En defensa de Trotski y del “Programa de Transición”. Respuesta a Mario Aguiriano y Gabriel Miasni

Desde hace un tiempo venimos observando una creciente atención hacia el trotskismo en el seno del Movimiento Socialista (MS), que los compañeros de la dirección vienen canalizando en publicaciones teóricas de su entorno, como Marx XXI, y el sitio web contracultura.cc.

Sabemos, concretamente, que hay un interés particular por una de las principales obras de León Trotski, El Programa de Transición – La agonía del capitalismo y las tareas de la IV Internacional, que fue escrito como documento político para el congreso fundacional de la IV Internacional, celebrado en París en septiembre de 1938, un año antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Al respecto, hemos tenido conocimiento tardío de dos artículos donde los camaradas abordan este importante texto político, o hacen alguna referencia al mismo. Tales son el artículo Acerca del esquematismo: un aporte al debate con nuestros críticos, escrito por el compañero Gabriel Miasni, que apareció en Marx XXI – Independencia política (mayo de 2024) y Por dónde (no) empezar: del economicismo… ¿al Podemos 2.0? (octubre de 2024), escrito por el compañero Mario Aguiriano. El primer artículo es, en parte, una polémica con nuestra organización (en aquel momento, la Corriente Marxista Internacional, hoy la Organización Comunista Revolucionaria), en la que se trata de responder a la caracterización que hicimos en su momento de la concepción del frente único y del poder obrero del MS (ver aquí, aquí y aquí). El segundo artículo aborda una polémica con el partido Anticapitalistas, en relación a las movilizaciones por la vivienda que impulsaba en el otoño de 2024 el Sindicato de Inquilinas de Madrid, impulsado a su vez por Anticapitalistas.

Una respuesta necesaria

Nuestra respuesta está motivada por el hecho de que ambos compañeros plantean toda una serie de asuntos relevantes acerca de Trotski y su obra sobre los que queremos dar nuestra opinión. Como no hemos visto desde entonces nuevos artículos que revisen la posición mantenida por ellos en aquel momento nos parece muy actual esta respuesta.

Para empezar, hay que dejar por sentado que la posición de ambos artículos es abiertamente hostil a Trotski y a su obra. Desde luego, los camaradas tienen perfecto derecho a adoptar esa posición. Pero cabría esperar entonces que, en su crítica, ambos compañeros reprodujeran citas y párrafos de escritos de Trotski, en particular de El Programa de Transición, para que el lector pudiera comprobar por sí mismo la envergadura de los supuestos errores de Trotski. Lamentablemente, los compañeros no han hecho esto y, en su lugar, han interpretado a su manera las posiciones de Trotski y se pide al lector que les crean, no importa lo arbitrario y equivocado de sus conclusiones, como nos proponemos demostrar.

Nos sorprende este método en camaradas dirigentes del Movimiento Socialista, porque no es la manera más adecuada de proceder cuando se critica a otras corrientes políticas o se polemiza con ellas. Nosotros, en particular, cuando hemos polemizado con las posiciones del MS, o criticado algunos de sus planteamientos, siempre hemos reproducido párrafos y hasta fragmentos enteros de sus artículos para no dejar lugar a dudas de cuáles eran las posiciones del MS y en qué se basaba nuestra crítica hacia ellas. Así, todo el mundo puede aprender de una polémica, se esté de acuerdo con una u otra posición. Este fue siempre el método de los grandes maestros del socialismo científico cuando abordaban polémicas con sus oponentes, comenzando por Marx y Engels, continuando por Lenin; y terminando por el mismo León Trotski.

Nuestra respuesta se centrará en lo fundamental en la crítica que hace el compañero Aguiriano a Trotski y al Programa de Transición, pues concentra de manera más acabada las posiciones planteadas por ambos compañeros, aunque también haremos referencias a algunos puntos planteados por el compañero Miasni.

Trotskismo y economicismo

La parte del artículo del compañero Mario Aguiriano dedicada a Trotski y al Programa de Transición se encuentra en el apartado titulado: Viejas raíces. Aguiriano comienza reprochando a Anticapitalistas la defensa de posiciones economicistas en el tema de la vivienda; esto es, la defensa de reivindicaciones económicas desligadas de reivindicaciones políticas y revolucionarias. Mario Aguiriano escribe:

“Aquí, en cualquier caso, estamos no ante un error personal de los autores, sino ante un problema de fondo del trotskismo, rastreable hasta El Programa de Transición esbozado por Trotski en 1938. La premisa mayor de Trotski era que el capitalismo estaba a punto de colapsar. La perspectiva no era del todo descabellada en 1938, pero pocos años después el capitalismo tuvo la insolencia de experimentar el mayor periodo de expansión de su historia. En cualquier caso, partiendo de esta premisa Trotsky planteó la idea de que si se conseguía movilizar a los obreros en torno a una serie de demandas económicas relativamente radicales (esto es, de una serie de reformas), acabarían por sí mismos derribando un capitalismo del todo incapaz de satisfacerlas. Esto es una mala idea. Y lo es porque la revolución debe ser el acto consciente de una mayoría, no una trama en la que se empuja al proletariado mediante ardides hasta que alcance un objetivo que nunca se había llegado a proponer (…) Es creer que el proletariado va a hacer la revolución sin saberlo, radicalizándose no en base a sus necesidades económicas y sobre todo la consciencia de que puede y debe gobernar, sino exclusivamente por medio de lo primero. Es dejar de lado la tarea central de los marxistas: extender la conciencia socialista (la conciencia de la necesidad del socialismo y los medios para lograrlo). Si los trabajadores toman el poder debe ser porque quieren tomar el poder, porque han comprendido que es posible y necesario derribar el Estado de los explotadores e instaurar su gobierno. La tarea de un partido revolucionario es guiarlos en esta tarea. Por ello los bolcheviques no plantearon solamente “Paz, Pan y Tierra” sino que insertaron esta tríada dentro de la consigna “Todo el poder para los sóviets”. Si, por el contrario, los trabajadores derribaran inconscientemente al gobierno capitalista, quien tomaría el poder no sería el proletariado, mediado por su partido, sino una minoría conspirativa. La irrelevancia política de la Cuarta Internacional servía para dar impulso a este tipo de ideas. De ellas participa la pretensión de sustituir la expansión de la conciencia socialista por la mera radicalización de demandas económicas. No hay nada de “democrático” y ninguna “superación de la delegación” en pretender que la gente llegue a posiciones de tu gusto de forma inconsciente. En definitiva, la tentación economicista ya está en esa pieza fundacional del trotskismo que es El Programa de Transición. De aquellos barros, estos lodos”.

