LGTB: Liberación y revolución
En los últimos años, la lucha contra la opresión de género y la discriminación por motivos de orientación sexual se ha convertido en movimientos de masas en muchos países. Hemos sido testigos de protestas a gran escala que expresaban la ira y la rebelión —acumuladas durante años y décadas— contra la exasperante intromisión de un sistema que no solo te obliga a luchar a diario para llegar a fin de mes, sino que también se arroga el derecho a decidir lo que puedes o no puedes hacer en tu vida privada, con quién puedes mantener una relación, ya sea sexual o de otro tipo, si puedes criar a un hijo, etc., y que relega a un gueto social y jurídico a cualquiera que se aparte de las normas de la llamada “familia tradicional”.
Con sus reivindicaciones de liberación y su base de masas, estas protestas encierran en sí mismas un potencial revolucionario intrínseco. Al mismo tiempo, también existe un intento consciente de reducir estas cuestiones a un asunto cultural y limitar los objetivos del movimiento a la lucha por pequeñas concesiones compatibles con el funcionamiento normal (es decir, opresivo) del capitalismo. Se da mucha cobertura a teorías que, en apariencia, parecen radicales, pero que en la práctica canalizan la lucha del movimiento LGBT por vías idealistas y existencialistas que acaban en un callejón sin salida, cuando lo que realmente se necesita es cambiar las condiciones materiales.
Es de vital importancia para la victoria del movimiento LGBT que este adopte un enfoque de clase, uniendo la lucha contra la opresión homófoba y por los plenos derechos civiles con la lucha general por una vida digna, libre de opresión económica y social. Es igualmente importante que el movimiento obrero asuma la lucha LGBT, superando la división que ha existido históricamente, en particular debido a las direcciones reformistas y estalinistas de la izquierda.
Como revolucionarios, este objetivo es una parte fundamental de nuestra actividad política, y este artículo se ofrece como base para un debate teórico más profundo sobre esta cuestión.
Contenido
- 1 La discriminación y la homofobia hoy en día
- 2 ¿Qué familia tradicional?
- 3 La lucha de clases y la emancipación LGTB
- 4 La situación de los homosexuales tras la Revolución de Octubre
- 5 De Stonewall a una pausa en el movimiento
- 6 ¿Nuevas teorías o callejones sin salida?
- 7 Los derechos civiles durante la crisis del capitalismo
- 8 Revolución y liberación
La discriminación y la homofobia hoy en día
Hoy en día, la homosexualidad, o cualquier otra orientación relacionada, sigue siendo oficialmente ilegal en 72 países, con penas que van desde un mes hasta 15 años de prisión, pasando por la cadena perpetua e incluso la pena de muerte (en 8 países). En países como Arabia Saudí, la pena de muerte se aplica mediante lapidación, mientras que en otros se imponen formas de castigo corporal como los latigazos. El matrimonio entre personas del mismo sexo solo está reconocido en 23 países y en otros 27 se reconocen las uniones civiles1.
Sin embargo, incluso cuando existen formas de protección jurídica, la discriminación oficial adopta múltiples formas. En varios estados de EEUU, por ejemplo, existen “leyes contra la promoción de la homosexualidad” que limitan comportamientos específicos o establecen directrices sobre el tipo de moral sexual que debe enseñarse en las escuelas y otras instituciones públicas. Esto resulta de lo más familiar en Italia, donde la derecha y la Iglesia católica han lanzado cruzadas contra la denominada “teoría [ideología] de género” en las escuelas italianas. Estas personas animan a la extrema derecha a pasar a la acción, organizando grupos para llevar a cabo ataques violentos contra los homosexuales (así como contra inmigrantes y activistas de izquierdas). No es casualidad que un proyecto de ley contra la incitación al odio homófobo y las circunstancias agravantes lleve tres años acumulando polvo en una comisión parlamentaria. Aunque esta ley no va lo suficientemente lejos, al menos garantizaría un mayor grado de protección. Evidentemente, ¡el proyecto de ley de Minniti, que permitiría la expulsión de los inmigrantes que han sobrevivido a la travesía del Mediterráneo en barco, ocupa un lugar mucho más destacado en su lista de prioridades!
Además de todo esto, la discriminación impregna la vida cotidiana en los colegios, en el lugar de trabajo y en la vivienda, y se percibe en la constante presión ideológica y social que pesa sobre las personas LGBT. Según un estudio realizado por el ISTAT (Instituto Nacional de Estadística de Italia) en 2011, debido al miedo al acoso laboral o al despido, solo uno de cada cuatro trabajadores homosexuales declara abiertamente su orientación sexual, una tendencia que resulta especialmente evidente en las provincias. Según una encuesta de la UE, el 68% de los ciudadanos de la UE opina que existe discriminación por motivos de orientación sexual. Según otra encuesta, en Italia solo el 6% de los adolescentes LGBT de secundaria se muestran totalmente abiertos sobre su orientación sexual ante la comunidad en general, mientras que otro 39% solo lo hace parcialmente dentro de un círculo más reducido de amigos; las medias en otros países de la UE son similares. El hecho de que el 94% de los adolescentes LGBT prefiera ocultar su orientación sexual, parcial o totalmente, dice mucho de las dificultades personales que genera la discriminación social. Esta presión no se limita al ámbito doméstico; de hecho, la familia es a menudo el primer lugar donde se encuentra la falta de aceptación, y se extiende a todo tipo de violencia, desde el confinamiento en el hogar hasta las palizas y las violaciones “correctivas”. No es raro leer noticias de adolescentes que se han “suicidado por ser homosexuales”, el trágico desenlace final de la presión psicológica generada en el ámbito social y familiar.
¿Qué familia tradicional?
Todas las campañas homófobas se basan en el argumento de que la homosexualidad es, en esencia, “contraria a la naturaleza”. Las manifestaciones más vulgares de esta línea de pensamiento se dan en el fundamentalismo religioso, pero el argumento también estuvo presente durante mucho tiempo en el mundo “científico”, lo que confirma que la ciencia está condicionada por la ideología dominante. En psicología, la homosexualidad fue considerada durante mucho tiempo como patológica por la mayoría de la comunidad científica, o al menos como una condición no fisiológica, incluso por los psicólogos más progresistas. Tal fue el caso de Freud, quien, aunque no fomentaba la discriminación, la consideraba una interrupción del desarrollo sexual. Incluso Wilhelm Reich, en general partidario de la liberación sexual y que también tenía una visión materialista y revolucionaria (al menos en la primera etapa de su vida), definió la homosexualidad como “la consecuencia de un trastorno muy precoz en el desarrollo de las funciones afectivas y sexuales”. No fue hasta 1973 cuando la APA (Asociación Americana de Psiquiatría) dejó de considerar la homosexualidad como una patología, y en 1986 eliminó finalmente la categoría de “homosexualidad egodistónica” (una supuesta forma de homosexualidad patológica, considerada una fuente de estrés, en contraposición a la homosexualidad egosintónica de base fisiológica), en reconocimiento del hecho de que el estrés psicológico estaba causado en realidad por las presiones sociales que sufrían los homosexuales. Cuatro años más tarde, el 17 de mayo de 1990, la Organización Mundial de la Salud eliminó finalmente la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales.
