Sirat: la «rave» en el desierto ideológico del pensamiento pequeñoburgués

Sirat, la última película de Oliver Laxe, relata el viaje de un padre y un hijo a una rave en el Sáhara en busca de su hermana, mientras una guerra mundial se desarrolla de fondo. La película ha sido elogiada por la crítica como ejemplo del “nuevo cine de autor español”. Sin embargo, ha generado una fuerte controversia por su silencio respecto a la ocupación marroquí del Sáhara Occidental. A esto se han sumado las declaraciones públicas de Laxe, tan altivas como políticamente ingenuas, que lo han convertido en el mejor enemigo de su propia obra.

Estas críticas por parte de determinados sectores progresistas nacen de un honesto sentimiento de repudio a una situación de barbarie imperialista de la que el Estado español es cómplice. Sin embargo, contienen una lógica moralizante propia del pensamiento pequeñoburgués, que concibe el arte como un espacio de denuncia simbólica, visibilización y señalamiento, y que se traduce en una forma de activismo incapaz de traducir esa indignación en acción política.

¿Cuál sería el impacto concreto de una película que hubiera cumplido con esas expectativas? Si Oliver Laxe hubiese incluido una denuncia explícita del colonialismo marroquí, ¿qué aportación material habría prestado realmente a la causa saharaui? Marruecos seguiría dominando el territorio y oprimiendo a su pueblo.

Hay quien diría que la plataforma de la que dispone Oliver Laxe lo obliga moralmente a utilizarla para denunciar este tipo de injusticias. Sin embargo, esta exigencia ignora que las películas no se producen en el vacío, sino que dependen de una financiación proporcionada por empresas capitalistas cuyo objetivo no es la transformación social, sino vender. Además, para que una película transmita un mensaje revolucionario no basta con la voluntad política: requiere una calidad excepcional, un profundo conocimiento del problema tratado y un talento que permita articularlo con rigor. Esto difícilmente puede surgir de un autor plenamente integrado en los circuitos culturales del capitalismo cuya obra depende materialmente de no cuestionar los fundamentos del orden existente.

Por otra parte, una educación política consistente sobre la cuestión saharaui no puede reducirse a dos horas de metraje. Esperar que una película cumpla esa labor es perpetuar una forma de pereza política basada en la denuncia simbólica: señalar, condenar y criticar sin actuar.

Las declaraciones públicas de Oliver Laxe refuerzan muchas de las carencias ideológicas presentes en su cine: afirma que los jóvenes no van al cine porque han sido malacostumbrados por una cultura de productos insulsos y que no están preparados para consumir un cine de “alta cultura” como el suyo. Esta actitud lo convierte en una figura representativa de lo peor que puede ofrecer la industria cultural: elitismo, prepotencia, autosuficiencia y una desconexión total con las condiciones materiales de quienes dice retratar. Sus personajes, enfrentados a una situación apocalíptica, se guían exclusivamente por la búsqueda hedonista y una apatía absoluta ante el fin del mundo. Lejos de construir un retrato empático, la película castiga brutalmente a sus personajes mediante giros de guión que funcionan como un juicio moral. De este modo, Laxe proyecta su propio desprecio de clase sobre una juventud a la que no comprende.

Sirat presenta a la juventud como un sujeto apático ante un mundo que se derrumba. Sin embargo, si algo demuestra la realidad reciente es que la juventud dista mucho de ese retrato. Ha sido la punta de lanza de movilizaciones masivas, desde Fridays for Future hasta el movimiento pro-palestino. Esta respuesta nace de una posición material concreta: la ausencia total de expectativas dentro del capitalismo. Precisamente por ello, la juventud no se refugia en el hedonismo apolítico que imagina Laxe, sino que tiende a formas de organización y protesta cada vez más antagónicas al sistema capitalista.

Cabe destacar que la película acierta, aunque de forma involuntaria, al mostrar que las consecuencias del capitalismo son inescapables. Sin desvelar detalles de la trama, lo que les ocurre a los personajes a lo largo de la película deja claro que incluso intentando huir de la civilización, la barbarie generada por el propio sistema termina alcanzándolos. Ahora bien, reconocer el carácter asfixiante del presente no implica asumir una lógica de derrota. La guerra mundial que discurre en segundo plano no es un destino inevitable e inmediato. Aún quedan muchas batallas por librar y mucho por ganar.

Sirat ha realizado una labor paradójicamente productiva. Ha generado un debate público sobre la cuestión saharaui, ha contribuido a visibilizar la causa y ha provocado que la juventud reivindique su papel combativo frente a un retrato que la tacha de hedonista y apática, ha expuesto la corrupción moral de la industria cultural capitalista y la mediocridad intelectual de muchos de sus portavoces y ha puesto de manifiesto que el capitalismo ya no puede evitar que sus productos culturales choquen de lleno con la realidad del sistema y sus consecuencias para la clase trabajadora y la juventud.

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