Más allá del eclipse

El eclipse del 12 de agosto

El pasado 12 de agosto, buena parte del norte de la península pudo vivir un eclipse solar total, y para muchos de nosotros fue la primera vez. De hecho, era el primer eclipse total visible desde la península en más de un siglo. A todos nos han enseñado en el colegio qué es un eclipse, cómo se produce, cuáles son sus tipos…y todos hemos visto fotografías o vídeos de eclipses ocurridos en otras partes del mundo, incluso con una calidad extraordinaria, pero nada sustituye vivirlo en carne y hueso. Por esta razón, cientos de miles de personas se vieron atraídas por este gran acontecimiento del verano. Bien es cierto que en nuestra vida diaria no nos detenemos a mirar al cielo, pero sin duda, esta era una cita obligatoria.

El eclipse, que ha despertado la atención humana desde nuestra existencia, se convirtió en un evento de grandes dimensiones. Encontrar las gafas correctas o llegar a tiempo al lugar escogido se volvió todo un reto, desde luego, la planificación apremiaba. Escoger el punto más adecuado para su observación tampoco era cosa trivial, ya que el Sol se encontraba muy bajo sobre el horizonte. Montañas, edificios, árboles o cualquier otro obstáculo podían ocultarlo. Para más inri, la duración de la totalidad dependía de la zona geográfica por lo que variaba de unos instantes a unos minutos. El único enemigo aquel día contra el que poco podíamos hacer eran las nubes. Por suerte, al ser verano las condiciones meteorológicas fueron muy favorables en buena parte del país. Como no podría ser de otra manera, uno de los lugares más destacados para ver el eclipse fue Teruel, y de hecho, el maestro del rock y astrofísico Brian May eligió esta ubicación, en concreto, el Observatorio de Javalambre.

Es difícil pensar en muchos fenómenos naturales capaces de movilizar a la sociedad entera a esta escala (resaltamos naturales, porque evidentemente el fútbol se lleva el premio). Incluso se desarrollaron iniciativas para que personas que normalmente encuentran barreras para acceder a este tipo de experiencias pudieran participar. Por ejemplo, el proyecto Eclipse Inclusivo logró que personas ciegas o con discapacidad visual pudieran vivir el eclipse mediante dispositivos que transformaban los cambios de intensidad de la luz en sonido [1]. Otro ejemplo de inclusión se dio en Tenerife donde unos 50 internos del centro penitenciario participaron en un taller sobre el fenómeno y realizaron una observación solar unos días antes del eclipse [2].

Y que no cunda el pánico para quien se haya perdido el eclipse, porque todavía está a tiempo. Estamos, de hecho, de racha: el eclipse de 2026 es el primero de una excepcional sucesión de tres eclipses solares visibles desde España entre 2026 y 2028. El 2 de agosto de 2027 podremos volver a contemplar un eclipse total, esta vez desde el extremo sur de la península, además de Ceuta y Melilla. Y el 26 de enero de 2028 llegará un eclipse anular, cuya franja atravesará buena parte de la península. Los eclipses, por tanto, no dejarán de ser un tema de actualidad.

Del mito a la predicción

Lo cierto es que no hay nada más actual que un eclipse, si se me permite la exageración. El ser humano se ha fascinado por ellos desde mucho antes de poder explicar qué eran. Inicialmente, nuestros antepasados se encontraron con una naturaleza que no comprendían y que, al mismo tiempo, influía enormemente en sus vidas. Del intento de explicar esos fenómenos nacieron las primeras religiones animistas, que dotaban a las fuerzas de la naturaleza de un alma o espíritu. Por poner algunos ejemplos, en la tradición mapuche el eclipse se interpretaba como un enfrentamiento entre el Sol y fuerzas negativas [3]. En otras tradiciones indígenas, como las de los paiute del sur, el Sol y la Luna tenían un encuentro amoroso [4]. En la antigua China se pensaba que un dragón celestial devoraba el Sol [5], mientras que los aymaras asociaban el oscurecimiento del Sol con su enfermedad [6]. Entre los navajos o diné, el eclipse se consideraba un momento sagrado durante el cual hay que permanecer en el interior de las viviendas, en silencio, sin comer y sin mirar al cielo [7].

Pueden parecer excentricidades, pero hay que entender que estos pueblos intentaban comprender y controlar la naturaleza para su propia supervivencia. Magia y ciencia se entremezclaban inevitablemente, ya que en esa etapa de la historia, los medios materiales necesarios para estudiar la naturaleza no estaban suficientemente avanzados. Una vez empiezan a desarrollarse las herramientas, los conocimientos, las infraestructuras técnicas y la organización social, entonces ocurre una transformación cualitativa, la ciencia empieza a sustituir al mito.