El hecho de que no haya nada anormal en las orientaciones y comportamientos no heterosexuales queda confirmado simplemente por su amplia presencia a lo largo de la historia de la humanidad y en todo el mundo, un hecho ampliamente documentado por estudios antropológicos, históricos y literarios2. Existen registros de las llamadas “personas dos espíritus” entre los nativos americanos, hombres que se vestían y se comportaban como mujeres, y viceversa, y que a menudo participaban en ceremonias religiosas. Es bien sabido que en Tebas, en el siglo IV a. C., se creó un batallón sagrado, formado por 150 parejas de soldados varones, cuya invencibilidad en la batalla residía en el deseo de cada soldado de proteger a su propia pareja y mostrarse valiente ante ella: cada soldado habría puesto toda su energía en cada batalla. También es ampliamente conocido que en Atenas y Roma las relaciones homosexuales (entre hombres) estaban reconocidas social y legalmente. Dicho esto, sin embargo, sería erróneo considerar estos casos como ejemplos de total libertad en las relaciones sexuales, tal y como se ve en algunas interpretaciones superficiales, o buscar una “edad de oro de la homosexualidad” anterior a la represión actual.
En Atenas, las relaciones homosexuales masculinas reguladas socialmente en el periodo preurbano y en los primeros años tras el nacimiento de la polis consistían en una relación pederástica entre un ciudadano adulto libre (normalmente mayor de 25 años) y un adolescente libre (de entre 12 y 17 años), cuyo objetivo era la educación del joven de cara a la edad adulta y a la condición de ciudadano. La relación sexual formaba parte de esta relación educativa, heredada de un rito de iniciación a la edad adulta mucho más antiguo, en el que los roles estaban rígidamente fijados: el adulto como pretendiente activo y el joven como sumiso y tímido, que solo cedía cuando se demostraba la seriedad de las intenciones del pretendiente. Esta relación continuaba hasta que la parte más joven alcanzaba la edad adulta, pasando entonces por un período de abstinencia y asumiendo después otro rol hasta el matrimonio. No se permitían relaciones con esclavos —puesto que estas no habrían tenido ningún propósito educativo, ya que los esclavos no estaban destinados a convertirse en ciudadanos— ni (al menos en teoría) entre adultos. Tales relaciones eran comunes para todos antes del matrimonio, y solo en algunos casos continuaban después. Las mujeres, por su parte, vivían recluidas en el hogar y tenían prohibida la vida social, mientras que las relaciones lésbicas se consideraban de mal gusto, aunque existían, especialmente en las escuelas destinadas a la educación de las jóvenes (Safo era educadora) antes de que acabaran recluidas en el hogar. A lo largo de los siglos, la difusión de las relaciones homosexuales masculinas y el debilitamiento de la división de roles dieron lugar a una cierta estigmatización social.
En Roma, por el contrario, la sexualidad era una prueba de la dominación masculina, por lo que resultaba inaceptable que un ciudadano libre asumiera un papel pasivo (incluso a una edad temprana). Las relaciones homosexuales masculinas se consideraban totalmente legítimas siempre que la parte sumisa fuera un esclavo o un prostituto masculino: la Lex Scatinia (siglo III o II a. C.) prohibía el acoso sexual a jóvenes varones libres y les impedía asumir un papel pasivo con varones adultos, castigando dicho comportamiento con multas. Poco a poco, durante el periodo del Imperio, debido a la influencia griega, se extendió una relación análoga a la pederastia helénica. Y con una desregulación gradual, se generalizó el comportamiento sexual pasivo entre hombres libres, esclavos y prostitutos masculinos, incluyendo a figuras destacadas como Julio César y César Augusto. Posteriormente, sin embargo, a partir del siglo IV d. C., las relaciones homosexuales comenzaron a verse limitadas por la ley, con la pena de castración para los pasivos (342 d. C.), la muerte en la hoguera para los prostitutos masculinos pasivos (390 d. C.), la pena de muerte para todos los hombres pasivos (438 d. C.) y, finalmente, para todas las formas de actividad homosexual (533 d. C.).
El surgimiento del cristianismo como religión dominante desempeñó un papel decisivo en la represión de la homosexualidad. La Iglesia fue la primera en decretar que las relaciones homosexuales eran “contrarias a la naturaleza”, una idea que persiste en la moral religiosa hasta nuestros días. Se trataba de un concepto completamente nuevo, ya que anteriormente incluso quienes se oponían a las relaciones homosexuales no las condenaban por ser contrarias a la naturaleza, sino que, en su mayoría, pretendían reforzar el papel y la estabilidad de la familia en la sociedad, argumentando a menudo que era necesario para el crecimiento demográfico. Fue Justiniano quien planteó por primera vez la idea del castigo divino para los homosexuales. Esta represión de la homosexualidad fue de la mano del concepto cristiano de abstinencia, según el cual las relaciones sexuales solo son legítimas cuando se mantienen con el objetivo de la procreación y, por lo tanto, deben reprimirse las relaciones sexuales descontroladas y adúlteras (anteriormente, el adulterio era socialmente aceptado —por supuesto, solo para los hombres—)3.
De este breve repaso histórico podemos extraer algunas conclusiones. En primer lugar, el comportamiento homosexual y bisexual siempre ha existido, como se desprende de la práctica social, pero sobre todo del hecho de que se impusieron limitaciones a las relaciones homosexuales no reguladas (por ejemplo, entre ciudadanos varones adultos o entre mujeres, tanto en Grecia como en Roma), es decir, aquellas más cercanas al amor homosexual en el sentido moderno, que han aparecido repetidamente a lo largo de la historia.
En segundo lugar, podemos observar que en los distintos períodos históricos han existido diferentes normas sociales en materia de sexualidad, un hecho que demuestra que no hay fundamento alguno para el concepto de “familia tradicional”, y mucho menos para una familia monógama tradicional con vínculos mutuos de fidelidad, como se insiste hoy en día. Este modelo solo se adoptó en el marco del cristianismo, y aun así, únicamente como un ideal. La realidad social del adulterio y la prostitución a la que tenían acceso los hombres es muy diferente, y ha sufrido innumerables transformaciones, existiendo hoy en día en muchas formas, dependiendo del contexto social y económico (basta con pensar en la diferencia entre la antigua familia extensa de los campesinos y la familia mononuclear de los trabajadores manuales o de oficina de hoy en día).
En tercer y último lugar, hay que señalar que estas normas no eran en ningún caso una expresión de libertad sexual y emocional. Para empezar, los esclavos y las mujeres quedaban totalmente excluidos, y solo se consideraban legítimas ciertas formas de comportamiento, mientras que otras estaban prohibidas; además, al menos en el caso de Grecia, las relaciones pederastas constituían una institución social que no tenía en cuenta la orientación sexual ni del ciudadano ni del joven implicado, quien podía haberlas vivido con incomodidad.
Así pues, para concluir, tales leyes eran, en la práctica, diferentes formas de regulación de la vida emocional, doméstica y sexual, incluidas medidas represivas cuando se infringía el comportamiento lícito, en las que lo que se consideraba lícito dependía de la estructura de la sociedad.
Asimismo, a la luz de estas consideraciones, podemos afirmar que, en términos generales, la represión de los comportamientos no heterosexuales (homosexuales, bisexuales…) ha surgido a lo largo de la historia de la humanidad con distintos grados de intensidad y con distintos niveles de limitación, con el objetivo de estabilizar las relaciones familiares, en particular para garantizar el establecimiento y el fortalecimiento de la familia monógama.
