Una vez fuimos navajeros
Frente al discurso contra los trabajadores migrantes, recuperamos la historia para hablar de la vez en la que los españoles eran los “MENAS” e ilegales de Europa.
A día de hoy los trabajadores españoles son continuamente bombardeados con los discursos en contra de la inmigración. El inmigrante es el avatar en el que cada vez más sectores de la política burguesa encarna todos los problemas. Inseguridad, desempleo, crisis de la vivienda, pobreza, todo puede ser culpa de los inmigrantes si se tiene suficiente imaginación. Incluso la “izquierda” hoy habla de “orden y responsabilidades” sobre los inmigrantes, manteniendo la mentira sobre la “impunidad” de los delincuentes extranjeros y el supuesto peligro para la seguridad que comportan.
Pero no hace tanto la historia era bien distinta. Solo de 1961 a 1969 más de un millón de españoles salieron de casa con las manos vacías para escapar del “bendito atraso” franquista. Francia, Alemania o Suiza recibieron ingentes cantidades de obreros españoles, la mitad en situación irregular. Su historia no se distingue tanto de la que hoy viven obreros latinoamericanos, asiáticos y africanos en esos mismos países y en el Estado Español. Libros como Patria en la Maleta, de Jose Babiano y Ana Fernández Asperilla, cuentan con todo lujo de detalles la historia de estos inmigrantes que hoy en día no conviene recordar para los sectores más reaccionarios de la clase burguesa.
Desde la OCR recogemos aquel momento para revivirlo, para recordar que una vez, los “delincuentes extranjeros” hablaban con acento castellano.
Dictadura, atraso y miseria
Los años del franquismo fueron especialmente duros para la clase obrera. Al genocidio que los fascistas ejecutaron tras la guerra se le sumó una hambruna durante los años 40 que dejó 200.000 muertos mientras el régimen enviaba las cosechas producidas a Alemania, para pagar la deuda que los sublevados contrajeron con Hitler. El contrabando, las cartillas de racionamiento y el desempleo eran el pan de cada día para el proletariado de esos años. A pesar del “desarrollismo” y la apertura que se dieron tras 1959, millones de trabajadores vivían condenados al chabolismo, a condiciones precarias de vida y tremendamente autoritarias en sus centros de trabajo. Fue durante el “milagro económico” que la mayor cantidad de obreros salieron de la península para ganarse la vida fuera.
Ya desde la Edad Moderna marcharse de la península era costumbre. Miles buscaban oportunidad en la recién conquistada América, otros miles eran expulsados por ser judíos o moriscos. A pesar del saqueo masivo que las clases dominantes españolas hacían en América, ese dinero no llegaba a la mayoría de la población ibérica, sino que se repartía entre banqueros flamencos y venecianos para financiar las guerras de la Corona. Tras las independencias hubo un breve cese de emigrantes hacia América, pero se recuperó rápidamente. Hasta la Guerra Civil los obreros españoles migraban
principalmente hacia Latinoamérica y el norte de África, creándose una gran comunidad española en el puerto de Orán, Argelia.
Tras el golpe de Estado de 1936 el éxodo se masificó. Víctimas de la guerra, simpatizantes del gobierno republicano y del marxismo, intelectuales, científicos, artistas, políticos se exilian en masa a Francia, México, Estados Unidos, la Unión Soviética, a cualquier lugar que les aceptara. Tras la guerra, medio millón se había exiliado. Miles cruzaban ilegalmente la frontera con Francia, posteriormente fueron internados en campos de concentración y puestos al frente de la defensa de Francia en 1940.