La ciencia, a diferencia del mito, formula hipótesis, luego deduce de ellas consecuencias observables y las confronta con la experiencia. Si una teoría predice un eclipse y el eclipse no ocurre donde debería, la explicación científica debe actualizarse, de forma que se acerca cada vez más a la realidad. La astronomía, y por tanto la predicción de eclipses, se fue desarrollando a través de los siglos con las aportaciones de distintas sociedades, como las de Mesopotamia, China, India y el mundo islámico, que terminaron confluyendo con los desarrollos de la astronomía en Europa. Ptolomeo construyó uno de los modelos más influyentes de la Antigüedad, que posteriormente fue sustituido por Copérnico, que a su vez fue sustituido por las leyes del movimiento planetario de Kepler y, finalmente, por la mecánica de Newton. Las leyes físicas que Newton formuló describían de forma muy precisa el movimiento de los cuerpos celestes, incluidos los eclipses. ¿Significa que la astronomía y las leyes gravitacionales terminan con Newton? Evidentemente no. Einstein supera la teoría de la gravedad de Newton con la relatividad general. ¿Eso hace inútil a Newton? Por supuesto que no. De hecho, en muchos ámbitos, incluso en la actualidad, la mecánica clásica es más que suficiente. Tampoco podemos afirmar que la relatividad general sea la explicación última de la naturaleza, las observaciones cosmológicas actuales plantean todavía cuestiones abiertas que nuestras teorías deberán explicar. La ciencia sigue un proceso histórico en el que las explicaciones se desarrollan, encuentran contradicciones y son sustituidas o ampliadas, acercándose cada vez más a la verdad.

Durante la Revolución Industrial, los medios de producción (fábricas, carreteras, infraestructuras, instrumentos, medios de transporte, etc.) avanzaron a una velocidad nunca antes vista gracias al desarrollo del capitalismo. Estas mejoras materiales impulsaron a su vez la ciencia ya que se podían conseguir instrumentos cada vez más superiores. Al mismo tiempo, los avances científicos contribuían al desarrollo de nuevos medios de producción, de forma que ambos se retroalimentaban. Este progreso se puede ver también en la predicción de eclipses, cuando en 1887, Theodor von Oppolzer publicó su Canon der Finsternisse en el cual calculó 8.000 eclipses solares y 5.200 eclipses lunares entre 1207 a. C. y 2161 d. C basándose en la mecánica de Newton. Hoy podemos llevar esta capacidad mucho más lejos, ya que esta página web de la NASA calcula eclipses a lo largo de miles de años.

Predecir eclipses o conocer exactamente cómo ocurren no niega nuestro asombro ante ellos ni les quita una pizca de belleza. William Wordsworth, uno de los máximos exponentes de la literatura romántica inglesa, escribió el poema Eclipse of the Sun sobre un eclipse que había presenciado en 1820, en plena revolución industrial. Aquí mostramos la primera estrofa, que captura esa relación entre ciencia, superstición y belleza.

High on her speculative tower

Stood Science waiting for the hour

When Sol was destined to endure

That darkening of his radiant face

Which Superstition strove to chase,

Erewhile, with rites impure.

En lo alto de su torre especulativa

se alzaba la Ciencia, esperando la hora

en que el Sol habría de soportar

el oscurecimiento de su rostro radiante

que la Superstición había intentado ahuyentar

hasta entonces, con ritos impuros.

Cómo se produce

La historia de los eclipses nos ha permitido rozar ligeramente la filosofía de la ciencia, pero volvamos ahora un poco más al aspecto físico de este fenómeno. Un eclipse solar ocurre cuando la Luna se interpone entre el Sol y la Tierra, de forma que vemos la sombra de la Luna en la superficie terrestre. Entonces, es natural preguntarse, si la Luna orbita la Tierra cada 28 días, ¿por qué no vemos eclipses todos los meses? La respuesta está en que la órbita lunar está inclinada respecto al plano en el que la Tierra gira alrededor del Sol. Aunque la Luna pasa cada mes entre la Tierra y el Sol (luna nueva), al estar inclinada su trayectoria, a veces la vemos pasar por encima o por debajo del Sol. Solo cuando la Luna se encuentra cerca de los puntos donde su órbita cruza el plano de la órbita terrestre, llamados nodos, puede producirse un eclipse solar. Esto ocurre unas dos veces al año, pero los eclipses totales son mucho menos frecuentes. Por tanto, ¿cómo es que vemos tan pocos? Pues, para empezar, hay que tener la suerte de que la sombra de la Luna pase justo por nuestra región y no, por ejemplo, en medio del Pacífico.