Tal y como explicó Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, y tal y como han confirmado las conclusiones clave de varios estudios antropológicos recientes, la familia no es una institución estable que haya existido desde siempre. Durante la etapa de cazadores-recolectores, cuando la gestión de la economía, la alimentación y las herramientas, así como la crianza de los hijos, se llevaban a cabo a nivel comunitario, las mujeres desempeñaban un papel destacado y la sociedad era matrilineal. Fue gracias a la domesticación de los animales, a la revolución agrícola y a la concentración de los medios de producción en manos de los hombres como se originó la opresión patriarcal —junto con la sociedad de clases— y como el matrimonio monógamo se convirtió en la base de la nueva estructura familiar, cuyo objetivo principal era garantizar la paternidad en la herencia. De ahí surge el sentido de propiedad sobre la esposa y los hijos que sigue tan extendido hoy en día y que afecta a las vidas de miles de millones de personas.
Es en este contexto donde surgieron la opresión de las mujeres, su marginación dentro de la sociedad y la represión de su comportamiento sexual, reduciéndolas a meros instrumentos de reproducción (el cuidado del hogar y de los hijos), y donde estas prácticas se convirtieron en algo estructural y se arraigaron históricamente, junto con la evolución de diversas estructuras familiares y sociales. Las actitudes hacia el comportamiento sexual que se sale del ámbito de la reproducción dentro de la familia monógama, por otra parte, dependen de hasta qué punto se considere que supone una amenaza para la familia como institución. El amor homosexual entre mujeres ha sido objeto de distintos grados de represión en diferentes períodos de la historia (solo hemos mencionado algunos anteriormente). Podemos argumentar, sin embargo, que mientras la familia monógama se considere la piedra angular fundamental de la sociedad y el único modelo de comportamiento emocional y sexual legítimo, será imposible superar la discriminación social basada en las orientaciones sexuales.
La lucha de clases y la emancipación LGTB
La lucha contra la discriminación sexual está vinculada a la lucha contra la sociedad de clases en general por varias razones. La primera, como ya hemos explicado, es que solo la abolición de la sociedad de clases puede crear la base económica material y el impulso cultural necesarios para superar una situación en la que la familia monógama entre un hombre y una mujer se considera la única forma legítima como unidad básica de la sociedad. Al asumir socialmente todas las tareas que hoy se asignan al ámbito de la familia, y principalmente a las mujeres (cocinar, limpiar, criar a los hijos), y al permitir el libre desarrollo de las personas con acceso a los mejores recursos materiales y culturales que la sociedad pueda proporcionar, será posible facilitar un proceso mediante el cual los vínculos interpersonales y familiares se liberen gradualmente de la necesidad material y respondan únicamente a deseos románticos y sexuales, disolviendo así las normas opresivas y las discriminaciones que existen en la actualidad.
La segunda razón es que la gran mayoría de las personas LGBT son trabajadores, jóvenes, trabajadores temporales o desempleados que, además de ser explotados en el lugar de trabajo y tener que preocuparse por ganarse un sueldo, un lugar donde vivir, etc., también son oprimidos por su propia identidad y orientación sexual. Unir las luchas contra estas dos injusticias es, por lo tanto, lo más natural, sobre todo si tenemos en cuenta que el enemigo es el mismo. Además, no hay que olvidar que los prejuicios homófobos también se fomentan para dividir a los trabajadores —por ejemplo, para hacer creer a los trabajadores heterosexuales que, aunque puedan estar oprimidos, siguen siendo superiores a las personas gais (¡qué satisfactorio!), del mismo modo que se alimentan los prejuicios racistas—. El papel que desempeña la derecha en este proceso es evidente.
Quien diga que hay que separar los dos frentes de lucha está haciendo el juego al enemigo. Y, a menudo, en el movimiento LGBT, quienes promueven esta postura son personas adineradas que no sufren los problemas materiales a los que se enfrentan los trabajadores y los jóvenes LGBT. De hecho, limitan el movimiento a reclamar pequeñas concesiones al Gobierno, sin armar demasiado jaleo y, a menudo, sin conseguir avances sustanciales. Tal es el caso, por ejemplo, de los movimientos “gay-friendly” de la década de 1950 (tanto en Italia como a nivel internacional), que más tarde fueron duramente criticados por los movimientos de liberación LGBT de las décadas de 1960 y 1970, los cuales se desarrollaron siguiendo líneas revolucionarias sobre la base de las oleadas de lucha de clases de aquellos años.
Por otra parte, cabe señalar que gran parte de la responsabilidad de la ruptura entre el movimiento LGBT y el movimiento obrero en la segunda mitad del siglo XX recae en la dirección de los partidos comunistas, quienes, sobre la base de la degeneración estalinista, adoptaron posturas abiertamente homófobas. Estas posturas solo se suavizaron en una etapa posterior, y entonces principalmente para adoptar una visión reformista de la lucha por los derechos civiles, en consonancia con el reformismo de su programa político.
Sin embargo, no siempre fue así. Aunque en los escritos de Marx y Engels no se menciona la cuestión homosexual, existen varias declaraciones de líderes de la antigua socialdemocracia alemana en las que se expresa oposición a cualquier discriminación hacia los homosexuales o a la penalización de la homosexualidad en la legislación alemana. No es casualidad que, cuando Magnus Hirschfeld fundó el Comité Científico-Humanitario a finales del siglo XIX para promover la abolición del artículo 175 del Código Penal alemán —que tipificaba como delito la homosexualidad—, su petición, debatida en el Parlamento en 1898, solo recibiera el apoyo de la minoría del SPD en la cámara. La labor de Hirschfeld continuó con la creación del Instituto de Investigación Sexual y la posterior organización del Primer Congreso para la Reforma Sexual en 1921 (en el que participó un delegado soviético). La obra de Hirschfeld supone el primer gran esfuerzo de la era moderna por despenalizar la homosexualidad basándose en el debate científico. El propio Hirschfeld consideraba que la homosexualidad era un estado patológico —o, al menos, no fisiológico—, por el que, sin embargo, no había motivo para imponer un castigo. Sin embargo, el artículo 175 no fue derogado y el triunfo del nazismo sobre el movimiento obrero alemán dio paso a un período de oscura reacción que aplastó sin piedad a las personas homosexuales. El Instituto de Investigación Sexual fue uno de los primeros edificios en ser asaltado el 6 de mayo de 1933 por las juventudes nazis, que quemaron en la plaza todos los textos encontrados en la biblioteca. Los nazis endurecieron las penas decretadas por el artículo 175, lo que condujo a la detención de 100.000 personas homosexuales, a 60.000 condenas de prisión, al internamiento en hospitales psiquiátricos y a la esterilización forzada. Las personas homosexuales se encontraban entre las enviadas a los campos de concentración, junto con judíos, socialistas y comunistas.
La situación de los homosexuales tras la Revolución de Octubre
La revolución bolchevique de 1917, en la que los trabajadores tomaron el poder por primera vez en la historia (con la excepción del breve período de la Comuna de París en 1871), cambió la vida de millones de personas, no solo en términos políticos y económicos, sino también en lo que respecta a la familia. El gobierno soviético concedió a las mujeres los mismos derechos que a los hombres, legalizó el divorcio y el aborto, y promovió el desarrollo intensivo de los servicios sociales, con el fin de sentar las bases económicas para la liberación de las obligaciones familiares: guarderías, comedores públicos, lavanderías, centros de día, cines, teatros, etc. Al mismo tiempo, con la abolición del código penal zarista, se despenalizó la homosexualidad (mientras que, bajo el zar, se castigaba con severas penas de prisión).
