Un balance del mundial y de la victoria de la Roja

La noche del domingo pasado las calles se vaciaron como por arte de magia de su ajetreo habitual. Todas las miradas se mantenían concentradas en el gran acontecimiento que cada cuatro años rompe nuestra rutina durante un mes y nos da la esperanza de un momento de desconexión después de las largas horas de trabajo que día a día nos mortifican.

El mundial ha despertado las emociones de millones de personas en todo el mundo, pero sin duda quien ha vivido este mundial de forma más profunda es la afición de la selección española, que victoria a victoria la ha visto avanzar hasta levantar la copa el pasado domingo en la final. En la expectación por este triunfo que ha llenado millones de personas no ha sido un factor menor que en la selección hubiera jugadores provenientes de familias de clase trabajadora y de orígenes humildes, tales como Nico Williams, Pedro Porro o Lamine Yamal. En todos estos nombres millones de trabajadores se han visto reflejados, una muestra del potencial enorme que existe entre nuestra clase y que por desgracia, bajo el capitalismo, sólo una minoría puede desarrollar, permaneciendo el potencial del resto ahogado por los trabajos monótonos que nos entumecen sentidos e intelecto y por la ansiedad constante de llegar final de mes.

Para buena parte de la clase trabajadora, el mundial es una forma de establecer vínculos entre sí, de admirarse por las capacidades atléticas a las que la humanidad puede llegar y para evadirse de la realidad que nos rodea. Entendemos que muchos jóvenes y trabajadores necesiten algo a celebrar en la vida monótona a la que nos condena el capitalismo, pero no nos estaríamos haciendo un favor si ignoráramos que el deporte de alta competición y el fútbol en particular son una herramienta peligrosa en manos de la clase dominante, un moderno pan y circo, utilizados como sedante para alienar a la clase trabajadora de nuestras condiciones de existencia miserables bajo este sistema, calmar nuestra rabia e impedir que dediquemos nuestro tiempo a reflexionar sobre el mundo que nos rodea y a organizarnos y luchar por nuestros intereses.

Unidad nacional… ¿A qué precio?

No es casualidad, pues, que desde el presidente del gobierno, pasando por los partidos de la oposición, hasta algunos políticos “independentistas” catalanes hayan declarado su apoyo público por la selección española. Siempre que la defienden apelan de forma más o menos abierta a la unión del país bajo la misma bandera. Esta idea de unidad nacional que la clase dominante ha estado extendiendo a través de La Roja no puede ser más conveniente en el contexto actual de crisis capitalista, de descrédito del Estado y de sus instituciones; en el momento en que la patronal se prepara para atacar a los trabajadores, agitando la cuestión del falso “absentismo laboral”, y con las luchas en curso de varios sectores de la clase trabajadora, empezando por la lucha de los docentes en todo el estado pero también las huelgas del metal en Galicia, del sector de la limpieza en Zaragoza, de la alimentación en Coruña, de Airbus… Justamente ahora que la clase trabajadora empezamos a sacudirnos de encima todos estos años de inmovilidad que nos han entumecido las extremidades, proclamando de nuevo que hay una lucha dentro de la nación, un conflicto entre clases irresoluble hasta la victoria de uno u otro bando, justamente ahora se nos pide que olvidemos “nuestras diferencias” con la clase dominante y que nos unamos a quienes recortan nuestros salarios mientras baten récords de beneficios, a quienes desmantelan la sanidad y la educación pública para aumentar los presupuestos militares, a los rentistas parásitos que se hacen de oro a expensas de la imposibilidad de millones de acceder a una vivienda.

La unidad de la nación que agita la clase dominante es una farsa que pretende que los trabajadores no nos organizamos con un programa independiente que dé soluciones reales a nuestra situación, sino que nos identifiquemos con la clase dominante nacional, como sí por el hecho de vivir dentro de unas mismas fronteras tuviéramos los mismos intereses. La unidad nacional, por lo tanto, pretende borrar las diferencias reales que hacen irreconciliables explotadores y explotados. Como símbolo y jefe visible de esta unidad nacional ficticia que se nos intenta imponer por la fuerza, durante la competición hemos visto también el blanqueamiento de la monarquía borbónica, parásita del pueblo y heredera de la dictadura franquista. En la final Felipe VI estuvo fraternizando con los jugadores de la selección durante la entrega de medallas y llegó a levantar la copa, señal indiscutible de la victoria de la “nación”.

Nacionalismo español, racismo y franquismo

De la mano con la unidad nacional, la victoria de la selección española está siendo un vehículo para difundir el nacionalismo español. En el contexto actual de resurgimiento de la lucha obrera y de ataques inminentes a nuestras condiciones de vida, la difusión del nacionalismo español tiene por objetivo que los trabajadores nos dividamos, que nos llenemos de sospechas hacia el vecino y que veamos en los trabajadores de otros países o nacionalidades con los que trabajamos codo a codo los culpables de nuestras angustias. En manos de la clase dominante, el nacionalismo español no puede tener otro significado ni intención. Cuando ladran contra la inmigración quieren ensordecer el hecho evidente y contrastable de que esta no es la causa del mal estado de los servicios públicos ni de los salarios bajos. Las personas migrantes no reciben, de hecho, más que un 11% de las ayudas públicas (RTVE, 02/11/26), pero señalar este grupo es una manera de esconder que los recursos sociales para mejorar tanto los servicios públicos como los salarios existen, pero que están siendo retenidos en manos de los ricos, que año tras año no paran de batir récords de beneficios que se reparten en forma de dividendos.