Antes de responder a Aguiriano queremos dejar claro que el grupo Anticapitalistas, aunque tiene su origen en la extinta Liga Comunista Revolucionaria y sigue siendo parte del llamado Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional, no es una organización trotskista, como tampoco lo es su organización internacional; de hecho, hace décadas que renegaron de ese término para definirse a sí mismos y, en la práctica, sus posiciones están más cerca del reformismo de izquierdas radical que del marxismo revolucionario. Así que el camarada Aguiriano parte ya de una premisa errónea, catalogar como “trotskistas” las posiciones de Anticapitalistas.

De lo afirmado por Aguiriano sobre El Programa de Transición, sólo cabe concluir que, o bien Aguiriano no lo ha leído y expresa simples prejuicios sacados de otra parte, lo cual no es una buena cosa; o bien, lo ha leído y no ha comprendido una sola palabra de lo que dice Trotski. No sabemos qué puede ser peor.

La afirmación central de Aguiriano es que el economicismo que le reprocha a Anticapitalistas está, por así decirlo, en el ADN del trotskismo, y se puede rastrear ya en El Programa de Transición. ¿Estás seguro de eso, camarada Aguiriano? Si definimos el “economicismo” como un conjunto de reivindicaciones económicas desligadas de la lucha revolucionaria por la toma del poder, Aguiriano pincha en hueso, cuando se refiere al Programa de Transición. A diferencia del compañero Aguiriano, nosotros sí dejaremos hablar al propio Trotski en El Programa de Transición. Aclaramos que todas las cursivas en los textos que vamos a reproducir son nuestras:

“Es preciso ayudar a la masa, en el proceso de la lucha, a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa de la revolución socialista. Este puente debe consistir en un sistema de reivindicaciones transitorias, partiendo de las condiciones actuales y de la conciencia actual de amplias capas de la clase obrera hacia una sola y misma conclusión: la conquista del poder por el proletariado”. (Apartado: El programa mínimo y el programa de transición).

Y continúa en el mismo apartado:

“El objetivo estratégico de la IV Internacional no consiste en reformar el capitalismo, sino en derribarlo. Su finalidad política es la conquista del poder por el proletariado para realizar la expropiación de la burguesía”. (Íbidem)

Esta idea central de que la resolución de las necesidades más importantes y sentidas por las masas explotadas sólo pueden resolverse por medio de la toma del poder por el proletariado recorre cada línea del Programa de Transición.

¿Hacer la revolución sin saberlo?

Todo el sistema de consignas del Programa de Transición está imbuido de la necesidad de tomar el poder, no de una manera camuflada o cogiendo de improviso a los trabajadores, como afirma alegremente Aguiriano, sino abiertamente, sin ocultar sus objetivos finales. Esto puede comprobarse en cada apartado del programa. Sólo seleccionaremos unas cuantas citas para no aburrir al lector:

“4) ligamos el problema de la expropiación a la cuestión del poder obrero y campesino.” (Apartado: La expropiación de ciertos grupos de capitalistas).

“Sólo el ascenso revolucionario general del proletariado puede poner la expropiación general de la burguesía en el orden del día. El objeto de las reivindicaciones transitorias es el de preparar al proletariado a la resolución de esta tarea.” (Íbidem)

“No obstante, la estatización de los bancos sólo dará resultados favorables si el poder estatal mismo pasa de manos de los explotadores a manos de los trabajadores.” (Apartado: La expropiación de los bancos privados y la estatización del sistema de créditos).

“Nosotros exigimos de todos los partidos y organizaciones que se apoyan en los obreros y campesinos, que rompan políticamente con la burguesía y tomen el carro campesino. En este camino de la lucha por el poder obrero prometemos un completo apoyo contra la reacción capitalista. Al mismo tiempo desarrollamos una agitación incansable alrededor de las reivindicaciones que deben constituir, en nuestra opinión, el programa del ‘gobierno obrero y campesino’.“ (Apartado: El gobierno obrero y campesino).

Hay que destacar que El Programa de Transición no se reduce a formular reivindicaciones económicas, como afirma nuestro amigo Aguiriano. En una época de revolución y contrarrevolución como la de finales de los años 30, se abordan cuestiones tales, entre otras, como enfrentar a las bandas fascistas y la guerra imperialista inminente:

“Sólo gracias a un trabajo sistemático, constante, incansable valiente en la agitación y en la propaganda, siempre en relación con la experiencia de la masa misma, pueden extirparse de su conciencia las tradiciones de docilidad y pasividad: educar destacamentos de heroicos combatientes, capaces de dar el ejemplo a todos los trabajadores, infligir una serie de derrotas tácticas a las bandas de la contrarrevolución, aumentar la confianza en sí mismos de los explotados, desacreditar el fascismo a los ojos de la pequeña burguesía y despejar el camino para la conquista del poder para el proletariado.” (Apartado: Piquetes de huelga, destacamento de combate, milicia obrera, el armamento del proletariado)

“Al principio de la guerra las secciones de la IV internacional se sentirán inevitablemente aisladas: cada guerra toma de improviso a las masas populares y las empuja del lado del aparato gubernamental. Los internacionalistas deberán marchar contra la corriente. No obstante, las devastaciones y los males de la nueva guerra, que desde los primeros meses dejarán muy atrás los sangrientos horrores de 1914-18 desilusionarán pronto a las masas. Su descontento y su rebelión crecerán por saltos. Las secciones de la IV internacional se encontrarán a la cabeza del flujo revolucionario. El programa de reivindicaciones transitorias adquirirá una ardiente actualidad. El problema de la conquista del poder por el proletariado se planteará con toda su amplitud.” (Apartado: La lucha contra el imperialismo y contra la guerra).