La postura del Partido Bolchevique era que el comportamiento sexual pertenecía a la esfera privada y, como tal, no debía ser sancionado ni regulado, a menos que perjudicara a otros (por ejemplo, si implicaba coacción o violencia). En el debate científico ruso, la homosexualidad seguía considerándose una enfermedad —al igual que en todos los demás países—, pero esta opinión no daba lugar a ninguna discriminación. Entre los ejemplos concretos de la actitud del Gobierno soviético al respecto, cabe citar la participación de un delegado soviético en el Congreso para la Reforma Sexual de Hirschfeld, así como el nombramiento de Georgy Chicherin, que era abiertamente gay, como comisario de Asuntos Exteriores en 1918. Una situación así, dado el contexto histórico, no tenía parangón en ningún otro lugar del mundo.
La familia tradicional comenzó a desintegrarse debido a los cambios sociales: se instaba a hombres y mujeres a participar en la vida social y los jóvenes se liberaban, al menos en parte, de la autoridad familiar tradicional y buscaban nuevas relaciones sociales (incluidas las sentimentales y sexuales)4, especialmente dentro de los grupos juveniles. Sin embargo, muy pronto los cambios radicales que había abierto la revolución, incluso en las relaciones familiares y sexuales, se topaban con los problemas causados por el aislamiento y las dificultades económicas a las que se enfrentaba la revolución. Los recursos materiales eran demasiado limitados para ofrecer una alternativa: a menudo, los servicios públicos eran de tan baja calidad que, por necesidad, se tendía a volver a la antigua estructura familiar. Al mismo tiempo, comenzaba a producirse la deformación burocrática que condujo al estalinismo, lo que supuso una ruptura con los ideales de Lenin, Trotski y la Revolución de Octubre.
Este fenómeno tuvo dos consecuencias. Por un lado, dada la falta de una base material para desarrollar las relaciones familiares y afectivas a un nivel social más avanzado, la familia tradicional resurgió; se necesitarían décadas para superar esto por completo, incluso en las mejores condiciones. Por otra parte, el régimen estalinista veía en el retorno a la familia y a la moral tradicional una fuente de estabilidad para el régimen, en particular un instrumento para reforzar la idea de autoridad (empezando por la del cabeza de familia sobre los hijos), que se promovía activamente.
Trotski escribió en La revolución traicionada:
“La rehabilitacion triunfal de la familia, que tiene lugar simultáneamente —¡qué coincidencia providencial!— con la rehabilitacion del rublo, se debe a la quiebra material y cultural del Estado. En lugar de decir abiertamente: ‘Hemos demostrado ser aún demasiado pobres e ignorantes para crear relaciones socialistas entre los hombres; nuestros hijos y nietos alcanzarán este objetivo’, los dirigentes obligan al pueblo a volver a pegar los pedazos de la familia destrozada y, no solo eso, sino a considerarla, bajo amenaza de castigos extremos, el núcleo sagrado del socialismo triunfante. Es difícil apreciar a simple vista el alcance de esta retirada”. (La revolución traicionada, capítulo 7, “Familia, juventud y cultura”, “Termidor en la familia”).
Este proceso también modificó las actitudes hacia la homosexualidad. En lugar de apoyarse en el proletariado urbano, que había superado los prejuicios contra los gais de forma más espontánea, el régimen se apoyó en los sectores pequeñoburgueses y en las regiones subdesarrolladas del Lejano Oriente. En 1925, por ejemplo, en Turquestán, se añadió una cláusula adicional al Código Penal de la Unión Soviética que establecía penas para la homosexualidad. Y en 1933-34 se restableció la prohibición de las relaciones homosexuales masculinas, castigadas con penas de prisión. En 1935 se restringió severamente el divorcio; se abolió el reconocimiento de las uniones libres y, en 1936, el aborto volvió a ser ilegal. Si, por decirlo con palabras de Trotski, el “dogma de la familia” se había convertido en la “piedra angular del socialismo triunfante”, la homosexualidad, vista como una amenaza para la familia, se había convertido en un vicio de la decadencia burguesa. Esta postura homófoba contagió posteriormente de forma profunda a los partidos comunistas (estalinistas) a nivel internacional, poniendo en peligro lo que debería haber sido un movimiento gay en desarrollo natural, entrelazado con el propio movimiento revolucionario.
De Stonewall a una pausa en el movimiento
Tras la Segunda Guerra Mundial, en un periodo de reflujo generalizado de la lucha de clases, desempeñaron un papel destacado aquellos grupos gais que, como se ha explicado anteriormente, intentaron establecer un diálogo y adoptar un enfoque conciliador con los gobiernos para conseguir algunos derechos mínimos, aunque con escaso éxito. Tras un período de reflujo de las luchas sociales y el debilitamiento del movimiento gay, este resurgió una vez más (o, en cierto sentido, por primera vez) como movimiento de masas en 1969 en Nueva York, con los disturbios de Stonewall. Durante la noche del 28 al 29 de junio, la enésima redada policial en un bar gay (el Stonewall Inn) —considerada hasta entonces una práctica rutinaria— se topó por primera vez con una resistencia masiva, que se convirtió en una batalla que se prolongó durante dos días y en la que participaron mil personas.
La revuelta de Stonewall cambió el rostro y la naturaleza del movimiento gay, que dejó de limitarse a pequeños círculos de científicos o comités y rompió con la idea de la homosexualidad como una anomalía, para expresar, en cambio, el orgullo por ella. Bajo la influencia de la ola de lucha de clases de finales de los años sesenta y los setenta, asistimos a un importante giro hacia la izquierda dentro del movimiento, y surgen pequeños grupos que se definen como revolucionarios, aunque tuvieran una base teórica confusa y ecléctica.
Tras los sucesos de Stonewall, a principios de julio de 1969, se fundó en EEUU el Frente de Liberación Gay. Este adoptó posiciones anticapitalistas y “tercermundistas”, y se pronunció en apoyo de la lucha de las Panteras Negras. En varios países se crearon organizaciones similares: el Frente de Liberación Gay en el Reino Unido en 1970, que llegaría a reunir a cientos de activistas pero que luego se fragmentaría políticamente; el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FHAR) en Francia; y el Movimiento Homosexual de Acción Revolucionaria (MHAR) en Bélgica.
En Italia, en 1971, se fundó el Fronte Unitario Omosessuale Rivoluzionario Italiano (FUORI, acrónimo que significa “fuera” en italiano). En cuanto a los demás grupos, su número no era muy elevado: apenas un centenar de activistas repartidos en tres grupos en Turín, Milán y Roma (con grandes diferencias políticas entre las tres ciudades). Inicialmente, su periódico se vendía mensualmente en los quioscos, con una tirada de 8 000 ejemplares.
El 5 de abril de 1972, en la ciudad de San Remo, FUORI organizó la primera manifestación pública contra el Congreso Internacional de Sexología, que tenía en su orden del día un debate sobre las causas de la homosexualidad y las posibles terapias curativas. Para dar una idea del tono del debate, una de las terapias sugeridas consistía en administrar descargas eléctricas ligeramente dolorosas asociadas a imágenes de hombres desnudos, pero no de mujeres desnudas, mientras que otra consistía en extirpar selectivamente tejido cerebral.