La exaltación nacionalista resulta todavía más reaccionaria en un momento en que la propaganda antiinmigración es el principal caballo de batalla de la clase dominante, en que bajo la rojigualda se está librando el intento de aplicación de la “prioridad nacional” en las comunidades autónomas gobernadas por PP y Vox, consistente en priorizar a la hora de recibir ayudas las personas que “mantengan un arraigo real, duradero y verificable con el territorio”. Comentarios como el del impresentable M. Rajoy (Mariano Rajoy, por si quedaban dudas) declarando en el diario El Debate que la selección francesa “tiene una plantilla de alto nivel, pero sin franceses”, en una clara alusión al hecho que buena parte del equipo esté formada por jugadores negros, contribuyen a extender esta división entre ciudadanos de primera y de segunda, contra la cual todo trabajador tiene que luchar con ahínco, sin hacer ninguna concesión. A esto se le añade la incitación al odio contra los argentinos que han propagado los medios de comunicación y tertulianos futbolísticos a raíz de la final del mundial y que nos ha dejado las lamentables imágenes de forofos españoles increpando, persiguiendo e incluso apaleando aficionados argentinos.

El mundial también ha servido de pretexto para incubar grupúsculos franquistas y fascistas, que hemos visto eclosionar estos días con la bandera del “pollo” y la cruz de Borgoña, aleteando libremente entre las celebraciones por la selección. En Salou incluso esta escoria se ha enardecido lo suficiente como para apalear un grupo de jóvenes durante las celebraciones. Por mucho que en la actualidad estos grupos fascistas sean una minoría, si queremos que el mundial sea una celebración del deporte mundial no podemos dejar que estos ataques queden impunes.

La claudicación de la izquierda

La exaltación más evidente del nacionalismo español ha venido de la derecha, pero el uso que ha hecho la izquierda también tenía como intención y tiene como consecuencia extender entre nosotros el veneno del nacionalismo español. La actual izquierda ha sido incapaz de presentar un programa que apele directamente a los trabajadores, la enorme mayoría de la sociedad, y mejore significativamente nuestras condiciones de vida. En la situación actual de descomposición abierta del sistema, presentar un programa en defensa de los trabajadores significa señalar los capitalistas como culpables y atacar su propiedad privada sobre los medios de producción y los recursos de toda la sociedad, que usan en detrimento de esta y para su único beneficio privado; significa, por lo tanto, señalar sus amos y esto no lo pueden permitir. Como consecuencia, la izquierda está pagando cara su cobardía con el envalentonamiento de la derecha. Muchos de los votantes tradicionales de izquierda dejan de hacerlo, desilusionados con la política oficial; a la vez, parte de la juventud que empieza a votar es atraída hacia los partidos de derecha por el lenguaje que utilizan al señalar la izquierda, la inmigración, las nacionalidades oprimidas dentro del estado español, etc. como culpables de la crisis. A la izquierda solo le queda asimilar el lenguaje de la derecha en un intento vergonzoso de retener votantes, y esto es justamente lo que ha hecho al defender el nacionalismo español a través de la selección.

Hemos visto desde la izquierda intentos de resignificar la bandera española y hacerla un símbolo de todo el mundo: unidad de la nación y paz entre clases. Pero como trabajadores, aparte de ser intransigentes con esta difusión del nacionalismo español que va en contra de nuestros intereses, también tenemos que hacer memoria y luchar porque los políticos no nos traten como estúpidos. La bandera española no es un símbolo que exprese realmente la unidad nacional ni únicamente la victoria de la selección. Es símbolo de la derrota que sufrimos los trabajadores y oprimidos durante la guerra civil y durante la farsa de la Transición, que dejó intactos el aparato judicial y el estado franquista, que dejó en libertad los policías y militares asesinos y que nos impuso un rey y una Constitución para reafirmar el dominio de la propiedad privada sobre toda la sociedad. Es por eso que no se puede resignificar así como así una bandera cuyas franjas rojas han sido tejidas con la sangre de centenares de miles de trabajadores y campesinos asesinados por el fascismo.

La herida abierta de la cuestión nacional

Es por este motivo que una buena parte de la clase trabajadora ve correctamente con desconfianza tanto la bandera española como la selección, en cuánto es utilizada para justificar esta imposición. Especialmente son los sectores de nuestra clase formados por los trabajadores de las nacionalidades oprimidas dentro del estado español los que mayoritariamente no se sienten identificados ni representados por la actual selección. Los ataques constantes que recibe el catalán, el euskera o el gallego, la memoria de la dictadura en nuestro país y el resurgimiento en la actualidad de discursos de odio contra estas nacionalidades llevan a ver en La Roja otra imposición del nacionalismo español. Conceder a estas nacionalidades el derecho democrático básico de tener una selección propia a la que animar no sería un paso hacia la división, sino al contrario: una condición necesaria hacia la fraternidad y la igualdad que tendría que caracterizar todo deporte.

