El silencioso desperdicio del potencial humano – La alienación y los límites del capitalismo
“¿Qué pasa con un sueño aplazado?
¿Se seca
como una pasa al sol?
¿O supura como una llaga
y luego revienta?
¿Huele a carne podrida?
¿O se encostra y se azucara,
como un dulce empalagoso?
Quizá simplemente se vence
como una carga pesada.
¿O acaso explota?”
Langston Hughes
Contenido
El polvo sobre los pinceles
Sucede más rápido de lo que la mayoría imaginamos. En algún momento, una joven con talento para el dibujo deja de pintar, un músico deja de tocar, un estudiante abandona los estudios. No porque desaparezca el deseo, sino porque la vida se le echa encima y termina aceptando un trabajo ajeno a su campo porque la alternativa es el paro.
El mundo rara vez se fija en estos pequeños funerales.
La sociedad no está organizada para lamentar el potencial abandonado. Trata estas decisiones como algo normal, incluso responsable. Hay que ser práctico. Hay que madurar. Hay que pagar las facturas. Hay que dar de comer a los hijos.
Pero bajo ese lenguaje de la practicidad suele esconderse algo mucho más doloroso: el lento reconocimiento de que la vida que uno imaginó ya nunca va a suceder. El sueño que parecía dar sentido a soportar todo lo demás, es ahora su contrario.
Lo que desaparece en esos momentos no es simplemente un pasatiempo o una ambición juvenil. Se pierde algo más profundo: la posibilidad de desarrollar una parte de uno mismo que exigía expresarse.
Multipliquemos esta experiencia por millones de vidas y la magnitud de la pérdida se vuelve abrumadora.
Aunque cada caso parezca privado, la historia se repite a lo largo y ancho de toda una sociedad. Y ahí deja de ser algo personal para convertirse en un fenómeno social.
El desgaste: el cerebro humano y el trabajo alienado
Hace ya más de 175 años, Carlos Marx estaba arrojando una luz brillante sobre este problema.
En sus Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, Marx describió la condición que, a su juicio, definía el trabajo bajo el capitalismo: la alienación.
En la formulación de Marx, la alienación no significa simplemente estar insatisfecho con tu empleo. Se refiere a un desgarramiento, a una fractura entre los seres humanos y aspectos decisivos de su propia esencia.
Bajo el capitalismo, los trabajadores se alienan de cuatro maneras fundamentales: del producto de su trabajo; del proceso de trabajo mismo; de otros seres humanos; y de su propio “ser genérico” — su capacidad para la actividad consciente y creadora.
Los seres humanos somos únicos entre los animales porque producimos de manera consciente. Imaginamos, planificamos, experimentamos y creamos.
Pero cuando el trabajo queda reducido a un mero medio de supervivencia, en lugar de ser una expresión de la creatividad y la capacidad, ese aspecto esencial de la vida humana se deforma.
El trabajo se vuelve algo externo al trabajador. En lugar de ser una forma de autorrealización, se convierte en algo que simplemente se soporta.
Marx escribió:
“[…] en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí.”
Para millones de personas hoy, esta observación sigue resultando dolorosamente familiar.
Pero las consecuencias de la alienación no son solo filosóficas o sociológicas. Cada vez son más visibles en el propio plano del cerebro humano.
En las dos últimas décadas, los neurocientíficos han comenzado a estudiar los efectos biológicos del estrés crónico, el llamado burnout (o desgaste), y las largas jornadas laborales mediante tecnologías de imagen cerebral como la resonancia magnética funcional (RMf) y la resonancia magnética estructural. Lo que revelan estos estudios es llamativo: el estrés laboral prolongado parece remodelar regiones cerebrales responsables de la regulación emocional, la memoria y la toma de decisiones.
Diversos estudios utilizando RMf han encontrado indicios de que las personas que sufren estrés laboral crónico presentan alteraciones en la corteza prefrontal, la región del cerebro responsable de funciones ejecutivas como la planificación, la atención y la autorregulación. Niveles más altos de burnout se asocian con una menor actividad en la corteza prefrontal dorsolateral, lo que sugiere que el estrés prolongado interfiere en la capacidad del cerebro para regular la emoción y la cognición.
Al mismo tiempo, otras regiones cerebrales implicadas en la detección de amenazas y el procesamiento emocional parecen volverse hiperactivas.
La investigación sobre estrés laboral de larga duración ha observado cambios estructurales como la hipertrofia de la amígdala, la estructura cerebral asociada al miedo y a las respuestas de estrés, junto con reducciones en regiones vinculadas al control cognitivo.
La imagen que emerge es la de un sistema nervioso empujado gradualmente a un estado de alarma crónica, y a un deterioro estructural del cerebro humano que no se explica simplemente por el envejecimiento.
Los circuitos cerebrales del estrés evolucionaron para ayudar a los organismos a responder ante peligros inmediatos. Pero cuando la respuesta de estrés se activa de manera continua —por las largas jornadas, la inseguridad económica y la presión psicológica constante— el sistema empieza a fallar.
Investigaciones recientes sugieren incluso que estas presiones pueden estar asociadas a cambios estructurales visibles en el cerebro. Un estudio con resonancia magnética de 2025 sobre trabajadores sanitarios encontró que quienes trabajaban más de 52 horas semanales presentaban diferencias estructurales medibles en múltiples regiones cerebrales implicadas en la regulación emocional, la atención y la toma de decisiones.