Para desmentir definitivamente a Aguiriano, El Programa de Transición corona sus reivindicaciones transicionales con la consigna de los soviets; es decir, la instauración de los organismos de poder obrero que organicen a la clase obrera para la toma del poder y sean la base del futuro Estado obrero:

“Ninguna de las reivindicaciones transitorias puede ser completamente realizada con el mantenimiento del régimen burgués. Es por eso que la consigna de los soviets es el coronamiento del programa de reivindicaciones transitorias.” (Apartado: Los soviets)

Y más adelante:

-”… los soviets abren un período de dualidad del poder en el país. La dualidad del poder es a su vez el punto culminante del período de transición. Dos regímenes, el burgués y el proletario, se oponen, hostilmente uno al otro. El choque entre ambos es inevitable. De la salida de éste depende la suerte de la sociedad. En caso de derrota de la revolución, la dictadura fascista de la burguesía. En caso de victoria, el poder de los soviets, es decir, la dictadura del proletariado y la reconstrucción socialista de la sociedad”. (Íbidem).

¿No queda suficientemente claro? La lista de reivindicaciones transitorias que Trotski formula en El Programa de Transición, como la subida automática de los salarios con la inflación, el reparto de las horas de trabajo sin reducción salarial para enfrentar el desempleo, la expropiación bajo control obrero de las empresas que cierren por la crisis, la expropiación de la banca y de determinadas ramas de la producción capitalista, el control obrero en las empresas, la organización de piquetes de autodefensa frente a los patrones y las bandas fascistas, entre muchas otras, en modo alguno se agotan ni se formulan como un fin en sí mismas, sino que se las vincula clara y abiertamente con la lucha revolucionaria de la clase obrera por la toma del poder y el socialismo, no de manera camuflada, sino abierta. ¿Qué “rastro” hay de “economicismo” aquí? Absolutamente ninguno. Todo es producto de la imaginación fecunda del camarada Aguiriano. Vemos aquí completamente rebatida su tesis central contra El Programa de Transición, cuando dice:

“La revolución debe ser el acto consciente de una mayoría, no una trama en la que se empuja al proletariado mediante ardides hasta que alcance un objetivo que nunca se había llegado a proponer… Es creer que el proletariado va a hacer la revolución sin saberlo, radicalizándose no en base a sus necesidades económicas y sobre todo la consciencia de que puede y debe gobernar, sino exclusivamente por medio de lo primero”.

Acabamos de demostrar con una decena de citas que Aguiriano falta a la verdad, cuando dice que el poder obrero y el socialismo “nunca se había llegado a proponer” en El Programa de Transición, o que aborda “exclusivamente” reivindicaciones económicas.

Todo el argumentario de Aguiriano contra El Programa de Transición y Trotski se derrumba como un castillo de naipes.

El Programa de Transición y la Revolución rusa de 1917

La debilidad de la posición de Aguiriano queda completamente expuesta cuando intenta comparar el programa planteado en El Programa de Transición con la política del Partido bolchevique durante la Revolución rusa de 1917.

Dice Aguiriano:

“Si los trabajadores toman el poder debe ser porque quieren tomar el poder, porque han comprendido que es posible y necesario derribar el Estado de los explotadores e instaurar su gobierno. La tarea de un partido revolucionario es guiarlos en esta tarea. Por ello los bolcheviques no plantearon solamente ‘Paz, Pan y Tierra’ sino que insertaron esta tríada dentro de la consigna ‘Todo el poder para los sóviets’.”

La primera afirmación es una tautología que no nos hace avanzar un paso: “Si los trabajadores toman el poder debe ser porque quieren tomar el poder”. Es imposible imaginar que los trabajadores se decidan a tomar el poder sin pretenderlo. Nos interesa más la segunda afirmación, cuando dice: “Por ello los bolcheviques no plantearon solamente ‘Paz, Pan y Tierra’ sino que insertaron esta tríada dentro de la consigna ‘Todo el poder para los sóviets’.” Esto es muy cierto, pero ya hemos visto que El Programa de Transición, además de consignas del estilo de “Paz, pan y tierra”, también incluye las consignas de la formación de soviets y del poder obrero. Así que no hay aquí ninguna diferencia entre la táctica que propone El Programa de Transición y la que llevaron a cabo los bolcheviques en 1917 y que Aguiriano ensalza. De paso, nos permitimos informar al camarada Aguiriano que Trotski estaba muy familiarizado desde hacía décadas con los soviets, no en la propaganda sino en la acción. En primer lugar, con solo 26 años fue elegido presidente del Sóviet de San Petersburgo en la primera Revolución rusa de 1905. En segundo lugar, correspondió a Trotski –siendo miembro dirigente del Partido Bolchevique y nuevamente presidente del sóviet más importante de Rusia, el Sóviet de Petrogrado– el honor de organizar en noviembre de 1917 la insurrección obrera que estableció el poder soviético en Rusia.

El compañero Aguiriano se enfrenta a un dilema irresoluble. Por un lado, se ve obligado a admitir a regañadientes que, durante la Revolución rusa, los bolcheviques agitaron consignas supuestamente “economicistas” tales como “pan, paz y tierra”, junto a la consigna de “todo el poder a los soviets”. Pero, por otro lado, no admite las reivindicaciones económicas que aparecen en El Programa de Transición, pese a que la mayoría de ellas tiene un carácter socialista y revolucionario, y aun cuando El Programa de Transición también formula la consigna de los soviets y del poder obrero ¿A qué camarada Aguiriano debemos creer, al primero que acepta la inclusión de demandas económicas y sociales supeditadas para su satisfacción a la toma del poder por la clase obrera, en el caso de la Rusia de 1917; o al segundo camarada Aguiriano que rechaza esto de plano cuando lo plantea Trotski en su Programa de Transición en 1938?

Lo único que esto revela es la inconsistencia política del compañero que, lejos de observar El Programa de Transición y al mismo Trotski con las lentes del marxismo y del bolchevismo, lo mira con prejuicios, que es lo último que debe mostrar un militante revolucionario.

El papel de las consignas de transición

Hay algo en esto que el compañero Aguiriano no se ha parado a reflexionar. Si estas reivindicaciones como “Pan, paz y tierra”, fueron agitadas entonces, y jugaron un papel central en la propaganda bolchevique, hasta el punto que Aguiriano se ve obligado a admitirlas como válidas, ¿Por qué sería? Aguiriano no se molesta en explicar qué papel jugaron estas consignas parciales que, tomadas aisladamente, no llamaban directamente a la toma del poder, ni qué necesidad había de agitarlas. Nosotros lo haremos por él.

