«Una batalla tras otra»: una antesala de la revolución estadounidense venidera

La última película de Paul Thomas Anderson, que acaba de ganar 6 premios Oscar, incluyendo mejor película y mejor dirección, es un thriller de acción ambientado en el contexto de una lucha revolucionaria. Al retratar el terror individual, la brutal represión de los inmigrantes y la izquierda, y a las élites racistas que mueven los hilos, esta obra maestra cinematográfica capta el espíritu de la época de la Norteamérica de Trump.

La película de Paul Thomas Anderson está ambientada en un Estados Unidos del futuro cercano, sumido en los estertores de la revolución y la contrarrevolución. Una batalla tras otra es posiblemente el mayor logro cinematográfico de Anderson hasta la fecha.

Con tres horas de metraje a su disposición, Anderson capta a la perfección el espíritu de esta época de decadencia imperialista: el terror individual; la brutalidad contra los inmigrantes; la represión a manos de una fuerza policial militarizada; y una élite gobernante racista que mueve los hilos desde lo más alto.

Lo que más me llamó la atención de la película fue lo radical que resultaba su representación de una guerra de clases abierta. Hace veinte años, las películas que abordaban estos temas se habrían inclinado hacia el género de la ciencia ficción distópica —pensemos en Niños del hombre (2006)—, pero el mundo de Una batalla tras otra se siente inquietantemente cercano a nuestra situación actual y a las décadas que la precedieron.

Esta no es una película sobre política. Es simplemente un thriller de acción ambientado en un contexto de lucha de clases. Pero al reflejar con honestidad y amplificar la realidad de la América de la era Trump, es inevitablemente una película muy política.

La revolución no será televisada

Con su reparto repleto de estrellas (Leonardo DiCaprio, Benicio del Toro, Sean Penn) y una trama extensa y caótica, la película retrata, en palabras del director, «lo que ocurre cuando los revolucionarios se derrumban sobre sí mismos».

El acto inicial, que sirve de prólogo a los acontecimientos principales de la historia dieciséis años después, sigue las hazañas de un grupo guerrillero de izquierdas al estilo narodniki, los French’75, en algún momento a principios de la década de 2010 (recordando al público que la guerra de clases no comenzó con Trump).

Acompañamos a esta banda de aventureros mientras liberan centros de detención del ICE, bombardean las oficinas de los legisladores por apoyar la legislación antiaborto y roban bancos para financiar sus actividades.

El resto de la película muestra las consecuencias de que este grupo sea aplastado por la represión estatal y se vea obligado a pasar a la clandestinidad, lo que da pie a una emocionante trama de rescate entre padre e hija.

La elección de guerrilleros de izquierda como protagonistas no podría encajar mejor con el panorama político actual. Vivimos en la era de Luigi Mangione, de los asesinatos políticos y de los ataques armados contra instalaciones del ICE por parte de grupos de izquierda.

La lucha de clases se está recrudeciendo y, hasta que no se resuelva la crisis de la dirección de la clase trabajadora, estas primeras señales de las batallas que se avecinan no van a desaparecer pronto.

La película rezuma el espíritu de la contracultura de los años 60 y 70, con su referencia a “The Revolution Will Not Be Televised” (“La revolución no será televisada”), de Gil-Scott Heron, y una trama basada en la novela Vineland, de Thomas Pynchon.

No es una coincidencia: el colapso del consenso de la posguerra marcó el inicio de un periodo de politización, rebelión y aventurerismo (pensemos en grupos armados como Weather Underground, la Rote Armee Fraktion y las Brigadas Rojas) que empieza a parecerse al nuestro.

 

Quejas de ciertos sectores de la izquierda

Algunas personas de la izquierda, muy agrias y sin sentido del humor, han criticado la representación que hace Anderson de los revolucionarios. «¿Cómo se atreve un director rico de Hollywood a hacer que la izquierda parezca poco seria?», se quejan. «¿Cómo se atreve a sacar provecho y apropiarse de las luchas anticapitalistas?».

Es cierto que, al estilo de La Chinoise (1967) de Godard, la película satiriza y se burla de la izquierda — por su control woke del tono, sus mezquinas políticas identitarias y luchas internas, y su obsesión por los procedimientos administrativos. Pero es innegable que los French’75 se presentan como héroes simpáticos y rudos que luchan con determinación contra la injusticia y la reacción.

Por el contrario, los contrarrevolucionarios —encarnados por el coronel Lockjaw, un personaje demoníaco y fascinante interpretado por Sean Penn, y la camarilla de nacionalistas blancos de los «Christmas Adventurers»— se describen como lunáticos corruptos, patéticos y degenerados, sedientos de la sangre de los oprimidos. Está claro a quién apoyan tanto Anderson como el público.