La emigración se dio tras la época de la autarquía, impuesta por el régimen franquista tras la Segunda Guerra Mundial y las sanciones impuestas sobre España por el apoyo a las potencias fascistas. Sin embargo, la lucha anticomunista unió a los capitalistas al otro lado del Atlántico y al norte de los Pirineos con los capitalistas españoles, empezó la “apertura” y la normalización del franquismo por parte del “orden liberal”
Uno de los fenómenos que más se disparó con la reintegración de España en el bloque capitalista occidental fue la emigración. Trabajadores de todo el Estado Español salieron en masa hacia Francia, Suiza, Alemania, Bélgica y Países Bajos, principalmente.
El propio régimen incentivó la migración, tratando de controlarla lo máximo posible. Se buscó una inmigración controlada, temporal, basada en el acuerdo entre gobiernos. Alemania, Francia, Bélgica o Suiza firmaron convenios de inmigración con el Estado franquista. Mediante estos convenios se buscaba controlar quién salía y para qué.
Los Estados receptores de inmigrantes exigían trabajadores de determinados sectores, como fue el caso de Bélgica con la minería y también de distinto estatus, según el modelo migratorio de cada país. Suiza y Alemania buscaban trabajadores temporales, que volviesen tras cumplir con su labor a España, usaban el término “Gastarbeiter” trabajadores invitados, para referirse a los obreros extranjeros. En Suiza se remarcó tanto el carácter temporal de la inmigración que se prohibía a los obreros traer a sus familias con ellos, si lo hacían, quedaban bajo el riesgo de ser deportados de vuelta.
En Francia sin embargo, uno de los objetivos de la política migratoria era llenar con inmigrantes el vacío en población y mano de obra que la guerra había dejado, por lo que se promovió la estancia y en parte la integración de los inmigrantes que llegaban de Italia, España, Portugal o Argelia, aunque bien es cierto que la política migratoria francesa mantenía también un sistema de preferencias raciales en el que se fijaba cuales eran los inmigrantes más deseables, se intentó que incluso los más bajos en esa jerarquía (los trabajadores árabes y africanos) fijasen su residencia en el país con la construcción de los banlieues, barriadas en las periferias que hasta el día de hoy alojan a los inmigrantes en las grandes urbes francas. Al mismo tiempo, la industria española
estaba sobrecargada de mano de obra no cualificada debido al éxodo rural masivo que se dio durante el “desarrollismo”. Exportar mano de obra era entonces la solución para aligerar las tasas de paro que podían darse de este proceso. El propio régimen, a través del sindicato vertical, seleccionaba a los candidatos para llevarlos a las fábricas alemanas o a las minas belgas. Se procuraba por todos los medios que los obreros cualificados no saliesen del país, ya que la economía española no se había recuperado todavía de la fuga de cerebros que se había dado con la Guerra Civil.
Ilegales y en barracones, los españoles en el extranjero
La burocracia sin embargo siempre se queda por detrás de la realidad. El régimen franquista, que se vanagloriaba de la limpieza con la que había organizado el proceso migratorio, fue realmente incapaz de controlar la ola de emigrantes que escapaba como podía de la pobreza franquista.
En la década de 1960, el Estado español registró 617.909 emigrados, mientras que las administraciones de los países de acogida registraron 1.257.640. Más de la mitad de los emigrados marcharon de forma irregular o ilegal, sin la documentación necesaria. Las condiciones burocráticas que imponía el régimen hacían propensa la salida ilegal para los trabajadores españoles, especialmente para las mujeres. Por ejemplo, las mujeres entre los 18 y los 25 años requerían de un permiso paterno para poder salir del país, las menores de 21 debían salir acompañadas y las casadas necesitaban el permiso de su marido.
El trabajo en el extranjero estaba bastante más feminizado que en España. En 1968, el 26% de los trabajadores españoles en Francia eran mujeres, en Suiza durante el mismo año alcanzó a ser el 37,4% de la fuerza laboral española. Todavía en 1975 en España la tasa de trabajadoras mujeres no llegaba al 25%.