Otra razón por la que los eclipses totales son tan especiales es precisamente porque son totales. La Luna es unas 400 veces más pequeña que el Sol, pero el Sol está aproximadamente 400 veces más lejos. Esta gran coincidencia hace que ambos tengan aproximadamente el mismo tamaño vistos desde la Tierra. De ahí que podamos tener eclipses totales, ya que la Luna puede cubrir prácticamente todo el disco solar. Pero la Luna, a lo largo de su órbita, puede estar más o menos cerca de nosotros. Si está algo más lejos, su tamaño aparente disminuye y entonces se produce un eclipse anular, que deja visible el anillo solar. Por el contrario, si está más cerca, su tamaño aumenta y puede ocultar por completo el Sol. Dentro de estas pequeñas fluctuaciones de la distancia Tierra-Luna, hay además una tendencia a largo plazo: la Luna se está alejando cada vez más de nosotros. Por tanto, llegará un momento en el futuro (por suerte para nosotros, dentro de muchísimo tiempo) en el que la Luna ya no podrá ocultar por completo el Sol y solo habrá eclipses anulares. Sin menospreciar los eclipses anulares, los eclipses totales son muchísimo más emocionantes, así que estamos de suerte de vivir en esta era.

El eclipse del 12 de agosto fue total, pero seguramente os acordaréis de que se hablaba mucho de la franja de la totalidad. ¿Quiere decir eso que no es realmente total? Un eclipse puede ser total y, al mismo tiempo, parcial. Es decir, la Luna proyecta sobre la Tierra una sombra que se desplaza por su superficie. Dentro de una estrecha franja, llamada franja de totalidad, el Sol queda completamente oculto (de ahí total). Fuera de ella, solo llega la penumbra, por lo que el eclipse se observa como parcial. Por eso, el mismo eclipse es total para quienes se encuentran dentro de la franja de totalidad y parcial para quienes están fuera de ella. Entender este concepto fue clave para vivir al máximo la experiencia del pasado 12 de agosto, ya que no tiene nada que ver presenciar un eclipse donde la Luna cubre el 99% del Sol a cubrirlo al 100%. Cuantitativamente, 99% y 100% son oscurecimientos prácticamente iguales, pero se produce un salto cualitativo en la experiencia. Desaparece completamente la fotosfera, aparece la corona solar que normalmente está oculta por el enorme brillo del disco solar, el cielo se oscurece de forma abrupta y aparecen estrellas y planetas brillantes. En los instantes alrededor de la totalidad pueden aparecer además fenómenos muy llamativos, como las sombras volantes, el anillo de diamantes, las perlas de Baily o el característico borde rosado de la cromosfera. Incluso cambia nuestra propia percepción de los colores y el paisaje adquiere una luz metálica, todo en cuestión de segundos. Con este ejemplo se ve claramente una de las leyes de la dialéctica de Hegel: una pequeña variación cuantitativa lleva a una transformación cualitativa. ¡Si es que es imposible escapar de la filosofía, incluso con los eclipses!

Lo que nos enseñan los eclipses

La predicción de los eclipses es solo una de las muchas cosas interesantes que los rodean. De hecho, los eclipses nos han permitido estudiar otros fenómenos, como el mismísimo Sol. Al observar un eclipse total, se ven unas protuberancias rojizas en el borde del Sol. Antes de 1860, los científicos no sabían con certeza si pertenecían realmente al Sol, a la Luna o a la propia atmósfera terrestre. Durante el eclipse de 1860, que pasó por España, se obtuvieron fotografías desde dos lugares diferentes y se compararon las protuberancias observadas. Si estas estructuras pertenecieran a la Tierra o a la Luna, su posición y aspecto deberían variar entre ambas observaciones debido a la perspectiva. Sin embargo, coincidían, lo que demostraba que pertenecían al Sol. Hoy sabemos que son enormes estructuras de plasma influidas por los campos magnéticos solares. Gracias a la Luna, que oculta la superficie brillante del Sol durante el eclipse, podemos observar fenómenos que normalmente permanecen ocultos. Hoy en día seguimos aprovechando los eclipses para estudiar la corona solar, su extraordinaria temperatura, sus campos magnéticos y fenómenos como las erupciones y las tormentas solares. Es más, estas tormentas solares pueden afectar a satélites y a otros sistemas de comunicación, por lo que es un campo de estudio muy relevante.

