«Rusia colapsará mañana» – «e invadirá Europa en cinco años»
«Rusia está a punto de colapsar». Al parecer, la economía se está desmoronando. Las sanciones por fin han dado resultado. Las refinerías de petróleo están ardiendo una tras otra. Los drones ucranianos han paralizado la mitad del país. No hay gasolina, no hay dinero y pronto tampoco quedarán soldados. El régimen está viviendo sus últimos meses, y después de las próximas elecciones, al Kremlin no le quedará más remedio que ordenar otra movilización militar masiva.
Esta es la Rusia que nos muestran en la prensa occidental.
Pero pasa la página de esos mismos periódicos y, de repente, aparece una Rusia completamente diferente. Ya no es un país medio en ruinas, apenas capaz de seguir con la guerra: es una máquina militar aterradora, que se prepara para irrumpir en los países bálticos, marchar sobre Polonia y desafiar a toda Europa en unos pocos años.
Claro, no esperamos que la propaganda burguesa sea lógicamente coherente. Pero esta contradicción es bastante reveladora como para ignorarla.
La clave para entender esta histeria la dan los propios representantes de las clases dominantes occidentales.
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, planteó el asunto con una franqueza casi ejemplar. Al explicar por qué los países de la OTAN deben aumentar el gasto al cinco por ciento del PIB, dijo que los gobiernos podrían mantener sus niveles actuales de gasto en salud y pensiones, pero que, en ese caso, «más les valdría aprender a hablar ruso».
Sería difícil encontrar una explicación más clara de la función que cumple hoy la «amenaza rusa». ¿Enojado por el aumento del costo de vida? Culpa a Rusia. ¿Los servicios públicos se están desmoronando? No es momento de hacer preguntas incómodas: ¡Rusia está a punto de invadir! ¿Más recortes de gastos para construir nuevas fábricas de armas? ¡Putin está a las puertas!
En la imagen que se le presenta a la gente en Occidente, Rusia tiene que parecer lo suficientemente débil como para convencer a todos de que las sanciones están funcionando, que la ayuda a Ucrania está dando resultados y que unos cuantos cientos de mil millones de euros más finalmente terminarán el trabajo. Al mismo tiempo, tiene que ser lo suficientemente fuerte como para justificar por qué esos mismos gobiernos deben, año tras año, convencer a los trabajadores de que acepten que hay cada vez menos dinero para hospitales, educación, vivienda y pensiones.
La retórica antirrusa se ha convertido en un arma política extraordinariamente conveniente para la clase dominante europea. Les permite presentar la crisis de su propio sistema capitalista como producto de una amenaza externa, y la militarización como una necesidad técnica para la que simplemente no hay alternativa.
La responsabilidad por años de estancamiento, energía cara, servicios públicos que se desmoronan, niveles de vida que se deterioran y la situación cada vez más precaria de millones de trabajadores se disuelve en la imagen de un enemigo en el Este.
Lo que realmente muestra la guerra de infraestructura
Hoy, la prensa occidental presenta las imágenes de refinerías de petróleo en llamas como una de las pruebas más convincentes del colapso inminente de Rusia. Esta vez, detrás de las imágenes espectaculares, la campaña de Ucrania sí ha causado un problema real.
A finales de agosto, tras una nueva ola de ataques ucranianos, la producción de gasolina en Rusia había caído a unas 80.000 toneladas por día, frente a una demanda de verano de aproximadamente 115.000 toneladas —solo suficiente para cubrir alrededor del 70 por ciento de las necesidades nacionales.
Sin embargo, el Estado actuó con bastante rapidez para restringir las exportaciones, aumentar las importaciones y redistribuir el combustible entre las regiones. Hay colas en las gasolineras en muchas partes del país, y a veces la gente tiene que llegar temprano en la mañana o tarde en la noche para llenar sus tanques. Pero esto difícilmente se puede describir como un colapso total.
Esta crisis no se debe simplemente a los drones. Los problemas del mercado de combustible ruso comenzaron años antes de la guerra actual. Hubo crisis de combustible en 2011, 2018 y 2023.
La industria petrolera de Rusia está concentrada en manos de un puñado de gigantescas corporaciones integradas verticalmente. Controlan la extracción, la refinería, gran parte del transporte y sus propias redes de gasolineras.
Entre ellas y el consumidor final hay toda otra capa de capital comercial: los comerciantes que no extraen ni producen nada por sí mismos, pero ganan dinero controlando el movimiento del combustible que ya se ha producido.