La inmigración ilegal no comenzó de todas formas con los convenios entre el Estado español y la Europa “desarrollada”. Ya en 1948, el fiscal del Tribunal Supremo hizo un llamamiento a vigilar las salidas ilegales que se estaban dando en la frontera francesa. Al principio esa inmigración “alternativa” se dio con la reactivación de redes migratorias anteriores, como fue el caso del sudeste francés, que contaba con una colonia española significativa. Sin embargo, con la masificación de la emigración en la década de los 60, los españoles empezaron a migrar a lugares como Reino Unido o Alemania, donde no existían poblaciones significativas de origen ibérico.
El volumen de inmigración ilegal fue tal que surgieron mafias de contrabando de personas y diversas formas de fraude, desde falsificación de billetes y pasaportes, reclutamiento ilegal por parte de las empresas europeas o el paso clandestino de obreros portugueses por territorio español para llegar a Francia. Las prácticas ilegales de cruce de fronteras no eran esporádicas, sino que alcanzaron un carácter crónico, eran una parte fundamental del proceso migratorio.
La irregularidad en el propio trabajo era también muy frecuente, especialmente en los trabajos más precarios y entre las mujeres. En 1975, de las 200.000 mujeres españolas empleadas en servicio doméstico, solo un cuarto cotizaba en la Seguridad Social. La situación era similar en Inglaterra, país en el que la gran mayoría de la inmigración fue irregular, ya que nunca contó con un convenio de migración firmado con el Estado español.
La inmigración bajo el capitalismo es inmune a los regímenes legales que se le quieran imponer. Cerrar fronteras y poner muros no la evita, solo la complica, la hace más sangrienta y coloca a los obreros migrantes en una situación todavía más desfavorable. La inmigración surge de la necesidad, tanto de los propios obreros migrantes, que huyen de sus países por necesidad económica, como de las economías de los países receptores, que necesitan de mano de obra en poblaciones decrecientes o en recesión.
Ilegales o no, las condiciones de los trabajadores españoles eran siempre nefastas. Barracones insalubres, desigualdad salarial, represión y xenofobia eran norma dentro de la vida del emigrante español, que compartía ese tipo de penurias con los obreros inmigrantes de otros países como Italia, Turquía, Grecia y Yugoslavia.
La incidencia laboral era exagerada. En la Renault de Billancourt, entre los OS (obreros especiales, es decir, sin formación) uno de cada 5 trabajadores había quedado amputado. Los OS, por su condición de no cualificados, eran en su mayoría extranjeros. Los accidentes se hacían pasar por enfermedades, lo que maquillaba los datos de incidencia laboral enormemente. Tomar una baja médica venía contestado con represalias por parte de la patronal. En la fábrica de Philips de Eindhoven los obreros que volvían de la baja eran castigados con un peor puesto a la vuelta de la baja.
La vivienda era otro enorme drama en la vida de los emigrantes españoles. El chabolismo no fue poco común, aunque sí minoritario, unos 5.000 en Francia, como tampoco lo era entre los migrantes rurales de las grandes ciudades como Madrid y Barcelona. Los alquileres de las ciudades al norte de los Pirineos solían ser demasiado caras para los emigrados, su condición de extranjeros (normalmente con familias
numerosas) no ayudaba tampoco a ganarse la simpatía de unos rentistas xenófobos y avariciosos. En Alemania, se llegaron a ver carteles que negaban el alquiler a los españoles con frases como: abstenerse españoles.
Muchos llegaron a vivir en barracones, en los que pagaban alquiler a las empresas que los empleaban. En Alemania, llegó a ser el 80% quienes vivían en este tipo de alojamientos, en los que cada habitación albergaba de 4 a 8 personas, a veces incluso con la cocina en la misma habitación que las camas. Las malas condiciones higiénicas y la insalubridad propiciaban la propagación de enfermedades dentro de la barraca. En febrero de 1965, fue clausurada por la Seguridad Social la residencia de la Ideal Standard, una empresa de aparatos de calefacción, porque en un solo mes se habían dado 6 casos de tuberculosis. Dormían 8 obreros en la misma habitación, durmiendo por relevos. En estos alojamientos se llegaban a prohibir visitas del otro sexo y propaganda política, como en las barracas de la Phillips.
