El capitalismo mata al planeta ¡Hace falta una revolución! – Parte II: El cambio climático en el Estado español

Los efectos del cambio climático también tendrán repercusiones muy graves en el Estado español. Se han publicado algunos informes detallados en los últimos meses al respecto. Entre ellos, destacan los difundidos por la organización ecologista Greenpeace a fines de 2018 y el proyecto Open Data Climático, elaborado por la Agencia Española de Meteorología (Aemet)  y el Ministerio para la Transición Ecológica, que recoge algunas evidencias de los impactos del calentamiento global en España en los últimos 40 años.

Según el informe de Greenpeace, se espera que este siglo se produzca un aumento de entre 10 cm y 68 cm del nivel del mar en las costas españolas. Esto provocará la pérdida de playas, sobre todo en el Cantábrico, y la inundación de buena parte de las zonas bajas costeras, especialmente los deltas del Ebro, el Llobregat y la Manga del Mar Menor en Murcia. Ciudades como A Coruña, Gijón, San Sebastián, Barcelona, Valencia o Málaga, se enfrentarán al hundimiento de parte de su callejero. El aumento del nivel del mar también favorecerá la filtración de agua marina y la salinización de acuíferos costeros, problema que se acrecienta con la sobreexplotación de recursos derivados de la urbanización de zonas cercanas al mar, lo que requiere una mayor cantidad de agua extraída del subsuelo para abastecimiento.

En el informe de Aemet se analiza la temperatura superficial del Mediterráneo. Y concluye que aumenta 0,34 grados centígrados por década desde principios de los ochenta. A su vez, esta aportación de calor causa una expansión termal “que contribuye al incremento del nivel del mar”.

Vinculado al aumento de la temperatura del mar está el fenómeno de las especies invasoras, algunas especies nativas no podrán sobrevivir y algunas otras invasoras se expandirán, como ya estamos viendo con el mejillón cebra, el mosquito tigre o las medusas. También vemos la proliferación de algas provenientes de otras latitudes que están dificultando la pesca en zonas del Mediterráneo y el Golfo de Cádiz. Según un trabajo liderado por el Instituto de Ciencias del Mar (ICM-CSIC) la combinación del cambio climático y la sobrepesca es un cóctel explosivo que podría provocar una auténtica devastación de la fauna marina.

Los vientos más húmedos, por la más rápida evaporación del agua del mar, y el mar más cálido se traducen en un aumento del riesgo de inundaciones en el Mediterráneo. Habrá más olas de calor y veranos más calurosos con noches tórridas, así como un aumento de las lluvias torrenciales. Estos fenómenos se agudizan sobre todo por efectos relacionados con la especulación inmobiliaria y turística, como la deforestación de zonas de sierra, los cambios de usos del suelo y la ocupación del territorio. Según el último informe A Toda Costa elaborado por Greenpeace y el Observatorio de la Sostenibilidad, los ecosistemas costeros contribuyen a la amortiguación de inundaciones. Sin embargo, la expansión del ladrillo en zonas costeras durante los últimos 30 años ha provocado la degradación de los beneficios ambientales que proporciona un litoral en buen estado. Baleares es la región que más ha sufrido esta pérdida, debido a que la vegetación de la ribera de los cauces de agua se ha reducido casi a la mitad en la última década.

Otro efecto importante será la intensificación de la sequía. Un estudio realizado por un equipo internacional con participación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha demostrado que los árboles más grandes y de mayor altura serán los más vulnerables a la sequía. Superar el límite de 1,5 ºC depararía un mayor incremento del calor extremo, lluvias torrenciales y mayor probabilidad de sequías, lo que tendrá un efecto directo sobre la producción de alimentos, sobre todo en zonas sensibles, como el Mediterráneo.

Asímismo, las olas de calor son ya cada vez más frecuentes. Los escenarios futuros barajados por Greenpeace indican que se repetirán cada verano y superarán los récords de temperaturas hasta ahora registrados. De hecho, este fenómeno ya se ha duplicado desde que tenemos datos. Y en la práctica se está generando una escasez de agua que mata bosques enteros, incluso de árboles tan recios como las encinas, muchas de las cuales ya tienen hojas rojas, síntoma de su agotamiento y futura muerte. Desde 1975, la duración de las olas de calor ha ido en aumento en España. En 2015 se sufrió un episodio de 26 días de duración. Si no se reducen las emisiones de gases de efecto invernadero, en el año 2100 podrían durar hasta tres meses.

El más relevante de los informes, publicado por Aemet, afirma que el verano dura ahora de media en España casi cinco semanas más que a principios de los años ochenta del siglo pasado. Y, además, es más caluroso.