Cualquiera que esté familiarizado con la Revolución rusa de 1917, y con cualquier otro proceso revolucionario en general –pues las etapas en la formación de la conciencia socialista del proletariado durante un proceso revolucionario se repiten en un mismo patrón– sabe que en los inicios de la revolución rusa en marzo de 1917 (febrero, en el viejo calendario ruso), la conciencia política de la mayoría de la clase obrera rusa aún no había alcanzado la madurez socialista necesaria para lanzarse inmediatamente a la toma del poder. Los trabajadores tenían muy claro lo que no querían: el zar, la guerra, el hambre; pero no tenían una idea acabada de qué sociedad era a la que aspiraban. Baste decir que, al principio de la Revolución rusa de 1917, la inmensa mayoría de los obreros y campesinos seguía a los partidos reformistas (mencheviques y socialrevolucionarios) que llegaron a formar durante varios meses un gobierno de coalición de clases con los representantes de la burguesía liberal rusa. En el I Congreso panruso de los Soviets, en abril de 1917, los bolcheviques apenas contaban con el 13% de los delegados.

A diferencia de lo que parecen pensar algunos compañeros dirigentes del MS, la conciencia socialista no se forma gradualmente a través de la simple propaganda, sino a saltos, como reacción a las condiciones materiales acuciantes y a los grandes acontecimientos a los que se enfrentan. Esto se desarrolla tanto más rápida y efectivamente si existe un partido revolucionario enraizado en las masas que sabe formular las consignas precisas que conectan en cada momento con su experiencia y le amplían el horizonte de su campo de visión. En Rusia existía ese partido en 1917, el Partido bolchevique. Los bolcheviques comprendían perfectamente que la agitación abstracta del socialismo y del poder obrero, sin tomar en consideración el nivel de conciencia política del que partían la mayoría de los obreros y campesinos, era un ejercicio estéril y sectario. Las reivindicaciones inmediatas e imperiosas de las masas proletarias y campesinas en Rusia eran el pan, la paz y la tierra para los campesinos. Como se explicó antes, lo que hicieron los bolcheviques durante meses fue explicar paciente e incansablemente que sólo un gobierno de los obreros y campesinos basado en los soviets (que ya existían) podría poner fin a la guerra, entregar la tierra a los campesinos y organizar la economía para asegurar el pan y el trabajo. Sin la agitación audaz de consignas económicas (pan y tierra) y políticas (paz), que no cuestionaban en sí mismas el orden capitalista, los bolcheviques jamás habrían ganado el apoyo y la confianza de las masas obreras y campesinas para la idea del poder obrero. Sólo fue a mediados de septiembre de 1917, 6 meses después de iniciada la revolución, que los bolcheviques consiguieron conquistar la mayoría en los soviets de toda Rusia y a la mayoría de la clase obrera para sus posiciones. Justamente, con su propaganda y explicación paciente, y su intervención en todas las grandes luchas que poblaron Rusia durante meses, demostraron que bajo el débil capitalismo ruso, comprometido hasta los huesos con los imperialistas ingleses y franceses y con los terratenientes, era imposible alcanzar el pan, la paz y la tierra, y que solo el poder obrero podría conseguir todo eso, asumiendo los soviets de obreros y campesinos todo el poder. ¿Se atrevería el camarada Aguiriano a reprochar a los bolcheviques haber organizado “una trama [las reivindicaciones económicas y políticas] en la que se empuja al proletariado mediante ardides hasta alcanzar un objetivo que nunca se había llegado a proponer”?

Al no destacar el papel que juegan consignas del tipo de “pan, paz y tierra”, entre otras, Aguiriano y Miasni parecen proponer que el centro de la agitación para los comunistas revolucionarios debe ser la propaganda abstracta: “extender la conciencia socialista (la conciencia de la necesidad del socialismo y los medios para lograrlo)”, nos dice Aguiriano, “la labor de hegemonización y educación”, nos dice Miasni. Eso suena muy bien, pero ¿de dónde puede surgir en los trabajadores la convicción de “la necesidad del socialismo”, sino de la necesidad de superar las condiciones materiales y de vida insoportables de este sistema injusto y opresor? Más aún, ¿de dónde pueden sacar, no una minoría, sino las más amplias capas de la clase trabajadora, la conciencia de su papel central en la vida económica de la sociedad, la convicción de que ella puede y está en condiciones de dirigir la sociedad, sino durante el proceso de la lucha misma, haciéndose consciente de su fuerza y de la incapacidad de los que mandan “arriba” para resolver estos problemas, no con la simple propaganda sino a través de sus acciones de masas? Lo cual nos vuelve a llevar a la importancia de agitar por las reivindicaciones económicas, sociales y políticas que el capitalismo se muestra incapaz de asegurar, como forma de ayudar a desarrollar la conciencia socialista de las masas trabajadoras a favor de la idea del poder obrero.

Un hilo conductor: Desde Marx hasta El Programa de Transición

Esto nos lleva a otro punto importante. ¿Es cierto que un programa de transición, un programa de reivindicaciones económicas y políticas que vincule la conciencia actual de los trabajadores que existe en cada momento con la necesidad del socialismo, es una invención trotskista? Nada de eso. En realidad, León Trotski no hizo ninguna innovación en ese sentido, él continuó el legado y la táctica de la Internacional Comunista, que ya en su tercer congreso (1921) formuló por primera vez la táctica de las consignas de transición para las luchas cotidianas de la clase trabajadora como herramienta para ganarlas para el comunismo.

Así, en las Tesis sobre la táctica, adoptadas por el Tercer Congreso de la IC, en la sección quinta titulada «Combates y reivindicaciones parciales», se declaraba:

“En lugar del programa mínimo de los reformistas y centristas, la Internacional Comunista plantea la lucha por las necesidades concretas del proletariado, por un sistema de reivindicaciones que en su conjunto destruyan el poder de la burguesía, organicen al proletariado y constituyan las etapas de la lucha por la dictadura proletaria, cada una de las cuales, en particular, sea expresión de una necesidad de las grandes masas, aun si esas masas todavía no se ubican conscientemente en el terreno de la dictadura del proletariado.”