El resultado es un panorama casi grotesco. La sociedad tiene el petróleo, los oleoductos, las refinerías, los ingenieros y los trabajadores capaces de producir cantidades enormes de combustible. Sin embargo, en cuanto baja la capacidad de refinación o surge la expectativa de una escasez, todo el sistema empieza a tener problemas temporales.
Mucho antes de que los drones empezaran a atacar las refinerías, el Estado tuvo que crear un mecanismo llamado «amortiguador de combustible». Se trata de un sistema en el que el Estado usa dinero público para compensar a los monopolios petroleros por las ganancias que «pierden» al vender combustible a los consumidores rusos en lugar de exportarlo a precios más altos. Durante muchos años se han usado impuestos para pagar estas ganancias «perdidas».
Ahora que el cierre del estrecho de Ormuz ha bloqueado el paso de los productos refinados del Golfo, se ha vuelto aún más rentable exportar en lugar de vender en el mercado ruso.
En otras palabras, hemos visto esta interrupción porque Rusia —uno de los mayores países productores de petróleo del mundo— produce combustible no para satisfacer necesidades sociales, sino con fines de lucro. Esto es el capitalismo. De verdad, es así de simple.
Por eso los ataques ucranianos han podido tener algún efecto significativo. No porque Ucrania haya adquirido de alguna manera la capacidad milagrosa de destruir la economía rusa. Sino porque está atacando un sistema que ya contiene sus propias contradicciones.
En este sentido, la actual crisis de combustible no es prueba del poder de las armas ucranianas. Es prueba de la vulnerabilidad de la propia producción capitalista.
¿Llevar la lucha a la economía rusa?
Los ataques y el incendio de los almacenes de Ozon y Wildberries por parte de drones ucranianos —cuyas espectaculares imágenes se han difundido con entusiasmo como prueba de que la guerra por fin está «llegando a casa», a la economía rusa— son una «prueba» aún más débil del éxito militar ucraniano.
Sea cual sea el valor militar que se le atribuya a esos objetivos, destruir un almacén lleno de bienes de consumo no acerca ni un centímetro a la economía rusa al colapso. Lo único que produce son trabajadores muertos y heridos —y espectaculares columnas de humo que se pueden mostrar en televisión y que Zelensky presenta como otro golpe devastador para Rusia.
El intento de convertir esto en una teoría del colapso financiero es aún más extraño. El argumento es el siguiente: Wildberries tiene obligaciones financieras con el Banco VTB, un enorme banco ruso vinculado al Estado. Por lo tanto, quemar un almacén de Wildberries desencadenará de alguna manera una reacción en cadena capaz de derrumbar la economía rusa.
Esto no es un análisis económico ni un argumento en absoluto. Es la teoría del dominó financiero para gente que nunca ha visto un balance general. Si prender fuego al almacén de una empresa que le debe dinero a un banco estatal fuera suficiente para derrumbar una gran economía capitalista, los revolucionarios podrían deshacerse de El Capital y empezar a estudiar catálogos de almacenes en su lugar.
Hay una gran diferencia entre un ataque que daña la capacidad crítica de refinería, energía o transporte, y un ataque espectacular cuyo principal resultado estratégico es un video. Los marxistas no pueden confundir las dos cosas. Un almacén en llamas puede ser excelente propaganda. Pero para los trabajadores que mueren ahí dentro, el resultado no tiene nada de simbólico.
Del otro lado del frente, los rusos están causando destrucción a una escala mucho mayor. No solo están usando flotas de drones ligeros, sino también descargas masivas de misiles de crucero y balísticos, además de bombas planeadoras. A diferencia de los rusos, que han mejorado continuamente sus defensas aéreas, los ucranianos ahora están prácticamente indefensos ante este ataque, ya que sus aliados occidentales han agotado sus reservas de misiles de defensa aérea.
Rusia ha atacado sistemáticamente la infraestructura energética, industrial, de transporte y marítima de Ucrania. Según el gobierno ucraniano, los ataques rusos anteriores dañaron o destruyeron la capacidad responsable de alrededor del 80 por ciento de la generación de energía de Ucrania, mientras que el déficit de energía alcanzó aproximadamente seis gigavatios. Para principios de 2026, el costo estimado de reparar solo los daños al sistema energético se situaba en unos 64 a 70 mil millones de dólares.