Quizá la corona solar sea uno de los ejemplos más evidentes de lo que podemos estudiar gracias a los eclipses, pero ¿sabías que también están relacionados con algo tan cotidiano como la medida del tiempo? En el siglo XIX, al comparar las posiciones en las que la mecánica clásica predecía que debían producirse determinados eclipses con los registros históricos de observaciones, aparecieron pequeñas discrepancias. Con las leyes de Newton se podían calcular con gran precisión dónde y cuándo debía producirse un eclipse, pero algunos de ellos observados siglos atrás no parecían encajar exactamente con esos cálculos. Al principio podía parecer que había un error en las propias leyes o en los cálculos. Sin embargo, cabía otra posibilidad, y es que hubiéramos supuesto que la Tierra giraba siempre exactamente a la misma velocidad. Resulta que no es así, la rotación de la Tierra varía ligeramente con el tiempo, de modo que la duración del día no ha sido exactamente constante a lo largo del tiempo. Estas variaciones son despreciables de un día para otro, pero se van acumulando durante siglos y eso hace que se desplace varios minutos el momento previsto de un eclipse.

Este fenómeno abría una cuestión fundamental: ¿cómo medimos el tiempo? Hasta entonces, el tiempo se había referido a la duración de un día. El segundo se definía como 1/86.400 de un día solar medio. Pero si la duración del día no es perfectamente constante, utilizar la rotación de la Tierra como referencia no proporciona una medida suficientemente estable. Necesitábamos una referencia que no dependiera de los movimientos de nuestro planeta.

En 1967, el segundo pasó a definirse mediante una transición atómica del cesio-133. Los mejores relojes de cesio actuales alcanzan incertidumbres de un segundo en unos cien millones de años. Y la historia no termina aquí. Los relojes atómicos ópticos actuales ya alcanzan incertidumbres de un segundo en decenas de miles de millones de años. Por eso, la comunidad metrológica trabaja actualmente en una posible redefinición del segundo basada en transiciones ópticas, que podría aprobarse a partir de 2030.

Si los eclipses no fueran suficientemente interesantes, ¡gracias a ellos también se confirmó la teoría de la relatividad! Según esta teoría, formulada por Einstein en 1915, la gravedad no es una fuerza que actúa entre masas, sino una consecuencia de la curvatura del espacio-tiempo producida por la materia y la energía. Una de las predicciones de esta teoría es que la luz también debía desviarse al pasar cerca de un objeto muy masivo, como el Sol. Es decir, que la luz también sienta la gravedad, ¡a pesar de no tener masa! Para demostrar esta idea tan revolucionaria, bastaría con observar cómo la luz de las estrellas, al pasar cerca del Sol, se desviaría. El problema es que el enorme brillo del Sol oculta las estrellas que se encuentran cerca, pero precisamente un eclipse solar proporciona las condiciones adecuadas. La Luna bloquea la fotosfera, el cielo se oscurece y las estrellas cercanas al Sol pueden fotografiarse. Si la relatividad general era correcta, las posiciones aparentes de esas estrellas debían aparecer ligeramente desplazadas respecto a las posiciones que tendrían cuando el Sol no estuviera en esa región del cielo. Comparando las fotografías tomadas durante el eclipse de 1919 con fotografías de las mismas estrellas cuando el Sol no estaba cerca de ellas, se pudo medir esa pequeña desviación de la luz. Los resultados fueron compatibles con la predicción de Einstein y con ello se produjo una de las primeras grandes confirmaciones observacionales de la relatividad general.

Ciencia de todos y para todos

Hay una clase muy especial de eclipse, el eclipse híbrido. De hecho, el último eclipse total observado desde la península fue precisamente de este tipo, en 1912. Un eclipse híbrido es el límite entre un eclipse anular y otro total. A lo largo de la trayectoria de la sombra lunar, el eclipse pasa de anular a total y de nuevo a anular. Los cálculos astronómicos podían hacer una predicción de dónde sería la franja de totalidad, pero en este caso podía ser tan estrecha que unos pocos kilómetros de error en la predicción suponían que un observador viera un eclipse total o no lo viera.

El Real Observatorio de la Armada no consiguió financiación gubernamental para enviar unos pocos astrónomos con instrumentos especializados y trazar la franja de totalidad. En su lugar, envió a 300 observadores voluntarios de las zonas rurales de Ourense, León y Oviedo [8]. Debían observar si desde su posición el eclipse era total o no. La distribución espacial de cientos de observadores permitía reconstruir dónde había pasado realmente la franja de totalidad.

