La miseria de la investigación bajo el capitalismo

Vivimos en una época de contradicciones sangrantes que exponen a diario la putrefacción del sistema capitalista. Recientemente, la clase dominante nos está saturando con promesas de una inminente utopía tecnológica impulsada por la Inteligencia Artificial y los grandes oligarcas tecnológicos. A su vez, los mercados financieros especulan frenéticamente, asegurando que el ingenio capitalista resolverá, como por arte de magia, la crisis climática, las pandemias y la escasez material. La famosa Agenda 2030 (para la que ya no queda tanto), es un simple panfleto de buenas intenciones que en la práctica ha demostrado ser puro cinismo burgués. Como admiten hoy sus propios defensores al revisar los Objetivos de Desarrollo Sostenible, su historia se resume en una frase: firmamos todo, cumplimos poco (El País, 26/05/2026).

La realidad material es aplastante: frente a las urgentes e infinitas necesidades de la humanidad para desarrollar investigación seria —erradicar enfermedades, garantizar una movilidad verdaderamente sostenible, comprender a fondo las leyes físicas que rigen nuestro entorno o proteger la biodiversidad frente a la devastación ecológica—, el capitalismo impone un freno absoluto. Mientras fluyen miles de millones hacia la guerra, el armamento y rescate de empresas privadas, la investigación aplicada a las necesidades sociales languidece.

El informe Draghi hacía saltar las alarmas de la burguesía europea, reconociendo abiertamente que Europa está perdiendo irremediablemente la carrera tecnológica y la competitividad frente a gigantes continentales como Estados Unidos y China. La respuesta de la burguesía europea ha sido la parálisis y el derrotismo. Frente al talento masivo de la juventud, la clase dominante europea, y en especial la española, se presenta profundamente parasitaria, rentista y cortoplacista. No tiene el menor interés en desarrollar las fuerzas productivas si no existe una tasa de ganancia inmediata, garantizada y libre de todo riesgo.

El caso del Estado español es el paradigma perfecto de esta miseria. El revelador informe sobre la ejecución presupuestaria de la I+D en el sector público (COTEC) desnuda por completo la farsa de la «modernización económica». Mientras los políticos se llenan la boca hablando de innovación, el Estado burgués es incapaz siquiera de ejecutar el presupuesto asignado a la ciencia. El raquítico crecimiento actual en I+D se sostiene casi en exclusiva por los fondos europeos, sacados íntegramente de la clase trabajadora europea y destinados a sanear los balances de los grandes monopolios europeos. Esto señala claramente la mentalidad burguesa en decadencia: quieren que el erario público asuma el cien por cien del riesgo y los costes para, posteriormente, poder privatizar las patentes y acaparar los beneficios.

Esta anarquía inversora tiene un impacto social y territorial devastador. Hoy, la vergonzosa cifra del 40% de las provincias españolas ni siquiera ha recuperado los niveles de inversión en I+D previos a la Gran Recesión de 2008 (El País, 04/06/2026). A esta parálisis estructural se suma el saqueo sistemático de lo público, como demuestran los continuos escándalos en administraciones como la Generalitat Valenciana, donde decenas de miles de contratos públicos menores se adjudican a dedo, eludiendo cualquier control, para regar a redes clientelares y empresas amigas (El Diario, 04/06/2026).

En este escenario desolador, ¿qué futuro real de progreso nos ofrece el capitalismo? La juventud investigadora, en lugar de integrarse en un plan armónico de desarrollo científico para la sociedad, se ve abocada a aceptar las míseras condiciones de la academia en decadencia, rebajar su titulación para entrar al mercado laboral o redactar burocráticas solicitudes para captar alguna beca competitiva que, con suerte, le financie sus próximos 2-3 años de investigación. El talento se empuja a la emigración forzosa o a someter sus capacidades a la rentabilidad mercantil de una empresa privada.

El capitalismo en su fase senil ha demostrado ser el mayor grillete para la humanidad. Ya no bastan las súplicas reformistas exigiendo «un mayor presupuesto» a gobiernos que solo administran los negocios del gran capital, esta opción ya se ha dado por negada. Esta clase capitalista ociosa y parasitaria no tiene ningún interés en resolver nuestros problemas ni en impulsar el conocimiento libre y universal. Frente a su gasto masivo en armamento, las universidades se quedan famélicas. La única salida material y realista a este callejón histórico es la expropiación directa de esta clase ociosa y de los grandes monopolios. Solo mediante el control democrático de la economía y la cooperación internacional y solidaria entre los trabajadores del mundo podremos planificar la ciencia a la medida de nuestras verdaderas necesidades, dando por fin los saltos agigantados que la humanidad requiere para su definitiva emancipación.

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