Las consecuencias no se pueden medir simplemente en megavatios destruidos. Significan cortes de luz y calefacción, fábricas obligadas a detener la producción, interrupciones en el transporte ferroviario y la infraestructura urbana, y costos cada vez mayores para las empresas y el Estado. Y, claro, esto está teniendo un efecto devastador en la moral y el apoyo al régimen de Zelensky. Ya estamos viendo una crisis enorme dentro de Ucrania.
Los ataques con drones ucranianos pueden causar daños e imponer algunos costos a Rusia, pero no han cambiado la situación estratégica en el campo de batalla —al menos, no a favor de Ucrania.
Elecciones, movilización y levantamiento según lo previsto
Según los periódicos occidentales, el próximo acto del colapso de Rusia ya está programado para septiembre.
El 20 de septiembre se llevarán a cabo en Rusia las elecciones a la Duma Estatal (las primeras desde que empezó la guerra). A medida que se acercan, vuelve a surgir una imagen ya conocida en el mundo occidental: supuestamente, el Kremlin solo está esperando a que cierren las casillas de votación para anunciar una nueva movilización masiva; eso llevará al límite el creciente descontento con la guerra, presagiando una crisis política inmediata y, luego, un levantamiento.
El 23 de agosto, Volodymyr Zelensky afirmó que, después de las elecciones, Putin tiene la intención de movilizar a otras 300.000 personas, y que, supuestamente, Rusia planea reclutar a otras 500.000 en 2027. En la propaganda occidental, una afirmación hecha por una de las partes en una guerra sobre las intenciones de su enemigo se transforma en «informes de una movilización inminente», luego en «temores de movilización»… Después de unas cuantas repeticiones más, al lector se le presenta un evento que prácticamente se ha vuelto inevitable: lo único que queda es esperar la fecha.
Los hechos, sin embargo, cuentan una historia diferente. Desde la movilización parcial de 2022, Rusia ha reclutado a más de 1.3 millones de soldados contratados y sigue reemplazando sus bajas principalmente a través de este mecanismo.
La gente no siempre va a la guerra por convicciones ideológicas profundamente arraigadas. El capitalismo ruso usa su propia desigualdad social para llenar las filas del ejército. Las enormes bonificaciones por firma significan algo totalmente diferente para un moscovita acomodado que para un trabajador de una región pobre, alguien ahogado en deudas o alguien cuyo trabajo civil paga varias veces menos. Lo que es una debilidad del capitalismo ruso desde el punto de vista de la clase trabajadora —la desigualdad regional, la deuda, la inseguridad y la falta de perspectivas— se convierte en una ventaja para el Estado cuando se trata de hacer la guerra.
No menos popular en Occidente es la idea de que el aumento de los precios, más las bajas militares, más la movilización, más un gobierno impopular, deben de alguna manera equivaler automáticamente a un levantamiento. Lo único que falta es la fecha exacta y el pronóstico del tiempo para el día en que sucederá.
El marxismo nunca ha tenido nada en común con este tipo de pensamiento mecánico. Millones de personas pueden empobrecerse durante décadas, el Estado puede librar una guerra impopular y la clase dominante puede tambalearse de una crisis a otra; nada de esto, por sí solo, produce una revolución.
Una crisis económica genera contradicciones. La guerra las agudiza. La caída del nivel de vida puede radicalizar a las masas. Pero entre la crisis objetiva del capitalismo y la revolución se interponen la lucha de clases, los cambios en la conciencia de las masas, la organización y el liderazgo político.
Es cierto que las contradicciones sociales se están acumulando en la Rusia de hoy. Pero lo hacen muy lentamente y de manera gradual. El Estado ruso ha demostrado una capacidad mucho mayor para adaptarse a la guerra de lo que las clases dominantes de Occidente jamás le reconocieron. La economía rusa cuenta con un poderoso legado industrial y técnico de la época de la Unión Soviética, y el régimen ocupa una posición favorable, maniobrando y equilibrando mientras apoya a China en su enfrentamiento imperialista con Estados Unidos.
Mientras tanto, a nivel nacional, sigue contando con apoyo porque mucha gente lo ve como la única fuerza capaz de proteger al país de las amenazas constantes que vienen de los líderes de la OTAN.
La propaganda rusa ni siquiera tiene que esforzarse mucho ni inventar mentiras especialmente fantásticas. Solo tiene que señalar lo que están discutiendo los señores del Parlamento británico, o las innumerables cumbres donde se asignan fondos para ataques que afectan a civiles rusos.