Este es un ejemplo muy temprano de lo que hoy llamaríamos ciencia ciudadana, es decir, la participación de personas no dedicadas profesionalmente a la investigación en la producción de conocimiento científico. Hoy la ciencia se desarrolla principalmente a través del trabajo de científicos, mientras que los divulgadores se encargan de acercar ese conocimiento al resto de la población. La divulgación es, sin duda, una iniciativa necesaria, pero mantiene cierta distancia entre quienes producen la ciencia y quienes la reciben. La ciencia ciudadana pretende romper esa barrera, de forma que la población pueda aportar observaciones, datos y una mayor capacidad de observación donde un equipo científico no pueda llegar. La ciencia, al fin y al cabo, es un conocimiento colectivo, y por ello, estoy segura de que cada uno de nosotros podría aportar su granito de arena. La transversalidad y la participación multitudinaria enriquecen la ciencia al incluir más observaciones, experiencias y puntos de vista, y al mismo tiempo, beneficia a la propia población comprender cómo funciona el mundo que nos rodea.

Esto es precisamente democratizar la ciencia, algo totalmente incompatible hoy en día debido al capitalismo. La ciencia, al ser una actividad colectiva, depende del conocimiento acumulado de generaciones anteriores, científicos y no científicos. Sin embargo, bajo el capitalismo, la producción científica está integrada en relaciones sociales de propiedad privada que se han convertido en un obstáculo para el progreso. Históricamente, el capitalismo impulsó enormemente el desarrollo de las fuerzas productivas y, con ellas, el de la ciencia y la tecnología. Pero las mismas relaciones sociales que en una etapa favorecieron el desarrollo de las fuerzas productivas pueden convertirse después en un obstáculo para seguir desarrollándolas.

Por poner un ejemplo, hoy esta contradicción aparece en la propiedad intelectual, que privatiza conocimientos producidos socialmente, incluso cuando la investigación ha sido financiada con dinero público. Algo similar ocurre con las revistas científicas. Los investigadores públicos producen y revisan los artículos, pero las instituciones deben pagar para acceder a ellos. A esto se suma la competencia por financiación y publicaciones, que genera precariedad, presión y agotamiento.

Superar esta contradicción exige acabar con la subordinación de la ciencia al beneficio privado. Las universidades y la investigación podrían organizarse democráticamente, bajo el control de quienes trabajan y estudian en ellas. Con una economía planificada, el conocimiento científico podría desarrollarse sobre bases racionales al servicio de toda la sociedad.

Como broche final, me gustaría terminar con una frase de Jacob Petrus, climatólogo y divulgador científico, con la que cautivó a la audiencia en la retransmisión en directo del eclipse en RTVE: La Tierra continúa su viaje y nosotros con ella, no somos espectadores del cosmos, somos parte de él. Somos parte de la naturaleza, somos ese pequeño y pálido punto azul contenido en la inmensidad del universo. Y, precisamente porque formamos parte de ella, podemos conocerla, comprender sus leyes y transformar conscientemente nuestra realidad.

Gracias a Carlos por cedernos las impresionantes fotografías del eclipse del 12 de agosto. En la imagen superior, la corona solar, visible como estructuras radiales alrededor del disco solar durante la totalidad. En la imagen inferior, son visibles las protuberancias solares alrededor del disco.

Bibliografía

[1] Instituto de Ciencias del Espacio (ICE-CSIC), Eclipse Inclusivo: Un eclipse, muchas formas de vivirlo. (Eclipse Inclusivo – ICE-CSIC)

[2] Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), Un grupo de internos del Centro Penitenciario de Tenerife conoce in situ la labor del Observatorio del Teide, 2026. (IAC – noticia sobre la actividad en el Centro Penitenciario de Tenerife)

[3] Saavedra, María Soledad; Huerta-Cancino, Leonor; Loncón, Elisa (2020). Cuando el Sol y la Luna se encuentran: Miradas ancestrales – El Sol y los eclipses en la cultura Mapuche. Revista Cambalache, nº 3, VIME-USACH. (ResearchGate)

[4] National Museum of the American Indian, Smithsonian Institution, What Indigenous Americans Believe About Eclipses, 2024. (Smithsonian – What Indigenous Americans Believe About Eclipses)

[5] Agencia Espacial Europea (ESA), The eclipse in history. (Agencia Espacial Europea)

[6] Magaña, Edmundo (2006). Astronomía de algunas poblaciones quechua-aymara del Loa Superior, Norte de Chile. Boletín del Museo Chileno de Arte Precolombino, 11(2), 51–66.

[7] Montana Office of Public Instruction (2024). Indigenous Celestial Knowledge. Montana Indian Education for All. (Montana Indian Education for All)

[8] Real Observatorio de la Armada (2025). Eclipse total de 1912. En Revista General de Marina, 288(5), junio de 2025, pp. 1020–1021. (Revista general de la marina)

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