Comparemos este párrafo con este otro de Trotski del Programa de Transición, que ya destacamos antes:

“Es preciso ayudar a la masa, en el proceso de la lucha, a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa de la revolución socialista. Este puente debe consistir en un sistema de reivindicaciones transitorias, partiendo de las condiciones actuales y de la conciencia actual de amplias capas de la clase obrera hacia una sola y misma conclusión: la conquista del poder por el proletariado”. (Apartado: El programa mínimo y El Programa de Transición).

Cualquiera puede ver que no existe ninguna diferencia sustancial entre ambos textos. En ambos se expresa la misma idea: la necesidad de agitar por reivindicaciones de transición al socialismo (transitorias), vinculando “las necesidades concretas del proletariado” con “la conquista del poder por el proletariado”.

Esto está expresado incluso más explícitamente en la Resolución sobre el programa de la Internacional Comunista, en el IV Congreso de la IC (1922), el último celebrado en vida de Lenin:

“ (…)

2.- El Congreso confirma que las secciones nacionales de la Internacional Comunista que todavía no tienen programa nacional deben iniciar inmediatamente su redacción para someterlo al Comité Ejecutivo a lo sumo tres meses antes del V Congreso, de cara a su correspondiente ratificación.

3.- En el programa de las secciones nacionales, la necesidad de la lucha por las reivindicaciones transitorias debe ser fundamentada con exactitud y claridad. También serán mencionadas las precisiones sobre la vinculación de esas reivindicaciones con las condiciones concretas de tiempo y lugar.

4.- Los fundamentos teóricos de las reivindicaciones transitorias y parciales deben ser formulados en su totalidad en el programa general. El IV Congreso se pronuncia decididamente contra la tentativa de considerar la introducción de reivindicaciones transitorias en el programa como una medida oportunista a la vez que contra toda tentativa de atenuar o remplazar los objetivos revolucionarios fundamentales por reivindicaciones parciales…” (las cursivas son nuestras).

Hay que decir que ya en el manifiesto fundacional de nuestro movimiento, El Manifiesto Comunista, escrito por Marx y Engels a fines de 1847, se incluye un programa de 10 puntos, que combina reivindicaciones económicas, democráticas y políticas diversas (Ver: Capítulo II. Proletarios y comunistas, El Manifiesto Comunista). Algunas demandas son puramente económicas (como impuestos progresivos, o educación pública gratuita) y otras son consignas de transición al socialismo (nacionalización de los transportes y de los bancos). Imaginamos que el compañero Aguiriano ha leído este importante texto ¿qué opinión le merece? Más allá de que algunos puntos quedaron anticuados o sobrepasados pocas décadas después, como reconoció Engels en uno de sus prólogos, aquí está el mismo espíritu que recogió la Internacional Comunista, antes de su degeneración estalinista, y el mismo León Trotski: combinar reivindicaciones básicas de la clase trabajadora con las demandas generales del socialismo, como la manera efectiva de conectar con las masas vivas y reales de la clase trabajadora y de desarrollar su conciencia comunista, comenzando por las capas más avanzadas. Esta es la tradición en la que nos situamos los seguidores genuinos de Lenin y de León Trotski, esta es la tradición de la que bebe la Organización Comunista Revolucionaria, la sección en el Estado español de la Internacional Comunista Revolucionaria. Aguiriano y Miasni parece que rechazan esto, lo cual nos autoriza a preguntarles cuál es la tradición del movimiento comunista que ellos defienden y que es compatible con sus posiciones.

Arrojar El Programa de Transición por la puerta para meterlo por la ventana

Llegados a este punto, tiene interés traer a colación las propias conclusiones del compañero Miasni en su artículo. Por supuesto, él también rechaza furiosamente El Programa de Transición, y le opone el enfoque, según él, del Movimiento Socialista sobre la controversia entre reforma y revolución. Nos dice:

“En la Propuesta Política: Para la lucha y por la vivienda del Sindicato de Vivienda Socialista de Euskal Herria tenemos el mejor ejemplo. Se combina la propaganda por el Estado So­cialista como objetivo estratégico del proceso revolucionario y única garantía de los intereses generales del proletariado; la defensa de las condiciones de vida de la clase mediante la lu­cha a pie de calle contra los desahucios y demandas concretas que atacan directamente a la ganancia capitalista; y la lucha por la extensión de los derechos políticos como expresión y base del poder del proletario organizado. Son demandas par­cialmente posibles bajo un gobierno obrero, si queremos usar esta terminología, o incluso bajo una coyuntura de acumu­lación capitalista que no es la nuestra, pero que no estarán garantizadas plenamente hasta la destrucción del Estado burgués y la construcción de un nuevo Estado socialista.” (Las cursivas son nuestras).

Pero, ¿un momento? ¿No es exactamente esto lo que propone León Trotski en El Programa de Transición: combinar demandas concretas en defensa de las condiciones de vida con el objetivo claramente expresado de derribar el capitalismo, de que solo bajo el socialismo podrán ser satisfechas plenamente las demandas del proletariado?

Por eso la cosa alcanza un punto embarazoso, cuando Miasni afirma en el párrafo siguiente:

“Aquí no hay un maximalismo, ni una vuelta invertida a la separación rígida entre programa de máximos y programa de mínimos, pero tampoco hay una reivindicación del Programa de Transición, pues la articulación coherente de reformas y horizonte revolucionario no es patrimonio exclusivo de la IV Internacional y, sin embargo, es hoy tan necesaria como hace un siglo”.

Uno no puede leer estas líneas sin asombro. Miasni nos dice: “Aquí no hay un maximalismo”. Estamos de acuerdo, no podemos reducir nuestras demandas a una propaganda abstracta “de máximos” a favor del socialismo. “Ni una vuelta invertida a la separación rígida entre programa de máximos y programa de mínimos”. Correctísimo, es precisamente lo mismo que plantea El Programa de Transición. Y añade: “La articulación coherente de reformas y horizonte revolucionario no es patrimonio exclusivo de la IV Internacional”. Muy cierto, ya explicamos esto antes, que El Programa de Transición proviene de la tradición revolucionaria de la Internacional Comunista y hasta de los mismos Marx y Engels. Y termina: “[Y esa articulación], sin embargo, es hoy tan necesaria como hace un siglo”. ¡Bravo, camarada Miasni! Esto es exactamente lo mismo que defendemos nosotros en la OCR y la ICR, la rabiosa actualidad de esa tradición comunista y revolucionaria de combinar demandas económicas, políticas y democráticas que las masas trabajadoras consideran inaplazables con la necesidad del socialismo; o sea, esto es: El Programa de Transición, de León Trotski.