Fuera del congreso, decenas de activistas se manifestaban gritando consignas como “¡Somos normales! ¡Somos normales!” y sosteniendo pancartas en las que se leía “Psiquiatras, metéos los electrodos en vuestros propios cerebros”. Dentro de la sala de conferencias, Angelo Pezzana, miembro de FUORI, tomó la palabra y comenzó con las famosas palabras “Soy homosexual y estoy feliz de serlo”. La manifestación marcó un punto de inflexión en el movimiento gay y una ruptura con las organizaciones moderadas a favor de los homosexuales.
Los intentos de establecer vínculos con el movimiento obrero fueron importantes: en el primer número del periódico, el comité de redacción se dirigió a “los compañeros revolucionarios [heterosexuales]” pidiéndoles que “fueran los primeros en comprender la realidad de los homosexuales”, dado que “la represión sexual es el primer método, el más tortuoso y el más peligroso de subyugación de cualquier sistema represivo”. “Defendemos”, continuaban los militantes de FUORI, “la necesidad de una revolución sexual, paralela e integrada en la revolución política que ya está en marcha en todos los países”5.
Nos encontramos ante una organización políticamente confusa y heterogénea, pero que las condiciones materiales empujan hacia la idea de una transformación general de la sociedad. Si el movimiento obrero hubiera contado con una dirección marxista revolucionaria, esta habría podido ofrecer una base teórica concreta para dicho cambio, combinada con un programa revolucionario capaz de unir la lucha contra la explotación capitalista con la lucha contra la opresión homófoba. Por el contrario, los líderes reformistas y estalinistas respondieron con una postura abiertamente hostil.
Unas semanas después de la manifestación de San Remo, el 1 de mayo de 1972, la sección de Roma de FUORI, junto con otros grupos, organizó una manifestación en la plaza Campo de’ Fiori, “una celebración de la alegría, contra el trabajo y a favor de la liberación sexual”. En un momento dado, llegó un grupo de activistas de la izquierda extraparlamentaria que, “declarándose miembros de Potere Operaio [Poder Obrero, un grupo de extrema izquierda], mientras gritaban ‘Fuera maricones de Campo de’ Fiori’, comenzaron a lanzar cubos de agua a los manifestantes”6.
En cuanto al Partido Comunista Italiano (PCI), que nunca se había pronunciado oficialmente sobre el tema, publicó en 1974, en los números 3-4 de la revista Critica Marxista, un artículo de Luciano Gruppi en el que se exponían las siguientes ideas: “Es precisamente la relación que, según nosotros, debe establecerse entre la sociedad y la naturaleza la que nos indica hasta qué punto la homosexualidad, por el contrario, rompe dicha relación al contradecir un instinto fundamental de todo ser vivo: la continuidad de la especie. La homosexualidad, por lo tanto, empobrece y modifica profundamente la personalidad del hombre. A menudo nacida de la soledad, también suele terminar en soledad”7. No hace falta comentar lo incómodos que debieron de sentirse los trabajadores y estudiantes gais al participar activamente en ese partido. Fue el asesinato de Pier Paolo Pasolini en 1975 lo que abrió un debate dentro del partido, que cambió su postura sobre la homosexualidad a finales de la década de 1970, justo antes del inicio del declive de la ola de lucha militante que había barrido Italia desde 1968, y todo ello se enmarcó en una política cada vez más reformista del partido.
Así pues, en lugar de ofrecer una perspectiva de lucha política general a los activistas del nuevo movimiento gay, que podría haber superado el eclecticismo político general, esos activistas fueron apartados por el movimiento obrero y, por lo tanto, acabaron tomando caminos diferentes. Desde el punto de vista organizativo, en 1974 FUORI se fusionó con el Partido Radical —que en aquellos años se inclinaba hacia la izquierda—, abandonando así definitivamente la idea de cualquier perspectiva revolucionaria y limitándose a luchar por los derechos civiles dentro de los límites de la sociedad burguesa. Algunas figuras destacadas de FUORI, entre ellas Mario Mieli, rompieron con el movimiento por este motivo y se orientaron hacia la izquierda extraparlamentaria, lamentablemente en un momento en el que esta también estaba a punto de entrar en una crisis irreversible.
En el contexto de calma que siguió a la enorme ola de lucha de clases de la década de 1970, asistimos a una fragmentación del movimiento de liberación LGBT, que se retrae al nivel de las campañas en favor del bienestar social —especialmente en lo que respecta a la cuestión del sida en la década de 1980—, de la solidaridad contra la violencia homófoba y de la lucha por leyes contra la discriminación y, más tarde, por el reconocimiento de los derechos civiles. Así, por un lado, se produjo un retorno al enfoque reformista y conciliador de los grupos gais de la década de 1950, mientras que, por otro, se apoyó en los logros de la lucha de la década de 1970, que declaró de una vez por todas la naturalidad de ser homosexual, del orgullo y de la dignidad. Todo ello obligó también a la comunidad científica a cambiar su enfoque en los años siguientes y a reconocer la legitimidad del comportamiento homosexual, rompiendo así el aislamiento de la lucha por los derechos de los gais. Sobre esta base, se desarrolló la asociación italiana Arci-gay, que pasó de contar con unas pocas delegaciones a principios de la década de 1980 a su actual red de ámbito nacional.
¿Nuevas teorías o callejones sin salida?
Mientras que el declive de los movimientos en las décadas de 1980 y 1990 conduce a una desmovilización y a un retroceso en la lucha abierta, en el mundo académico se abre un debate, especialmente en torno a la cuestión de la identidad de género, que da lugar a los denominados estudios queer o teoría queer. El término se remonta a 1990. Un año antes, Judith Butler había publicado El género en disputa, que se convirtió en un punto de referencia para posteriores desarrollos.
Aunque estas elaboraciones nunca llegaron a convertirse en una teoría general, el punto central es la crítica a la idea de que la identidad de género y el sexo biológico masculino/femenino existan en la naturaleza, y que, por el contrario, son producto de una sociedad heteronormativa, es decir, una sociedad que establece como norma (y a través de las relaciones de poder) una división binaria basada en un “discurso” heterosexualizado. Este es el eslabón final de una cadena de pensamiento que comienza con el separatismo feminista (contra la sociedad patriarcal, que enfrenta a la mujer contra el hombre), pasa por el separatismo lésbico (la mujer ya no debe afirmarse porque se la define como mujer en relación con los hombres: solo una lesbiana en el sentido político puede rebelarse contra el dominio ideológico masculino) y termina en la teoría queer (cualquier forma de identidad de género es el resultado de la dominación ideológica patriarcal heterosexual, por lo que todas deben rechazarse).
Ahora bien, para quienes no pueden expresar libremente su propia identidad de género o su propia orientación sexual, estas teorías pueden parecer un rechazo radical de las imposiciones sociales y, por lo tanto, resultar atractivas. El problema es que, en cuanto se profundiza un poco más, resultan ser un callejón sin salida para cualquiera que intente cambiar realmente las cosas.
