Por un retorno del rap revolucionario

El rap nació como un grito de protesta contra la opresión. Es el resultado de unas condiciones concretas: el movimiento por los derechos civiles de los afroamericanos, la confluencia de varias tradiciones artísticas (“spoken word”, percusiones características…). Por lo tanto, pese a ser la continuidad de corrientes artísticas más amplias, podemos trazar el momento en que se genera lo que la gente entiende por “rap”: la encarnación musical del hip-hop y su trasfondo político. La esencia del rap es de izquierdas, y punto.

Pero, para entender la naturaleza actual de un movimiento artístico, hemos de estudiarlo en su dinamismo, y no reducirlo a lo que fue en sus orígenes. Desde su crisálida antirracista, el rap ha mudado hacia una forma más universal de lucha contra toda opresión.

Esta universalidad, una musicalidad enérgica y accesible, una poesía corpórea y teatralizada… las grandes artes se han democratizado en un formato para dar voz a los oprimidos del mundo entero. Pero en el proceso, el rap ha acogido elementos desconectados de sus raíces, capas menos conscientes o de clases ajenas, con sus propios intereses y valores.

El fenómeno artístico ha sido absorbido por la sociedad de consumo a la que criticaba, para convertirse en producto y entretenimiento, donde se premian los recursos estilísticos y musicales. Diversas escuelas llevaron al extremo esta hiperfijación en la forma, segregando el fondo a un segundo plano, hasta el punto en que se acuñó la categoría “rap conciencia”, evidenciando que ya no era un requisito del rap.

Esto responde también a la desafección política de la sociedad. Los valores de la clase dominante contaminaron el discurso, y la cruda realidad que los raperos padecían (violencia, misoginia, drogas) se romantizó hasta el punto de ser un arquetipo que los raperos representaban más que vivían.

Muchos mantienen la llama viva, y por ello el rap sigue siendo un género musical con propensión al discurso político, pero se ha normalizado su superficialidad… hasta ahora.

En tiempos de genocidio, la tibieza de los artistas está siendo su propia pérdida. Por ejemplo, el caso Macklemore-Ed Sheeran. En el Estado español, ni más ni menos que Kase-O, al que muchos consideran como el máximo referente de la escena, protagonizó un episodio similar al no bajarse de unos eventos vinculados al fondo israelí KKR.

Como contrapunto, Montseny, un rapero que se ha ganado una audiencia masiva en cuestión de meses, ha logrado conectar con el ambiente cargando contra el sistema político y sus marionetas, entre ellas los raperos fachas.

Si bien son un fenómeno marginal, la plataforma y audiencia que tienen, incluso dentro del movimiento, son un reflejo de su pérdida de identidad del mismo y de la otra cara de la polarización política que se manifiesta también en el rap. Estos reaccionarios se reivindican del rap al expresar (de manera confusa, pero genuina) su odio al sistema que interpretan como socialista. Tratan de crear, en esta línea, su propia tradición, apropiándose a referentes como Canserbero o Al2 el Aldeano, quienes criticaron la realidad social de Venezuela y Cuba cuando, en realidad, dichas críticas tienen un trasfondo de izquierdas, y poco tienen que ver con el anticomunismo de los raperos de derechas cuyo discurso «anti-establishment» es de facto funcional al statu quo.

Por mucho que los raperos de izquierda reivindiquemos la tradición política del movimiento y defendamos su legado, esto no nos debería impedir ver que actualmente existe rap de derechas, que, por muy patético que sea, expresa en algunos casos un genuino malestar social. El hecho de reconocer esta tendencia es el primer paso para combatirla efectivamente.

El rap tiene sus propias fórmulas (aparte del “rap conciencia”) que están resurgiendo: canciones destinadas a excomulgar al otro (ej. “Not like us” de Kendrick Lamar vs Drake), batallas escritas o improvisadas…

Tras un reflujo en la conciencia política del movimiento, está el terreno fértil para una vuelta a la esencia disruptiva del rap, en un nivel más desarrollado, más radical. El viento respalda nuestros mensajes, que no pueden ser rivalizados por los discursos reaccionarios, por pulidos que estén estéticamente (que no suelen estarlo). La forma vuelve a subordinarse al fondo.

Pero, por satisfactoria que resulte la batalla cultural, la única forma de erradicar las ideas reaccionarias del rap es superando las bases materiales que las hacen brotar: el sistema capitalista.

 

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