En conclusión, los compañeros Miasni y Aguiriano echan a patadas al Programa de Transición por la puerta, pero sólo para volver a meterlo por la ventana. Como dice el refrán: “Para este viaje, no hacían falta alforjas”.

El “boom” económico de la posguerra

Seguimos. Como al pasar, Aguiriano nos “informa” con un tono de burla:

“La premisa mayor de Trotski era que el capitalismo estaba a punto de colapsar. La perspectiva no era del todo descabellada en 1938, pero pocos años después el capitalismo tuvo la insolencia de experimentar el mayor periodo de expansión de su historia.”

Si por “colapso” se tiene la idea de que el capitalismo caería por su propio peso, fruto de las insoportables condiciones catastróficas en que se encontraba a fines de los años 30 del siglo pasado, sin su derrocamiento consciente por el proletariado, jamás Trotski afirmó tal disparate. Ya Lenin afirmó que si el capitalismo no es derribado por la acción consciente de la clase obrera siempre encontrará una forma de sobrevivir. De hecho, todo El Programa de Transición está penetrado por la idea de movilizar a la clase obrera por reivindicaciones económicas y políticas para derribar de forma consciente el capitalismo. Aguiriano, de manera sarcástica, añade que, frente a la perspectiva de su “colapso”, el capitalismo “tuvo la insolencia” de desmentir tal perspectiva. La idea que se transmite es que Trotski era un lunático ultraizquierdista desconectado de la realidad, que desconocía el supuesto (supuesto, para Aguiriano) potencial regenerador que aún albergaba la economía capitalista en medio de la mayor crisis económica y social de su existencia hasta aquel momento. En realidad, el tono burlón del compañero Mario está fuera de lugar. Tal era la situación imposible en que se encontraba el capitalismo –como Trotski describe en El Programa de Transición: “Sin revolución social en un próximo período histórico, la civilización humana está bajo la amenaza de ser arrasada por una catástrofe”– que las clases dominantes de Europa, Norteamérica y Asia sólo pudieron encontrar una salida con dictaduras fascistas y con la Segunda Guerra Mundial, que estuvo a punto de conducir al hundimiento de la civilización humana; es decir, por medio de “una catástrofe” como correctamente anticipó Trotski, con sus 50 millones de muertos, sus 2 bombas atómicas, y la devastación de Europa y parcialmente de Asia.

Igualmente, el compañero Miasni, rechaza en su artículo la “concepción problemática [de Trotski] del desarrollo capitalista, que habría alcanzado su límite hace ya un siglo y se encontraría en su fase decadente”. Y afirma: “Sin embargo, tras la Segunda Guerra Mundial, el modelo de acumulación keynesiano-fordista dio lugar a la Edad de oro del capitalismo, un periodo de crecimiento sostenido sin precedentes.” No aclara Miasni si ese supuesto “modelo de acumulación keynesiano-fordista” ya estaba operativo antes de la Segunda Guerra Mundial y en tal caso por qué no funcionaba entonces; y, si no era así, ¿por medio de qué automatismo inherente a la estructura capitalista existente pudo comenzar a operar tras la Segunda Guerra Mundial? Nada nos dice al respecto. Al final, tal “modelo de acumulación keynesiano-fordista” es sólo una frase abstracta y conveniente sacada a posteriori de un fenómeno, la expansión global del capitalismo tras la Segunda Guerra Mundial, que los compañeros no se molestan en explicar.

No sorprenden estas posiciones de Aguiriano y Miasni. Ellos aceptan de manera fatalista la inevitabilidad del “mayor período de expansión” de la historia del capitalismo después de la Segunda Guerra Mundial, sin que ninguna intervención de la clase obrera lo hubiera podido evitar.

Y esto no es una casualidad, porque el documento fundacional del Movimiento Socialista: «Nueva Estrategia Socialista: Bases estratégicas para la composición internacional del comunismo», escrito a finales de 2023, afirma sin ningún rubor que desde 1914 y hasta el final del siglo XX “las revoluciones socialistas no llegaron en ninguna de sus variantes a completar una civilización de orden superior, ni tampoco a superar la forma económica del capitalismo. La razón fundamental es la inmadurez de las fuerzas productivas sociales en las que el trabajo vivo aún tenía un papel central y era el fundamento del desarrollo de la productividad social del propio trabajo (tanto en el fordismo como en el toyotismo, por decirlo de forma más simple). De modo que la forma social privada del trabajo y la organización de la producción mediante la ley del valor no habían agotado su validez histórica.” (Las cursivas son nuestras)

Ahí lo tenemos. Para los compañeros no existían las condiciones objetivas para la revolución socialista en todo el siglo XX, ni siquiera en los países capitalistas desarrollados de Europa y América, porque el capitalismo no había agotado todavía su papel histórico progresista. No se pueden leer estas líneas asombrosas sin frotarse los ojos con incredulidad. El advenimiento del imperialismo moderno, las dos guerras mundiales que llevaron la destrucción y la desolación a una escala jamás vistas hasta entonces, las dictaduras fascistas que destruyeron hasta los cimientos la organización física del proletariado, entre otras ”lindezas” de la civilización capitalista del período de entreguerras, y la respuesta revolucionaria de la clase obrera contra esto durante cerca de 30 años en Rusia, Hungría, Italia, Alemania, Francia, España, China, Grecia, etc. –por hablar solo del período de 1917-1945– no fueron muestras suficientes para los compañeros del agotamiento del sistema capitalista como formación social progresista ni de la madurez de las condiciones objetivas para la revolución socialista a escala internacional. Por otro lado, ¿qué es eso de que “el trabajo vivo aún tenía un papel central y era el fundamento del desarrollo de la productividad social del propio trabajo”? ¿Es que hoy día la producción capitalista no sigue basándose en el trabajo de la clase obrera (trabajo vivo), no sigue proporcionando la clase obrera plusvalía a la burguesía, pese a la fase de declive capitalista en la que estamos inmersos? A todas estas ideas absurdas ya respondimos en su momento, por lo que no vamos a repetir aquí nuestros argumentos.