Según Butler, la identidad de género no es natural, sino que se crea “performativamente”, es decir, a partir de la repetición de actos determinados por normas y un “discurso” socialmente establecidos8. Es esta identidad producida artificialmente la que, a su vez, nos da la idea de que en la naturaleza existen dos sexos, el masculino y el femenino. Esta teoría se toma prestada de Foucault: “Para Foucault, el cuerpo no está ‘sexuado’ en ningún sentido significativo antes de su determinación dentro de un discurso a través del cual se le dota de una ‘idea’ de sexo natural o esencial. El cuerpo adquiere significado dentro del discurso únicamente en el contexto de las relaciones de poder. La sexualidad es una organización históricamente específica de poder, discurso, cuerpos y afectividad. Como tal, Foucault entiende que la sexualidad produce el ‘sexo’ como un concepto artificial que, en la práctica, amplía y enmascara las relaciones de poder responsables de su génesis”9.
Así pues, “hombre” y “mujer”, pero también “heterosexual”, “gay”, “lesbiana” y “bisexual”, serían categorías ilusorias resultantes de este mecanismo, ya que, dado que los sexos biológicos no existen, tampoco existen las orientaciones sexuales.
Este es un ejemplo clásico de cómo se puede tomar una verdad parcial, desconectarla de la realidad y convertirla en el alfa y el omega de un argumento que no lleva a ninguna parte. Nadie cuestiona el hecho de que la conciencia de una persona esté fuertemente influenciada por el contexto social en el que se desarrolla. Sin embargo, partiendo de esta premisa correcta, ¿qué sentido tiene negar la existencia de los sexos masculino y femenino, con todas sus diferencias anatómicas y biológicas?10 Esto tiene cierta importancia si pasamos, por ejemplo, del mundo de las hipótesis académicas a las terapias médicas, o al embarazo y la lactancia. Además, aunque afirme que mi conciencia (y, por tanto, la forma en que percibo mi propia identidad de género) viene determinada por las condiciones sociales en las que vivo, ¿acaso eso la hace menos real? No, refleja mis condiciones reales de existencia, tanto naturales como sociales, y evolucionará con la evolución de la sociedad.
Pero, sobre todo: a la luz de esta teoría, ¿cómo puedo luchar por la liberación sexual? Dicho de forma muy sencilla, no puedo. Citando de nuevo a Butler: “Por lo tanto, el poder no puede ser ni retirado ni rechazado, sino solo redistribuido. De hecho, en mi opinión, el enfoque normativo de la práctica gay y lésbica debería centrarse en la redistribución subversiva y paródica del poder, más que en la fantasía imposible de su trascendencia a gran escala”11. Es decir, lo mejor que podemos lograr es una parodia creativa, una caricatura de las identidades de género, para demostrar que no son entidades naturales, sino, de hecho, un producto. Al hacerlo, demostramos que el género no existe, y surge entonces la posibilidad de “proliferar configuraciones de género fuera de los marcos restrictivos de la dominación masculina y la heterosexualidad obligatoria”12. Esto da a luz al posmodernismo: puedo ver la opresión de género, pero he abandonado el análisis de clase de la sociedad, por lo que ya no puedo ver las causas de esta opresión; entonces elevo la opresión (o mejor dicho: un único aspecto o un aspecto concreto de la opresión, el poder de lo heterosexual) a una entidad metafísica de la que todo depende, y no tengo la más mínima idea de cómo derrocarla; la única forma de subversión que me queda es caer en un subjetivismo en el que niego la realidad y sostengo que cada uno puede inventarse su propia realidad, sin cambiar absolutamente nada fuera de mi propia conciencia.
No es de extrañar que la clase dominante no tema estas teorías. Al mismo tiempo, es evidente que estas mismas teorías tienen poco o nada que ofrecer fuera del ámbito del debate académico. Todos aquellos que tienen la necesidad apremiante de luchar por sus propios derechos en el mundo real harían mejor en armarse con teorías y formas de lucha más incisivas.
Aquí merece la pena examinar brevemente la idea de la interseccionalidad, que se ha vuelto muy popular últimamente entre algunos sectores del movimiento. Significa, más o menos, que en la sociedad existen varias formas de opresión (basadas en el género, la raza, la clase, la orientación sexual, etc.), y estas se entrelazan y se solapan de forma transversal, de ahí el carácter transversal de los movimientos y la posibilidad de unirlos en coaliciones.
La propia Butler destaca el hecho de que la necesidad de debilitar la categoría universal de “mujer” surge de “las críticas de mujeres que afirman que la categoría de ‘mujeres’ es normativa y excluyente, y que se invoca sin que se tengan en cuenta las dimensiones no marcadas del privilegio de clase y racial”13. ¡Exacto! De hecho, la opresión de género no es la misma para la mujer trabajadora que para la mujer burguesa, y la lucha por la liberación de las mujeres, cuando cuestiona los privilegios de la clase dominante, conduce a una división de carácter de clase en la que las mujeres burguesas se desmarcan, porque tienen que defender sus privilegios materiales de clase, incluso permaneciendo subordinadas a sus maridos (burgueses) en el ámbito doméstico.
Observamos lo mismo en el movimiento LGBT cuando entramos en el ámbito de las luchas económicas (por la vivienda, el empleo, la sanidad, etc.), que es lo que da concreción a los derechos civiles. Esto simplemente nos indica que la contradicción fundamental de la sociedad, la contradicción de clase, es la que determina el marco en el que luchamos y que solo avanzando en la lucha de clases hasta el derrocamiento del capitalismo podemos ofrecer una perspectiva de victoria a los movimientos que luchan contra las múltiples formas de opresión presentes en la sociedad.
Si abandonamos la idea de que la lucha de clases es el eje central de todo, ¿qué nos queda? Nos queda un esfuerzo constante —e incompleto— por construir coaliciones entre diferentes movimientos (LGBT, antirracistas, ecologistas, etc.), con composiciones y equilibrios variables, dependiendo de cuál de ellos sea el más fuerte en un momento dado. En la perspectiva posmoderna, este enfoque llega incluso a redefinir la propia identidad de los participantes: “Una coalición abierta, pues, afirmará identidades que se instituyen y se abandonan alternativamente según los fines que se persigan; será un ensamblaje abierto que permita múltiples convergencias y divergencias sin obedecer a un telos normativo de cierre definitorio”. Así pues, ¡incluso mi identidad puede cambiar en cada ocasión, según la composición de una reunión o lo que en ella se decida! No es de extrañar que la gente esté confundida con todo esto…
No es de extrañar que estas teorías ganaran terreno en un período de calma en la lucha de clases, cuando faltaba el principal punto de referencia —la clase obrera— y esta no podía ofrecer una posibilidad real de derrocar el capitalismo y, con él, todas las formas de opresión que crea o perpetúa. El resurgimiento de la lucha de clases, como siempre, tendrá un efecto clarificador también en la esfera ideológica.
Los derechos civiles durante la crisis del capitalismo
Desde el año 2000 hemos sido testigos, en muchos países, de la aprobación de leyes contra la discriminación y a favor de los derechos civiles, desde el matrimonio entre personas del mismo sexo hasta las uniones civiles. Estos importantes logros se han conseguido gracias a la presión constante por parte del activismo gay y al creciente apoyo de la sociedad —incluso entre las personas heterosexuales— a la igualdad de derechos. Hoy en día, la bandera de los derechos civiles ha sido enarbolada no solo por la izquierda, sino también por sectores de la clase capitalista y de sus representantes políticos: tenemos el Día Internacional contra la LGTBfobia promovido por la Unión Europea, vemos resoluciones aprobadas por las Naciones Unidas sobre esta cuestión, etcétera.
