha sido la caída en el rendimiento académico, el Estado español resulta también ser el país con mayor pobreza infantil de la UE. De hecho, el 29% de los menores españoles viven en hogares situados por debajo del umbral de pobreza, mientras que un tercio de los mismos está en riesgo de exclusión social. La mala condición socioeconómica está relacionada con mayores dificultades para desarrollar las plenas capacidades de uno mismo, sea por el ausentismo forzado que muchas veces conlleva, sea por el mal ambiente familiar que pesa sobre los alumnos, sea por las dificultades con las que se enfrentan en el aula y con sus compañeros.

Pero el presente no es lo único que el capitalismo está robando a la infancia y a la juventud; les ha privado sobre todo de su futuro. Hubo un tiempo en qué estudiar era objetivamente para una parte de la clase trabajadora española una forma de acceder a trabajos cualificados que les permitían vivir mejor. Corrían las décadas entre los 60 y los 90, en las que cada año de estudios superiores que cursara un trabajador iba relacionado con un aumento salarial del 8’4% (El retorno de la educación en España, 1995). En aquel momento, el capitalismo español estaba invirtiendo una buena parte de sus beneficios en la industria automovilística, química y metalúrgica, que representaba el 25% de su PIB. La expansión de estas industrias tenía que ir necesariamente acompañada de la creación de una capa de obreros cualificados que pudieran trabajar en estos sectores realizando sus funciones más técnicas. La presión de las luchas obreras que caracterizaron esas décadas, la poca oferta inicial de obreros cualificados para accionar las industrias y el contexto general de auge capitalista por todo el mundo posibilitaron esa diferenciación salarial al alza que acompañaba los niveles superiores de estudio.

Hoy la situación no podría ser más diferente. El capitalismo español ya no se fundamenta en una economía productiva que requiera tantos trabajadores cualificados, sino todo lo contrario: los capitalistas absorben parasitariamente la riqueza de la sociedad a base de la especulación bursátil, el vivir de rentas y la inversión en los sectores económicos que les reportan los mayores beneficios en un menor tiempo. Ya no invierten en la economía productiva por el simple hecho de que no les sale rentable. Siguiendo el mismo principio, por eso prefieren atesorar sus beneficios e invertirlos en actividades especulativas. Esto se ve claramente en considerar que el 2025 las principales empresas españolas no financieras cerraron sus balances, después de haber reinvertido una parte de sus ingresos, con una “capacidad de inversión” de 20.487 millones de euros, de los cuales desconocemos cuántos se convirtieron en beneficios directos, puesto que los balances lo ocultan. Si tomamos un dato público de un año anterior, la reinversión total de los ingresos empresariales respecto el PIB fue de un 13’6% (Banco Central de España); compárese esta cifra con la inversión de 1964, que fue del 30% del PIB (El stock y los servicios del capital en España, 2025) y uno puede ver claramente el cambio de dinámica operado en la vida económica española.

Desde el punto de vista de un joven, ¿para qué esforzarse en estudiar si luego uno tendrá que trabajar de cualquier cosa, con jornadas a tiempo completo y un salario que apenas te alcanza para vivir? Los capitalistas españoles han hecho del estado español un país de contratos basura y de trabajos poco cualificados; no es de extrañar, pues, que en sus centros de estudio se estén educando trabajadores que aceptarán contratos basura y poco cualificados.

Liberar la educación del yugo del capitalismo

El capitalismo es el mayor lastre para la educación, la cultura y la civilización. Este es, en el último análisis, el origen real del constante empeoramiento en los resultados de las pruebas PISA, el origen del que fluyen el resto de fenómenos señalados por el informe de los organizadores de la prueba.

Si en cierto momento el capitalismo revolucionó la producción y la ciencia porque su vida dependía de ello, hoy en día está jugando el papel contrario. Con mercados saturados de mercancías, con una extensión de las finanzas como actividad lucrativa, con una división de los mercados del mundo entre unas pocas empresas y potencias, ya no les sale a cuenta invertir en mejorar la producción, pues ¿para qué iban a invertir si no pueden vender ni lo que ya han producido? La anarquía capitalista, consecuencia de la persecución de los intereses particulares de cada capitalista, han hecho de las antiguas economías industriales economías rentistas y parasitarias en las que la mayoría de la población es condenada a trabajar en sectores que no contribuyen en nada al bienestar real de la sociedad.

Existiendo el potencial real de implementar extensamente las energías renovables y aumentar la automatización de la producción para que podamos trabajar menos y dedicar mayor tiempo a la cultura, la ciencia y el arte, el capitalismo retiene la ciencia y la investigación con el estrecho yugo de sus intereses privados. Liberar el enorme potencial de la ciencia, de la tecnología y de la cultura humana significa eliminar el mayor enemigo que tienen: el sistema capitalista. Solo si los trabajadores toman las riendas de la economía mediante la planificación democrática de la producción y eliminan la anarquía del mercado y la producción dirigida a los beneficios privados de unos pocos parásitos, podremos crear una sociedad en la que el trabajo inútil y estéril se elimine para siempre, se reduzcan las jornadas laborales y la educación reivindique para sí el papel de desarrollar el potencial real de toda la humanidad.

Hoy más que nunca, la crisis de la educación es la crisis de la dirección del proletariado.

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