No tenemos suficiente espacio para explicar en detalle las causas que provocaron tal expansión capitalista después de la Segunda Guerra Mundial, el grupo antecesor de nuestra corriente internacional ya lo explicó hace décadas (Ver ¿Habrá una recesión?, Ted Grant, 1960). Solo diremos lo siguiente. Como Trotski previó correctamente en El Programa de Transición, la Segunda Guerra Mundial condujo a una situación revolucionaria en la mayor parte de Europa. Pero, lamentablemente, los dirigentes reformistas y estalinistas de la socialdemocracia y de los partidos comunistas de Europa Occidental traicionaron esa ola revolucionaria y ayudaron a la débil burguesía europea a restaurar su dominio en la sociedad, formando gobiernos de conciliación de clases en el caso de Francia, Italia y otros países. De esta manera, se crearon las premisas políticas para la restauración del equilibrio capitalista y la reanudación de la explotación de la clase obrera. La enorme destrucción causada por la guerra en Europa y Asia condujo a una crisis de subproducción que pudo superarse con las ayudas del Plan Marshall, el impulso del comercio y del mercado mundial (eliminando las trabas al mismo impuesta en la década de 1930), la introducción de elementos de planificación económica por medio de la nacionalización de sectores significativos de la economía capitalista, el surgimiento de nuevos campos productivos para la producción civil (plástico, nuclear, electrónica, aeroespacial, etc.) que habían sido utilizados por primera vez para fines bélicos durante la guerra, el saqueo acelerado del mundo colonial, políticas keynesianas de gasto público, la introducción del llamado “Estado del bienestar” por el miedo a la expansión soviética, etc. Todo ello combinado entre sí, dio lugar a esa época dorada del capitalismo que hace ya mucho tiempo quedó atrás. Es decir, el “insolente” auge prolongado que experimentó la economía capitalista desde 1948 a 1973, no se debió al potencial productivo que todavía anidaba en el seno de la economía capitalista a fines de la década de 1930 y que Trotski (ni nadie más) no supo prever, sino a la concatenación de circunstancias únicas (políticas y económicas) que se dieron desde fuera de la dinámica interna de la estructura económica capitalista tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, particularmente en Europa y Asia, y que es muy improbable que vuelvan a repetirse. No es la primera vez en la historia del capitalismo que, en determinadas condiciones, factores externos o fortuitos cambien la dinámica de la curva del desarrollo capitalista durante un periodo histórico. Trotski abordó este interesantísimo tema en su artículo clásico La curva del desarrollo capitalista. Una actualización de esta importante cuestión, a cargo de Alan Woods, también puede leerse en nuestra página web: El marxismo y la teoría de las “ondas largas”.

Lo importante a señalar es que lo que tenemos delante de nosotros es un período prolongado de declive capitalista, de crisis, guerras y desastres sociales, que sitúan al Programa de Transición de Trotski como el documento más actual y útil que puede encontrarse para enfrentarnos, como comunistas, a esta situación.

De cualquier modo, a modo de epílogo en este apartado, hemos conocido recientemente un artículo editorial de la revista teórica del Movimiento Socialista en Euskal Herria, Arteka nº59 (1/3/2025), titulado La revolución sí es posible, donde la dirección del MS parece haber revisado radicalmente su posición sobre este punto en términos muy enérgicos, hasta el grado de refutar completamente sus propias tesis fundacionales sobre este aspecto y, de paso, la posición de los camaradas Aguiriano y Miasni que aquí hemos criticado.

Así, podemos leer:

“Según los traidores a la revolución, esta no era posible [las revoluciones socialistas en el siglo XX] porque no existían condiciones para la misma: de lo que se trataba era de esperar a que maduraran, en lo que sería una etapa previa a la revolución donde las condiciones actuarían por sí mismas, abriendo las puertas a una sociedad futura”. (Las cursivas son nuestras).

Pero, un momento, ¿no es esta la misma posición que defendían los camaradas Aguiriano y Miasni en sus artículos contra Trotski y El Programa de Transición, burlándose de las pretensiones del revolucionario ruso de agitar a favor de la revolución socialista a fines de los años 30 del siglo pasado? Sí, es exactamente la misma posición que el artículo de Arteka combate sin concesiones.

El artículo continúa diciendo:

“(…) si en el siglo XX estalló la revolución, lo hizo porque sí existían condiciones para la misma y que si hoy nos planteamos reactivar el movimiento revolucionario, alcanzar el objetivo del comunismo, eso es porque esos objetivos “ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización”.” (Las negritas son nuestras. Las cursivas están en el original).

Pero ¿no es esto, exactamente, lo que Trotski defendía ya en El Programa de Transición? Sí, lo es. Y nos congratula sinceramente que los compañeros, utilizando el método de análisis marxista, hayan alcanzado las mismas conclusiones que nosotros sobre esto.

También nos alegra que los camaradas del MS en Euskal Herria señalen la ausencia del factor subjetivo (la ausencia de un partido y una dirección revolucionarios al frente del proletariado) como la causa del fracaso de la revolución socialista a lo largo del siglo XX:

La derrota del sujeto revolucionario del siglo XX se consuma cuando se cierran las puertas a la revolución internacional y se acepta el orden de estados existentes. Cuando se acepta que no se dan las condiciones necesarias para el socialismo y que ello se requiere de una etapa previa, de profundización de la democracia”. (Las cursivas son nuestras)

Justamente, por toda una serie de razones históricas, al frente del proletariado europeo e internacional se han situado durante gran parte del siglo XX los partidos que preconizaban la conciliación de clases, la Tercera Internacional estalinizada y la socialdemocracia reformista. Por eso, León Trotski, testigo de las traiciones del estalinismo y de la socialdemocracia en su época, afirmaba en El Programa de Transición que “la crisis de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección del proletariado”.