Sin embargo, no podemos hacernos ilusiones ni adoptar una postura ambigua ante nada de esto. Estos gobiernos “liberales” y estos sectores “ilustrados” de la burguesía son los mismos que apoyan dictaduras en diversas partes del mundo donde se ahorca o decapita a gais y lesbianas. Así, vemos cómo el Gobierno de EEUU —tanto bajo Trump como bajo Obama— suministra armas a Arabia Saudí. Lo mismo ocurre con todas las grandes potencias europeas que, al tiempo que legalizan el matrimonio homosexual, apoyan al régimen de Al-Sisi en Egipto, el cual, además de todas las detenciones, asesinatos y torturas de opositores políticos, también ha desatado una dura represión contra los gais. Esta hipocresía puede utilizarse con fines reaccionarios, y la defensa de los derechos de las personas LGBT puede convertirse en un pretexto para apoyar políticas imperialistas. Este es claramente el caso cuando se nos dice que Israel es el país de Oriente Medio con la legislación más avanzada en materia de derechos LGBT. ¿Acaso esto autoriza a Israel a masacrar, bombardear e imponer embargos a los palestinos, cuyas administraciones se preocupan menos por la legislación sobre derechos civiles? En los Países Bajos, el Gobierno utiliza la defensa de los derechos LGBT para limitar la llamada inmigración “homófoba”, llegando incluso a realizar exámenes de acceso en las embajadas neerlandesas de todo el mundo. Si perdemos de vista el panorama general, y sobre todo si abandonamos la perspectiva de clase, podemos acabar muy rápidamente en el bando de la reacción, como han hecho algunos grupos defensores de los derechos LGBT, más preocupados por conquistar puestos de poder y más que dispuestos a hacer la vista gorda ante lo que hacen los gobiernos aliados14.
Desde un punto de vista burgués, hacer concesiones en materia de derechos civiles tiene un objetivo tanto económico como político. Económicamente, las personas LGBT son simplemente un segmento de mercado, por lo que un perfil empresarial favorable a los gais puede atraer clientes. A Ikea no le supone ningún problema incluir fotos de parejas masculinas en su catálogo, siempre que tengan dinero para comprar la cocina. Del mismo modo, no tiene ningún problema en incluir a padres divorciados en su publicidad, siempre que dispongan del dinero necesario para comprar exactamente los mismos muebles para las dos habitaciones del niño, de modo que sean idénticas en ambos hogares. Los gais desempleados, por el contrario, deben conformarse con el hecho de que, a efectos del mundo de la publicidad, no existen, al igual que tampoco existen los desempleados heterosexuales.
En el ámbito político, sin embargo, un sector de la clase dominante está tratando de desactivar un foco de posible conflicto social, incorporando lo que puede asimilarse al sistema y buscando el apoyo de los líderes moderados del movimiento LGBT, al tiempo que promueve políticas de austeridad draconianas, xenófobas y contrarias a los intereses de los trabajadores, así como recortes en servicios clave.
Así vemos cómo, ante una crisis de la familia y debido a la presión desde abajo, un ala de la clase dominante ha aceptado el reconocimiento legal de las parejas homosexuales, al tiempo que empuja a las personas homosexuales de vuelta al papel fundamental de la familia en la sociedad capitalista y al apoyo a la perspectiva ideológica de la burguesía. De ahí la promoción del matrimonio homosexual, que, sin embargo, debe adaptarse al modelo de la familia monógama. Esto conduce, en algunos casos, a una reproducción de los roles de género masculino/femenino dentro de la pareja gay, incluida la división de las tareas domésticas y todos los valores burgueses tradicionales.
¿Significa esto que subestimamos la cuestión de los derechos civiles? ¡En absoluto! Luchamos por el pleno reconocimiento y la aplicación de los derechos civiles, es decir, por la plena igualdad de los derechos familiares e individuales, independientemente del género y la orientación sexual. Esto incluye el derecho al matrimonio y a la adopción (que también debe aplicarse a las personas solteras) y a la adopción de los hijos del cónyuge (es decir, el derecho a adoptar al hijo de la pareja), también para las parejas homosexuales.
Sin embargo, no debemos perder de vista el panorama general ni olvidar de qué lado de la barricada nos encontramos en la lucha de clases.
Por eso, entre los derechos que defendemos no incluimos la legalización de la gestación subrogada, a la que nos oponemos, ya que bajo el capitalismo implica necesariamente la creación de un mercado de mujeres que, por necesidad económica, venden sus cuerpos y se someten a experiencias altamente traumáticas, como pasar por un embarazo y que luego les separen del recién nacido, con todas las consecuencias físicas y psicológicas que ello conlleva. No dudamos de que haya casos en los que esto se haga de forma voluntaria, a modo de “regalo”, pero la realidad social predominante es muy diferente a esta, y no podemos aceptarla.
También debemos destacar el hecho de que el deseo de tener descendencia biológica, o la idea de que el vínculo emocional con un niño está necesariamente ligado a la paternidad biológica, nos ha sido inculcado por la necesidad de transmitir la propiedad a través de la familia monógama, que no existía antes del surgimiento de la propiedad privada:
“‘Vosotros, los blancos’ —le dijo un nativo americano a un misionero—, ‘solo queréis a vuestros propios hijos’. Nosotros amamos a los niños del clan. Pertenecen a todo el pueblo y nosotros los cuidamos. Son hueso de nuestro hueso y carne de nuestra carne. Todos somos padres y madres para ellos. Los blancos son salvajes; no aman a sus hijos. Si los niños quedan huérfanos, hay que pagar a alguien para que los cuide. No sabemos nada de ideas tan bárbaras”15.
Revolución y liberación
Luchamos por el reconocimiento de todos los derechos civiles, y los acogemos con entusiasmo cuando se conceden, incluso bajo el capitalismo. Pero también debemos ser conscientes de que, en cualquier momento, la intensificación de la lucha de clases puede empujar a la clase dominante a optar por un enfoque más reaccionario y, por lo tanto, a retirar lo que antes había concedido. Recordemos que los Clinton conducen a los Trump, y los Macron a los Le Pen, a menos que la lucha de clases los detenga. Ninguna conquista tiene garantizada su permanencia mientras permanezcamos dentro del sistema capitalista.
Y cuando se han concedido estos derechos, ¿el objetivo es realmente que se explote por igual a los gais y a los heterosexuales? ¿De qué me sirven los derechos civiles si no tengo garantizada una vivienda ni un trabajo, si el sistema sanitario está al borde del colapso y no tengo dinero para pagar la asistencia médica para mí y mis seres queridos, si no tengo permiso de residencia? ¿De qué sirve el derecho al matrimonio homosexual si tengo que dedicar todo mi tiempo y energía a un jefe y acabo agotado cuando vuelvo a casa?
En cuanto nos adentramos en los problemas de la vida cotidiana, se abre una división de clases dentro del movimiento LGBT, porque la vida cotidiana varía enormemente en función de la clase a la que se pertenezca. Esto quedó claramente de manifiesto en Italia durante las movilizaciones de 2016 en apoyo de las uniones civiles, donde la base masiva del movimiento, compuesta en su mayoría por jóvenes, trabajadores temporales y estudiantes, era mucho más radical que la dirección (entre la que se encontraba Arci-gay), que veía las movilizaciones meramente como un medio para recabar apoyo para la nueva ley y, posiblemente, para ejercer un poco de presión sobre el ala derecha del grupo parlamentario del PD (Partido Democrático). Lo que vimos entonces fue cómo el PD descartaba la adopción de hijastros y limitaba el alcance de la reforma. La dirección del movimiento aceptó este compromiso, pero las bases exigieron reanudar las protestas.