Este aumento de las temperaturas tiene un efecto directo sobre las ciudades más que sobre las zonas rurales; esto es el efecto “isla de calor”, que, en el contexto del cambio climático en el que cada año batimos récords de temperaturas mínimas y máximas, significa que las horas más frescas, como el amanecer, cada vez lo son menos. En los próximos años, las ciudades se calentarán por el día mucho más y no podrán “refrescarse” por la noche debido al calor acumulado durante el día que emiten, aumentando las temperaturas nocturnas. Esto a su vez hace que el uso de aparatos como el aire acondicionado se dispare, contribuyendo a un mayor gasto energético e impacto medioambiental; esto también es perjudicial para la salud de las personas que no tienen acceso a estas medidas de “protección” contra el calor, traduciéndose en una mayor dificultad para dormir, y los problemas de salud que eso conlleva.

Otro efecto importante tendrá lugar en la alta montaña, fundamentalmente los Pirineos. En nuestro país ya se han perdido más del 80% de los glaciares pirenaicos y para 2050 podrían desaparecer irreversiblemente. De los 52 glaciares que había en 1850 han desaparecido ya 33, la mayoría de ellos después de 1980. Las 3.300 hectáreas de lenguas de hielo que existían a principios del siglo XX en el Pirineo se han reducido a 390.

Un aspecto particularmente dramático corresponde a los incendios forestales. El año 2017 superó ya los datos de la media de la última década: mayor número de incendios forestales, mayor superficie afectada y mayor número de grandes incendios forestales (superiores a 500 hectáreas). 2017 fue el peor año de la última década, con un total de 56 grandes incendios contabilizados. Y en 2019 se han quemado 4 veces más hectáreas que en 2018. El cambio climático es una de las principales causas de estos fenómenos, como consecuencia directa de un descenso progresivo de las precipitaciones, agostando el suelo. Además, explica por qué los incendios están cambiando, empeorando las condiciones de inicio y de propagación. Bien es cierto, que esto se agrava por las políticas de recortes de gastos públicos y privados en el mantenimiento, cuidado, limpieza y prevención de incendios en los bosques españoles.

Sumado al empeoramiento de las sequías se suma la amenaza de la desertificación. El Estado español es muy vulnerable a la desertificación. En julio de 2017, los paleoecólogos Joel Guiot y Wolfgang Cramer anunciaron en la revista Science que en 2090 la península Ibérica podría llegar a ser ser como el Sáhara si continúa aumentando la temperatura media del planeta. En ese año las comunidades más secas habrán avanzado desde la esquina sudoriental de la península; y la mitad de la península, desde Alicante hasta Lisboa, habrá sido devorada por el desierto. Basándose en ese escenario, la temperatura en Madrid aumentará de 3ºC a 4 ºC, igualando la de Casablanca (Marruecos). Guiot y Cramer advierten que en el próximo siglo surgirán ecosistemas en la cuenca mediterránea que no tienen precedente en esta zona en los últimos 10.000 años. Según los expertos, el 75 % del suelo de la Península es susceptible de sufrir desertificación. Además, un 20% del terreno ya se puede considerar desértico.

El informe de Aemet, antes mencionado, resalta también que “la superficie con clima semiárido ha aumentado” en 30.000 kilómetros cuadrados –un área similar a la de Galicia– en los últimos 50 años en España. Las zonas más afectadas por ese incremento son Castilla-La Mancha, el valle del Ebro y el sureste peninsular. Se trata de áreas de climas mediterráneos clásicos o continentales que se han transformado en semiáridos y han sufrido una reducción de las lluvias.

Dentro de los impactos sociales del cambio climático son especialmente relevantes los efectos sobre nuestra salud. Los expertos auguran un aumento de la mortalidad vinculada a las olas de calor, una mayor incidencia de enfermedades relacionadas con la contaminación atmosférica (alergias), el agravamiento de las enfermedades circulatorias y respiratorias debido principalmente a extremos térmicos (olas de calor y frío) y el aumento del riesgo de enfermedades tropicales transmitidas por mosquitos (como el dengue, o la fiebre Chikunguya).

Pero eso no es todo. “Con el aumento de las concentraciones de NO2 y del ozono se magnifican los problemas en el aparato respiratorio o se exacerban los casos de Alzheimer y de Parkinson, según han constatado más de 15 años de investigación en nuestro centro”, según Cristina Linares Gil, científica titular del Instituto de Salud Carlos III e integrante del grupo de expertos para el Sexto Informe del IPCC sobre el cambio climático.

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