De hecho, es positivo que los revolucionarios se presenten como personajes imperfectos y complejos, que luchan bajo la presión de la represión estatal, la vida familiar y las limitaciones de sus métodos. Eso los hace humanos y cercanos, en lugar de caricaturas unidimensionales.

El personaje de DiCaprio, Pat/Bob, termina como un fumeta acabado al estilo de El gran Lebowski — aún comprometido con la causa, pero demasiado paranoico y derrotado para seguir activo políticamente. Pero ¿no han sufrido todos los revolucionarios y la izquierda el agotamiento y la desmoralización en el movimiento?

Otro personaje, Perfidia, es retratada como imprudente, obsesionada con el sexo y engañosa. Al principio de la película, delata a sus compañeros ante la policía para entrar en el programa de protección de testigos. «¡Qué horror!», exclaman algunos izquierdistas. «¡Nunca se nos ocurriría algo así!».

Pero, en realidad, su personaje pone de manifiesto una característica real de los movimientos aventureros: estos métodos atraen a personas que buscan… aventuras. Lo que les mueve, ante todo, es la emoción y la adrenalina de la acción. Y, como resultado, son individualistas y propensos a traicionar la causa.

Lejos de demonizar a la izquierda, Anderson presenta al público personajes ricos y polifacéticos, ofreciendo agudas observaciones sobre las presiones psicológicas de la lucha revolucionaria.

Francamente, si estos izquierdistas filisteos quieren una lucha reconfortante y maniquea del bien contra el mal, quizá deberían ver la última porquería de Los Vengadores de Marvel, o leer un libro infantil como Harry Potter.

E incluso entonces, es posible que encuentres algún matiz moral o ambigüedad, porque los héroes imperfectos y los villanos comprensivos se encuentran en el corazón de toda tensión dramática. El arte consiste precisamente en abrazar la complejidad de la experiencia humana.

Solidaridad y lucha

Es más, Anderson parece ofrecer una alternativa positiva a los métodos defectuosos y fallidos del aventurerismo. Algo que falta en la mayoría de las películas de este tipo —que retratan luchas revolucionarias o disturbios civiles— es el papel de las masas.

Pero en Una batalla tras otra sí se vislumbra algo de esto. En la impresionante escena de protesta en Baktan Cross, se ve a jóvenes locales e inmigrantes latinos enfrentándose a la policía y bloqueando las deportaciones.

Por cierto, la influencia de La batalla de Argel (1966) se aprecia con mayor claridad en este fragmento, junto con la banda sonora de Jonny Greenwood, melancólica, hipnótica y percusiva, que acentúa a la perfección lo que ocurre en pantalla.

 

La solidaridad profundamente arraigada en la comunidad de Baktan Cross —donde el Sensei Sergio del Toro organiza una «situación al estilo de Harriet Tubman» para proteger a los inmigrantes ilegales— contrasta con la desconfianza y la paranoia que reinan en el French’75. Hay verdadera humanidad, humor y calidez en las escenas de del Toro.

Por eso resulta satisfactorio que la resolución principal de la trama (no spoilers, no te preocupes) llegue con un retorno a la actividad política sobre una base potencialmente más sólida, pasando el testigo a una nueva generación, junto con un final bellamente poético para el antagonista principal.

Una obra maestra del cine

No he dedicado mucho espacio a la destreza estilística de esta película. Pero no hace falta decir que es una obra maestra cinematográfica y estética, tan ambiciosa e innovadora en su forma como en su contenido.

La fotografía de la película es impresionante, sobre todo la trepidante escena de la persecución en coche del final. Los diversos momentos de auténtico humor, que te hacen reír a carcajadas, rompen la tensión de lo que, de otro modo, sería una película de tres horas que te provocaría un ataque de pánico. Y el reparto fue magnífico, especialmente Chase Infiniti, para quien esta fue su ópera prima.

Tanto por sus temas radicales como por sus elecciones estilísticas vanguardistas, fue una película inesperadamente atrevida para ser un éxito de taquilla. Como señaló el destacado crítico de cine Mark Kermode, «ninguna película que cueste tanto dinero debería ser tan experimental».

Pero las ideas radicales están irrumpiendo cada vez más en la gran pantalla. Vivimos en tiempos turbulentos y agitados, y el gran arte debe capturar ese rayo. Con Una batalla tras otra, Paul Thomas Anderson ha logrado precisamente eso.

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