Esta división entre los líderes y la masa de manifestantes nos quedó claramente patente cuando intervenimos en el movimiento, llamando a una generalización de la lucha contra el Gobierno del PD para incluir la lucha por el empleo, la vivienda y el bienestar social. La mayoría de los manifestantes adoptó con entusiasmo nuestras consignas, mientras que los líderes —a veces el propio PD, que organizaba reuniones para demostrar lo mucho que le importaban los derechos civiles— miraban a su alrededor avergonzados, pidiendo a la gente que no exagerara. No podemos delegar en estas personas la tarea de liderar la lucha por nuestros derechos.
Vimos plazas abarrotadas donde quienes exigían plenos derechos civiles para todos no eran solo personas LGBT, sino también muchos heterosexuales, y también vimos cómo la lucha por los derechos civiles se conectaba de inmediato con la lucha por la vivienda, el empleo y la sanidad. Esa unidad es la que puede conducir a la victoria. Lo que se necesita es que el movimiento LGBT se desarrolle según criterios de clase, integrándose plenamente en el movimiento obrero, y que el movimiento obrero adopte un programa revolucionario.
Tenemos que derrocar el capitalismo, liberarnos de la clase dominante, hacernos con el control de los recursos productivos y la riqueza, y utilizarlos de forma planificada y armoniosa, no para el beneficio de unos pocos, sino para satisfacer las necesidades colectivas de la sociedad. Las tareas domésticas deben socializarse; y el cuidado y la educación de los niños deben ser de alta calidad. Todo el mundo debería tener derecho a una vivienda; la jornada laboral debería reducirse para que todos dispongan del tiempo y la energía necesarios para vivir su vida.
Sobre esta base material podremos romper con la moralidad perpetuada por la burguesía en lo que respecta a la estructura de la familia y la orientación sexual. Podremos arrojar el patriarcado y la LGTBfobia al basurero de la historia, y seremos libres de vivir nuestras vidas como deseemos; además, todo el mundo podrá expresar libremente sus propios sentimientos sexuales y emocionales. Decidir cómo se hará esto, de qué forma y qué relaciones familiares tendrá la sociedad, es una tarea que corresponde a las generaciones futuras.
Notas
[1] Fuente: ILGA, informe sobre homofobia patrocinada por el Estado, 2017
[2] Citamos únicamente a modo de argumento complementario la difusión del comportamiento homosexual en el reino animal, lo que pone de relieve su presencia en la naturaleza, pero no es concluyente debido a las diferencias entre el comportamiento social y emocional de los seres humanos y el de los animales. Por citar solo uno de los últimos estudios, publicado en el marco de la exposición «¿Contra la naturaleza?» del Museo de Historia Natural de Oslo, “la homosexualidad […] se ha observado en más de 1 500 especies animales, y está bien documentada en 500 de ellas, pero su alcance real es probablemente mucho mayor”.
[3] Véase, entre los numerosos textos sobre este tema: Eva Cantarella, Bisexuality in the Ancient World, Yale University Press, 2002.
[4] Sobre este intento y su fracaso, véase Wilhelm Reich, “La lucha por una ‘nueva vida’ en la Unión Soviética”, en La revolución sexual, 1936. Véase también León Trotski, Problemas de la vida cotidiana, y el capítulo “Familia, juventud y cultura” en La revolución traicionada.
[5] Cita de Gianni Rossi Barilli, Il movimento gay in Italia (“El movimiento gay en Italia”). Feltrinelli, 1999, pp. 51-52.
[6] Ibíd., p. 59.
[7] Cita de Fabio Giovannini, Comunisti e diversi: il PCI e la questione omosessuale (“Comunistas y diferentes: el PCI y la cuestión homosexual”), Edizioni Dedalo, 1980, p. 72.
[8] “En otras palabras, los actos y los gestos, los deseos articulados y puestos en práctica, crean la ilusión de un núcleo de género interior y organizador, una ilusión que se mantiene discursivamente con el fin de regular la sexualidad dentro del marco obligatorio de la heterosexualidad reproductiva”. (Judith Butler, El género en disputa, Routledge, 1990)
[9] Ibíd.
[10] No es objetivo de este artículo establecer los orígenes de la identidad de género. Desde un punto de vista materialista, nos limitamos aquí a afirmar que se desarrolla necesariamente a partir de una combinación de elementos naturales (físicos y biológicos), psicológicos y sociales.
[11] Ibíd.
[12] Ibíd.
[13] Ibíd.
[14] Véanse los casos recogidos en: https://paper-bird.net/2016/11/02/selling-out-the-gays-and-governmentality
[15] M. F. Ashley Montagu, Marriage: Past and Present, a Debate Between Robert Briffault and Bronislaw Malinowski, Boston, Porter Sargent Publisher, 1956, p. 48.
1 Fuente: ILGA, informe sobre homofobia patrocinada por el Estado, 2017
2 Citamos únicamente a modo de argumento complementario la difusión del comportamiento homosexual en el reino animal, lo que pone de relieve su presencia en la naturaleza, pero no es concluyente debido a las diferencias entre el comportamiento social y emocional de los seres humanos y el de los animales. Por citar solo uno de los últimos estudios, publicado en el marco de la exposición «¿Contra la naturaleza?» del Museo de Historia Natural de Oslo, “la homosexualidad […] se ha observado en más de 1500 especies animales, y está bien documentada en 500 de ellas, pero su alcance real es probablemente mucho mayor”.
3 Véase, entre los numerosos textos sobre este tema: Eva Cantarella, Bisexuality in the Ancient World, Yale University Press, 2002.
4 Sobre este intento y su fracaso, véase Wilhelm Reich, “La lucha por una ‘nueva vida’ en la Unión Soviética”, en La revolución sexual, 1936. Véase también León Trotski, Problemas de la vida cotidiana, y el capítulo “Familia, juventud y cultura” en La revolución traicionada.
5 Cita de Gianni Rossi Barilli, Il movimento gay in Italia (“El movimiento gay en Italia”). Feltrinelli, 1999, pp. 51-52.
6 Ibíd., p. 59.
7 Cita de Fabio Giovannini, Comunisti e diversi: il PCI e la questione omosessuale (“Comunistas y diferentes: el PCI y la cuestión homosexual”), Edizioni Dedalo, 1980, p. 72.
8 “En otras palabras, los actos y los gestos, los deseos articulados y puestos en práctica, crean la ilusión de un núcleo de género interior y organizador, una ilusión que se mantiene discursivamente con el fin de regular la sexualidad dentro del marco obligatorio de la heterosexualidad reproductiva”. (Judith Butler, El género en disputa, Routledge, 1990).
9 Ibíd.
10 No es objetivo de este artículo establecer los orígenes de la identidad de género. Desde un punto de vista materialista, nos limitamos aquí a afirmar que se desarrolla necesariamente a partir de una combinación de elementos naturales (físicos y biológicos), psicológicos y sociales.
11 Ibíd.
12 Ibíd.
13 Ibíd.
14 Véanse los casos recogidos en: https://paper-bird.net/2016/11/02/selling-out-the-gays-and-governmentality
15 M. F. Ashley Montagu, Marriage: Past and Present, a Debate Between Robert Briffault and Bronislaw Malinowski, Boston, Porter Sargent Publisher, 1956, p. 48.
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