El capitalismo viste de explotación
Andy Sucks va a levantase para recibir un premio que reconoce su trayectoria como periodista, cuando a su mesa, donde se sientan sus compañeras y compañeros de la sección del periódico, les llega una noticia:
—Todos — dice el compañero
— ¿Todos? — responde Andy — pero si dijeron que…
— Tranquila, ya lo resolveremos, vete a recogerlo.
Sorprendida y asustada, Andy da un discurso inspirador sobre la importancia del periodismo, ante la sed de dinero que demuestran las empresas, empresas como las que han comprado y absorbido el periódico donde ella trabaja y han decidido recortar gastos para desechar secciones enteras y echar a decenas de trabajadores.
Así es como comienza El Diablo viste de Prada II (en referencia a la empresa de moda de lujo italiana, Prada), entrega esperada por muchos. A primera vista, esta gran producción empieza con escenas verdaderamente realistas: imposibilidad de hacerle frente al alquiler, la mala calidad de vida (el grifo de la protagonista echa agua marrón) y, sobre todo, honda sensación de que las fusiones, traspasos y absorciones de una empresa a otra no solo merma la calidad de cualquier ámbito profesional y cultural, sino que deja a la deriva a cualquier trabajador, tenga experiencia o no.
Pero Hollywood es Hollywood. Miranda Priestley, figura que nos remite a Anna Wintour, cara pública de Prada, tiene problemas en cuanto a su imagen. Se han filtrado imágenes que la comprometen por demostrar el maltrato (que ya quedó caracterizado en la primera entrega) hacia sus trabajadores. Andy Sucks será la solución del verdadero jefe, cabeza de la empresa que había absorbido a Runway, la revista que encabeza Priestley. La deriva que tomará la película cambiará de tono y problemática enseguida, pues todo el componente de crítica que pudo deslizar al principio quedará obsoleto.
Más allá de esto, no se darán muchos más detalles, salvo el dato de que se blanqueará y humanizará a la estilosa explotadora, encarnada por Meryl Streep, hasta querer borrar la relación de poder entre trabajador-capitalista.
La casuística ha querido que el estreno de esta película haya enlazado, precisamente, con la gala dirigida por Anna Wintour, la parodiada en cuestión. En un contexto donde Estados Unidos está viviendo una de las épocas más convulsas en cuanto a la legitimidad de la clase capitalista, Jeff Bezos ha sido incluido como patrocinador principal y copresidente honorario de la Gala Met. Esto implica, por un lado, ir en contra de la tradición o norma de tener una casa de moda como patrocinador principal, y, por otro, causar un gran revuelo y polémica.
El circo se ha acabado para la clase capitalista. Una pasarela como esa, que siempre se ha observado como un lugar prestigioso para hacer alarde de la belleza y el Haute Couture, es más bien una pantomima mal orquestada. De entrada, porque el precio para poder participar en la gala es de 100.000 dólares. Como se puede imaginar, el evento se utiliza más para promocionar ciertas marcas, dar más bombo a los artistas y deslumbrarnos con su opulencia. Tanto es así que muchos olvidan que el objetivo en sí, en un principio, era organizar una cena benéfica para recaudar fondos para el Instituto del Vestido del Museo Metropolitano de Arte. La broma, como es evidente, se muestra sola. Lo que para muchos era una ocasión sincera de disfrutar de lo último de la moda y disfrutar de la diversidad de propuestas, se ha convertido en un escaparate de unos individuos que parecen reírse de la gente trabajadora. Ahora más que nunca, es la constatación de la diferencia de poder económico que hay entre clases, cosa que otros años era más sutil.
El ambiente en New York ha sido especialmente convulso, pues se ha desplegado toda una campaña en contra de la gala, a raíz de que un empresario con tantas acusaciones de explotación laboral esté estrechamente vinculado. El mensaje era claro: boicot a la Gala Met. Tanto es así, que figuras públicas e institucionales como Zohran Mamdani no han acudido, alegando que «Prefiero estar centrado en que la ciudad más cara de Estados Unidos sea más asequible para sus ciudadanos».
Dejando de lado actos más o menos simbólicos por figuras que conforman ese mundillo elitista (Meryl Streep y Zendaya tampoco han acudido), dice mucho la reacción de la clase trabajadora. Como respuesta a la Gala Met, se han organizado otras alfombras rojas que tenían como figurantes a todo tipo de trabajadoras y trabajadores de la ciudad, vestidos de gala por diseñadores minoritarios que, evidentemente, no tienen la plataforma de las grandes casas.
Todo esto no es de extrañar. Tras uno de los mayores batacazos de imagen de la clase capitalista, ya denominada clase Epstein, la clase trabajadora estadounidense (y mundial) ha despertado en gran medida de su letargo. Los problemas del día a día se acrecientan por una inflación espantosa, mientras muchos no son capaces ni de hacer frente a los recursos mínimos con su sueldo. No tienen garantizada ni la salud ni la educación, y, para colmo, su presidente, el cual ha frecuentado una isla donde se cometían unos delitos atroces, junto con muchos otros, ha empujado al país a otra de sus aventurillas imperialistas.
Con esto viene un cuestionamiento de esta clase dirigente en su totalidad. Bezos, uno de los grandes multimillonarios, es odiado por muchos al vincularlo directamente con el sufrimiento que viven todos los días. Estos, a pesar de promocionar películas como la ya mencionada y montar el circo de la Gala Met para limpiar su imagen en pos de la Moda y el Arte, no pueden evitar una rabia que se acrecienta cada semana. Como Miranda Priestly, se enfrentan a ver tambalear su poder, su posición, puesto que, enriquecerse a costa de la explotación de millones es algo que no se puede ocultar ni con un abrigo de Prada.
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