«Después de Ucrania, los países bálticos»
Si Rusia no se derrumba después de las elecciones de septiembre, al lector occidental ya le espera el siguiente escenario. En tres años, cinco años, siete como máximo, Rusia atacará a la OTAN.
Esta afirmación se ha repetido tantas veces que poco a poco ha dejado de sonar como una predicción y ha adquirido el estatus de un hecho establecido. Pero si lees con atención, todo el argumento empieza a desmoronarse.
Cuando le preguntaron directamente a Rutte si ese plazo de cinco años se basaba en los planes rusos de un ataque o en una evaluación de las capacidades militares de Rusia, él se refirió específicamente a las evaluaciones militares. Si la OTAN no aumenta la producción de armas ni el gasto militar, Rusia podría, en unos años, adquirir la capacidad de atacar con éxito a la alianza.
Dinamarca es un ejemplo revelador. Su propia inteligencia militar afirma explícitamente que actualmente no existe amenaza de un ataque ruso convencional contra el Reino. Sin embargo, Dinamarca está ampliando su presencia militar en el Ártico y pidiendo una mayor presencia de la OTAN en la región. La razón se vuelve obvia al mirar un mapa: con el control de Groenlandia y las Islas Feroe, Dinamarca es una potencia ártica, con un interés directo en controlar rutas estratégicamente vitales del Atlántico Norte, incluyendo el corredor GIUK. Detrás de la retórica de la «amenaza rusa» se esconde una lucha mucho más concreta por el Ártico, sus recursos y las rutas logísticas que conectan América del Norte, Europa y el Atlántico Norte.
Lo que choca en el Ártico no es el Bien contra el Mal. Son los intereses materiales de las potencias capitalistas.
A Rusia le interesa la seguridad de su Flota del Norte, el acceso al Atlántico, la Ruta del Mar del Norte, los recursos del Ártico y la defensa de su enorme territorio del norte. A Estados Unidos le interesa controlar las comunicaciones del Atlántico Norte, los sistemas de alerta temprana, la defensa antimisiles y limitar el margen de maniobra de Rusia y China. Dinamarca defiende su propia posición como potencia ártica. A la OTAN le interesa controlar su flanco norte. Y China, por último, busca acceso a las rutas de transporte y los recursos del Ártico.
La guerra es un instrumento de política extraordinariamente costoso y arriesgado. La clase dominante rusa entra en conflicto cuando cree que están en juego los intereses vitales del capitalismo ruso y cuando calcula que el equilibrio de fuerzas ofrece un resultado aceptable. El capital estadounidense, alemán, británico y danés opera según la misma lógica fundamental: la defensa de sus propios intereses.
Ver el mundo tal como es
En última instancia, esto no es solo una cuestión de Rusia, Ucrania, elecciones, petróleo o las últimas predicciones de guerra con la OTAN. Es una cuestión de nuestro propio método.
No necesitamos el marxismo para encontrar unas cuantas citas convenientes de Marx y luego pegarlas en una imagen del mundo que los periodistas burgueses ya nos han dibujado. El análisis dialéctico exige que examinemos los fenómenos en su desarrollo, sus interconexiones y sus contradicciones. No nos permite agarrar un dato conveniente, sacarlo de contexto y declararlo prueba de una conclusión preparada de antemano.
Una refinería está en llamas – por lo tanto, Rusia se está derrumbando. El gasto militar está aumentando – por lo tanto, mañana empieza la guerra mundial. El nivel de vida está bajando – por lo tanto, pasado mañana llega la revolución. Esto no es materialismo. Es una caricatura.
Precisamente por eso debemos tratar con enorme recelo la imagen prefabricada del mundo que se produce a diario en miles de artículos de la prensa burguesa. Los medios no flotan en algún lugar por encima de la sociedad. Pertenecen a alguien. Existen dentro de relaciones de clase definidas.
No debemos forzar la realidad para que se ajuste a nuestras esperanzas. Si el régimen ruso es estable, debemos decir que es estable, sin importar cuáles sean nuestros deseos. Si las sanciones no han dado los resultados que prometían, hay que admitirlo, aunque eso genere una disonancia cognitiva en un lector occidental al que le han dicho que están funcionando.
No basta con que un revolucionario sepa lo que se escribe sobre el mundo. Nuestra tarea es entender cómo funciona realmente el mundo, para poder cambiarlo.
Los jóvenes de todo el mundo ya están empezando a darse cuenta de estas mentiras burguesas. Esto es solo el comienzo.
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