La vida política de los emigrados, control, disidencia y organización colectiva
Al igual que hoy en día, el foco sobre los inmigrantes era enorme por parte de las sociedades “de acogida”. En Suiza se llegaron a organizar dos referendums, en 1964 y 1973, en torno a la organización de deportaciones masivas de extranjeros. La xenofobia fue rampante y organizada políticamente desde las primeras llegadas. En Alemania se bautizó a los españoles con la expresión “messerstecher” (navajero), se acusaba al migrante español de delincuente con mucha frecuencia en periódicos, televisión y mítines políticos. En Francia, ya desde 1947, la extrema derecha nombró a los exiliados españoles como “invasores comunistas”, la idea de que venían extranjeros con ideas marxistas no fue abandonada durante los años de la migración española.
Los emigrados españoles no fueron solo carne de cañón para los distintos discursos políticos de la época, sino que fueron en muchos casos agentes políticos activos, lo que conllevó también una fuerte represión hacia ellos. En la mayoría de los países de acogida su asociacionismo era ilegal. Durante los primeros años de la inmigración se prohibió la entrada de españoles en sindicatos locales o nacionales. En Suiza, bajo la premisa de la “paz del trabajo” se prohibió la militancia antifranquista, encabezada por el PCE, con el lógico miedo de que la organización política de la clase obrera migrante conllevase huelgas y reclamos por condiciones dignas. Los migrantes españoles no fueron los únicos perseguidos por la confederación suiza. Antes de la llegada de españoles, el gobierno suizo había reprimido dentro de sus fronteras al Partido Comunista Italiano, que trataba de organizar a los obreros migrantes italianos. Mucha de la represión dada fuera de España se dio también para ganarse el beneplácito del régimen de Franco.
A pesar de todo, la militancia dentro del proletariado inmigrante, si bien no fue esporádica, si fue minoritaria. El estatuto de temporero que estos trabajadores tenían en Alemania o Suiza provocaba miedo a las futuras represalias que se pudieran dar en la vuelta a casa. El franquismo no solo trató de controlar el flujo de migrantes, sino que dentro de las comunidades españolas en el extranjero redobló sus esfuerzos en torno a controlar su vida política. Trató de imponer la misma censura e inmovilismo que trataba de imponer en su propio Estado. Sus grandes aportaciones vinieron a través de misiones católicas y de misiones propias de organizaciones neutras o en apoyo al franquismo. Diversas asociaciones como centros culturales (las llamadas Casas de España) servían como un emisor de la ideología franquista en el extranjero, bajo la máscara de la cohesión de los españoles en tierra extranjera. En Francia, donde la población española era más antigua, muchas de esas asociaciones precedían a la propia dictadura. Casas como el Hogar de los Españoles de Saint Denis eran centros neurálgicos para muchos emigrados, con sesiones de cine, bar y servicio de información y orientación. En 1968 se fundó la Federación de Asociaciones de Emigrantes Españoles en Francia (FAEEF) que centralizó y puso bajó financiación estatal las diversas iniciativas sociales y culturales españolas en toda Francia, con el objetivo de mantener un control más severo sobre la población migrante y aumentar el altavoz ideológico entre esta.
La Iglesia tuvo fuera de España la misma relación complicada con el franquismo que tuvo dentro. Si bien su colaboración institucional con el régimen fue grande, ya que muchos de esos centros sociales se mantenían gracias al trabajo eclesiástico, las misiones católicas trabajaron en ciertos casos como competencia de los centros culturales franquistas, proveyendo sus propias actividades y servicios. El nacimiento de sectores descontentos con el régimen dentro de la Iglesia española ayudó a que la relación Iglesia-Estado se complejizase con los años.