Otros estudios han relacionado determinadas formas de estrés ocupacional, especialmente las asociadas a una elevada carga física en el trabajo, con un menor volumen del hipocampo, una región cerebral esencial para la formación de nuevos recuerdos y la regulación emocional. En estos estudios, los trabajadores expuestos a mayores demandas físicas presentaban hipocampos de menor tamaño y un peor rendimiento en pruebas de memoria.
Estos efectos neurológicos se corresponden de forma muy estrecha con lo que los clínicos observan a nivel psicológico. El estrés laboral crónico está fuertemente asociado con depresión, ansiedad, burnout y deterioro cognitivo. Algunas grandes revisiones sugieren que el estrés persistente puede más que duplicar el riesgo de depresión, al tiempo que deteriora la función prefrontal y reduce áreas implicadas en el aprendizaje y la memoria.
En otras palabras, la experiencia que Marx describió como alienación —la separación del ser humano respecto de una actividad con sentido y del control sobre su propia vida— es una condición observable en el propio cuerpo.
El lugar de trabajo moderno no se limita a agotar al trabajador. Con el tiempo, empieza a remodelar los sistemas biológicos que regulan la emoción, la motivación y la cognición.
Lo que al principio parece una lucha psicológica individual —el agotamiento silencioso, la depresión que se arrastra, la pérdida de energía creativa— suele reflejar algo mucho más grande.
El modo de producción y su mecanismo esencial de supervivencia, esto es, la apropiación de la plusvalía generada por el trabajador, ha impuesto unas condiciones de vida para las que el organismo humano no fue diseñado.
El mito de la responsabilidad individual
La Organización Mundial para la Salud (OMS) agregó el término Burnout a su Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE). Este sistema se describe como el estándar mundial para registrar y codificar diagnósticos. Sin embargo, la OMS aclara que el desgaste o burnout no está clasificado como una condición médica, sino como un “fenómeno ocupacional”.
Esta clasificación no es accidental. El capitalismo (y las instituciones que operan y obedecen a su lógica y control) busca siempre desplazar la responsabilidad hacia el individuo.
De manera similar a cómo el sistema promueve la idea de que la falta de éxito profesional está derivada de una falta de esfuerzo, buenas decisiones académicas, etc., ahora nos intenta convencer también de que el desgaste del obrero es un fenómeno ocupacional debido a la “mala gestión” del estrés.
“El síndrome de burnout se conceptualiza como un síndrome resultante del estrés crónico en el lugar de trabajo que no ha sido gestionado de manera eficaz”.
Los marxistas no nos planteamos que la psicología y la terapia individual sean inventos del sistema capitalista. Incluso bajo las mejores de las condiciones y modo de producción, habrá siempre utilidad para una ciencia y profesión que consiste en comprender las emociones, conductas y patrones cognitivos, y asistir en su gestión. Lo que resalta como cruel es reconocer el fenómeno del desgaste del obrero, y sus consecuencias biológicas y emocionales, y presentar la responsabilidad sobre el individuo y no sobre el sistema.
Algunas de las compañías y empresas que se intentan posicionar como más liberales llegan a incluir en su paquete de beneficios para el trabajador unas pocas horas de psicoterapia pagadas por el empleador. Sin embargo, con frecuencia el problema persiste sin importar cuánto intente ayudar el psicoterapeuta, puesto que las condiciones de trabajo se mantienen iguales.
El aumento de tendencias como los autocuidados, las recomendaciones de emplear el tiempo en hobbies, y la increíble mercadotecnia desplegada para vendernos productos relajantes (gel de baño de aceite de lavanda, lámparas de simulación de luz solar…) solo ocultan la cruda realidad: el sistema continuará explotando a los trabajadores hasta la enfermedad, mientras ofrece falsos paliativos de cuestionable efectividad.
Si el sistema depende de la apropiación de la plusvalía y la explotación desenfrenada del obrero, lógicamente no puede sino intentar distraer la atención sobre las causas del deterioro mental y psicológico creciente de la clase trabajadora.
La propuesta marxista: cambiar las condiciones, no adaptar a las personas
Desde una perspectiva marxista, el problema no reside en la incapacidad individual para gestionar el estrés, sino en una organización del trabajo que convierte al trabajador en un medio para la acumulación de capital. Si las condiciones materiales producen enfermedad, la solución no puede limitarse a enseñar técnicas individuales de afrontamiento, sino que debe transformar las propias condiciones que generan el sufrimiento.
Si bien la revolución internacional comunista es a fin de cuentas la única vía objetiva para derrocar el capitalismo y organizar un modo de producción bajo el control obrero, el camino hacia ese objetivo tendrá también pequeñas batallas que libraremos mientras tanto.
Las luchas por la reducción de la jornada laboral; mayor control de los trabajadores sobre el proceso productivo; participación democrática en las decisiones; eliminación de ritmos de trabajo destructivos; estabilidad laboral; mayor cooperación frente a competencia; redistribución de la productividad… son todas reivindicaciones que los comunistas apoyamos puesto que serán escalones hacia el modo de producción que la humanidad merece y necesita.
Nada de esto se puede conquistar a nivel individual. Puesto que el problema es estructural, corresponde entonces organizarnos, rebelarnos contra el mea culpa que el sistema intenta hacernos absorber, y en su lugar responder en un coro de voces que exija el control obrero de la producción.
La única respuesta posible al desgaste individual y colectivo de la clase trabajadora, es la lucha organizada y consciente. Porque, en el último análisis, no estamos solos ni solas, y somos más.
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