Estas posiciones contradictorias dentro del Movimiento Socialista, donde en el lapso de unos pocos meses se afirman y niegan posiciones que resultan ser antagónicas en temas centrales de la táctica y la estrategia comunista, deben actuar como un llamamiento urgente, no para revisar la doctrina marxista, que permanece tan válida ahora como hace 100 años, sino para reexaminar las posiciones y debates en el movimiento comunista que se dieron décadas atrás, en los que la corriente comunista internacionalista, representada por León Trotski tras la muerte de Lenin, fue la única que defendió la bandera de la revolución socialista internacional y rescató las tradiciones proletarias y democráticas del bolchevismo y la revolución rusa.

El devenir de la Cuarta Internacional

Una última puntualización. El compañero Mario Aguiriano afirma en su artículo que: “La irrelevancia política de la Cuarta Internacional servía para dar impulso a este tipo de ideas”, las contenidas en El Programa de Transición. Pero estas ideas de las que se burla Aguiriano hunden sus raíces en la Internacional Comunista en su período de ascenso, y pueden ser rastreadas hasta Marx y Engels, como hemos demostrado. Y hasta parece que dentro del Movimiento Socialista comienzan a ser aceptadas, como vimos al final del apartado anterior. No fue la debilidad numérica de la Cuarta Internacional sino la defensa de la continuidad del programa y de las tradiciones del marxismo y de la Internacional Comunista antes de su degeneración estalinista las que impulsaron a Trotski y a sus partidarios defender estas ideas, las únicas que podían abrir el camino para una revolución socialista exitosa en aquella época. Por contra, las “grandes” y “relevantes” organizaciones del proletariado en los años 30 (estalinistas, socialdemócratas y anarquistas) carentes de las ideas y del programa correcto, traicionaron todas ellas los procesos revolucionarios que se dieron en aquellos años y en las décadas posteriores. Desde luego, el tamaño de las organizaciones comunistas es decisivo para alcanzar la presencia e influencia necesarias a fin de llevar a cabo la transformación socialista de la sociedad, pero sin las ideas, los principios y el programa correctos fracasarán en el momento decisivo ¡Lo hemos visto tantas veces a lo largo del último siglo!

Es cierto que la pequeñez de la Cuarta Internacional no pudo ser superada tras la Segunda Guerra Mundial, que coincidió con el asesinato de León Trotski por un sicario estalinista en México en 1940. La Cuarta Internacional tuvo la desgracia de emerger en un período de terribles derrotas del proletariado y en vísperas de la guerra, y careció de tiempo para formar y desarrollar cuadros dirigentes probados en sus secciones nacionales y enraizarse en las masas de la clase trabajadora. El resultado de la guerra, que de manera imprevista fortaleció al estalinismo por un lado, y a la socialdemocracia por otra, aisló aún más a las débiles fuerzas del trotskismo, ya sin la guía de su fundador y dirigente más experimentado. Esto llevó a la dispersión de sus fuerzas y a todo tipo de desviaciones, ultraizquierdistas y oportunistas, que condujeron a su desintegración final. No es éste el lugar para ahondar en las razones que llevaron a la degeneración y colapso de la llamada Cuarta Internacional en los años posteriores de la Segunda Guerra Mundial. El lector puede encontrar una explicación a esto en un documento reciente de la Internacional Comunista Revolucionaria. Sólo diremos que la ICR hunde sus raíces en el legado de Trotski y de la Cuarta Internacional en el momento de su fundación, y está orgullosa de ello. Ni Trotski ni las ideas que condujeron a la fundación de la Cuarta Internacional son responsables de las acciones e ideas defendidas posteriormente por los grupos que se autodenominan “trotskistas”, la gran mayoría de los cuales con sus posiciones sectarias y oportunistas han ensuciado el nombre del “trotskismo”, abandonando el método, los principios y el programa, como fue el caso de la tendencia “mandelista” (Anticapitalistas), entre muchas otras.

Hay que volver a Trotski

La persecución implacable y las calumnias propagadas durante décadas contra Trotski por parte del estalinismo, sumado a las payasadas de la variedad de sectas “trotskistas” a lo largo de los años, han alejado de Trotski a varias generaciones de luchadores comunistas de todo el mundo y creado prejuicios comprensibles hacia sus ideas. Pero ya es hora de restablecer la verdad histórica y la enorme contribución de León Trotski al marxismo y al movimiento revolucionario. Sin un estudio atento de las acciones y del pensamiento de Trotski es imposible comprender cabal y científicamente, entre muchos otros, el proceso de degeneración burocrática de la URSS y de la Internacional Comunista, la dinámica de la revolución en los países capitalistas insuficientemente desarrollados (la teoría de la revolución permanente), la naturaleza del fascismo y cómo luchar contra él y cómo se aplica eso a nuestra época, procesos revolucionarios como la revolución española de los años 30, la táctica del frente único, y por supuesto el texto que nos ocupa, El Programa de Transición. Es una verdadera tragedia que la nueva generación de comunistas revolucionarios no haya tenido la oportunidad de acceder al tesoro de sus ideas. Les animamos a romper el candado de los prejuicios y zambullirse en ellas.

El Movimiento Socialista es, sin duda, la fuerza organizada de comunistas revolucionarios más relevante del Estado español actualmente, y desde la OCR siempre hemos hecho un reconocimiento público sincero al esfuerzo y dedicación de sus militantes a la causa del comunismo, pero estaremos de acuerdo que aún le queda un largo trecho para ser una organización de masas y una referencia clara para la clase obrera. Si el MS quiere servir al propósito por el que dice luchar debe esforzarse por abrazar las ideas más correctas y para ello nada mejor que regresar a las grandes tradiciones del bolchevismo, de la Internacional Comunista del período 1919-1922 y de aquellos que, como Trotski, continuaron y defendieron su legado frente a todas las adversidades de la represión estalinista y capitalista y de su aislamiento durante todo un período histórico. El nuevo período que ahora se ha abierto pone las ideas del comunismo y de la revolución socialista de una ardiente actualidad. El gran desarrollo del Movimiento Socialista a lo largo y ancho del Estado español es una muestra elocuente de ello. En este sentido, las contribuciones de Trotski al movimiento del proletariado comunista, como El Programa de Transición, son un arma principal en nuestro combate común, y estamos convencidos de que alcanzarán los oídos y las mentes de millones de trabajadores y jóvenes de todo el mundo.

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