Por otro lado, surgieron los Centros Culturales Democráticos Españoles, llevados por el PCE y el UGT. En un solo año se fundaron 12 de estos centros. En Alemania, el sindicato DGB promovió y apoyó la fundación de muchos de estos centros. Al igual que con los centros afines al franquismo, muchos habían sido fundados antes de la llegada del PCE por exiliados, como fue el caso del Centro García Lorca en Bélgica, pero fue este partido el que organizó la “contracultura” en el exterior de España. En 1968, en Suiza, se fundó la Asociación de Trabajadores Emigrantes Españoles en Suiza (ATEES) impulsado por militantes comunistas, que llegó a convertirse en una federación de asociaciones que llegaba a los comités de empresa de toda la confederación helvética. Hay que decir que el PCE no se limitó a crear sus propias instituciones, sino que intentó también infiltrarse en los centros culturales y políticos
del régimen en el extranjero, como hacía dentro de España Comisiones Obreras en el sindicato vertical falangista. La FAEEF entonces llegó a tener acercamientos con la CGT (sindicato de izquierdas francés) e incluso a participar en reuniones prodemocráticas en 1973.
Cabe resaltar la relación ambigua entre los sindicatos y los trabajadores españoles. La política sindical estuvo fuertemente marcada por el corporativismo (relación “simbiótica” entre sindicatos y Estado, con la que se intenta aminorar la lucha de clases con colaboracionismo entre estas) en todos los Estados menos Francia, donde el sindicato mayoritario (la CGT) era de tendencia comunista. En cuanto a la emigración, la mayoría de sindicatos pasó de un rechazo inicial (bajo la premisa de la protección de la mano de obra local) al reconocimiento de que era necesaria la entrada de nuevos trabajadores que supliesen la mano de obra local. La CGT por ejemplo pasó de pedir el cierre de fronteras en 1948 a publicar panfletos en español. Los obreros españoles participaron codo con codo en muchas de las luchas sindicales de la época, y en casos como los de Alemania tenían sus propias secciones dentro de los sindicatos. Los sindicatos comenzaron a luchar para que los españoles y otros migrantes ganasen los derechos políticos que merecían.
Nativa o extranjera, la misma clase obrera
Las historias de la España migrante resuenan entre las vidas de los obreros que hoy en día cruzan ilegalmente las fronteras en los bajos de un camión. Ya en la época de Marx, éste denunciaba cómo los obreros irlandeses eran enfrentados con los obreros ingleses de Londres bajo principios étnicos. Es una técnica primigenia de la burguesía dividir a la clase obrera en torno a la nacionalidad, limitar sus fuerzas promoviendo su desunión. La propia clase capitalista se divide entre naciones, entre empresas que compiten entre sí para arrancarse los trozos del mercado, quedando unos pocos en pie.
Sin embargo, frente a la clase trabajadora no hay burgueses, solo burguesía. La historia lo ha demostrado así, desde la Comuna de París hasta el asesinato de Carlo Giuliani.
Es por ello que la clase obrera no se puede contentar con limitar su organización y sus miras a una sola nacionalidad. El grito “nativa o extranjera, la misma clase obrera” es una de las consignas más importantes para un movimiento revolucionario que necesita ser liderado por unas masas cada vez más marcadas por la migración.
Mucho más nos une de lo que nos separa. Vivimos en los mismos barrios, explotados por la misma clase, con las mismas perspectivas desesperantes de un capitalismo en crisis que no presenta soluciones más que para el puñado que no las necesita.
No hay una enemistad natural entre el campesino senegalés hacinado en una chabola y el estudiante español que no ve posibilidad de independizarse hasta los 30 años. La miseria de ambos nace de una misma fuente, la clase capitalista, que acapara el poder social, económico y político.
Imagen de portada: Salida de emigrantes para Bélgica. IGLESIAS. 1957
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