Pero también cabe destacar que la popularidad de la selección estos días en Cataluña y Euskal Herria, donde se ha podido ver por las calles un aumento de rojigualdas colgadas de los balcones, es una clara consecuencia de la bancarrota de los partidos independentistas pequeñoburgueses para llevar adelante la liberación nacional sin claudicar ante la burguesía, dejando así huérfanos de dirección política centenares de miles de jóvenes y trabajadores que siguen sufriendo la opresión nacional.

El aumento en la violencia de género y el negocio de la FIFA

Al uso de los mundiales para promover el nacionalismo se le añade que en las condiciones actuales el fútbol divide hombres y mujeres en la medida en que este deporte es envilecido por el aumento inhumano de violencia machista que siempre se da concretamente durante los mundiales y por la normalización de la violencia entre jugadores dentro del campo. Sin ir más lejos, en el mundial de este año como mínimo 11 jugadores tienen o han tenido alguna acusación por abuso sexual, y algunos incluso por violación. Es indudable que la impunidad de estos jugadores ante las acusaciones es consecuencia tanto de los recursos que tienen para pagarse una buena defensa -o sobornar a las víctimas- como por el espaldarazo que reciben de parte de todas las marcas y empresas que se enriquecen gracias a ellos. Pero esta violencia va más allá de las grandes estrellas y se da principalmente entre la afición. Según Miguel Lorente, experto en cuestiones de género, los casos de violencia machista aumentan un 30% durante los mundiales de fútbol (La Ser, 21/07/26). Una celebración del deporte internacional como los mundiales tendrían que ser algo que llenara de ilusión toda la sociedad, no que hiciera temer una parte de esta por sus vidas.

El capitalismo está limitando el potencial del fútbol de ser una actividad en que la humanidad pueda expresar libremente sus capacidades al blanquear toda esta violencia, tanto dentro como fuera del campo. El incentivo económico es, evidentemente, el que se encuentra en la base de este blanqueamiento. Que la FIFA es antes de que nada un negocio lo vemos con los incontables casos de corrupción que ha tenido en lo que llevamos de siglo (Fifagate, ISL…), con el blanqueamiento que hace de los gobiernos de los países donde se celebran los mundiales -como en los casos más recientes de Qatar y de Estados Unidos- o con los precios abusivos que imponen a sus camisetas y merchandising a través de pactos con empresas o contratos de publicidad. Esto no es abrir las puertas del fútbol a todo el mundo ni, como dice la FIFA, una muestra de que “el fútbol une el mundo”.

Para liberar el deporte ¡luchemos por el socialismo!

En lugar de permitir el desarrollo atlético de las capacidades de todo el mundo, el actual sistema lo restringe a unos pocos afortunados y condena al resto a una vida gris sin más objetivos que aguantar un día más; en lugar de promover la colaboración voluntaria entre pueblos, el actual sistema estimula que el fútbol sea una herramienta del nacionalismo en manos de la clase dominante para enfrentarnos entre nosotros y defender así su explotación; en lugar de fortalecer los vínculos de confianza entre hombres y mujeres, el actual sistema premia el fútbol masculino, degrada el femenino, y genera una cultura deportiva en la cual la violencia de género es normalizada. Al establecer una recompensa económica detrás del deporte, las actuales condiciones también fomentan la violencia entre los equipos y la competitividad insalubre.

Si queremos abrir la puerta a que nuevas generaciones puedan desarrollarse plenamente a través del deporte, hace falta que los trabajadores nos organicemos para acabar con el capitalismo, este sistema inhumano que enriquece a unos pocos mientras la mayoría nos empobrecemos, y sustituyamos el libre mercado y la apropiación privada de la riqueza por una economía planificada bajo la administración democrática de los trabajadores en la cual la riqueza sea apropiada por la sociedad en conjunto, en beneficio del conjunto. La oleada nacionalista que las clases dirigentes nos están intentando infundir es un ataque directo hacia la unidad que necesitamos para transformar la sociedad. Podemos estar seguros que esta manía nacionalista tiene una fecha de caducidad porque todavía tenemos fresco el recuerdo de la anterior victoria de La Roja, que a pesar de haber estimulado también el nacionalismo español no impidió ni el 11M, ni el inicio del Procés el 2012, ni la organización alrededor de movimientos políticos que demostraban, a pesar de que fuera superficialmente, un carácter radical y anti-régimen, como el Podemos de 2014. Con todo, hace falta que los trabajadores luchemos de forma consciente contra este uso de la selección como medio del nacionalismo español, y expliquemos pacientemente a nuestros compañeros trabajadores que estén siendo ganados hacia el nacionalismo cuáles son las intenciones reales de esto y por qué va en contra de nuestros intereses.

Solo cuando hayamos acabado con el capitalismo podremos dejar de ver como se nos escupen en la cara mensajes sobre paz y amor durante los mundiales a la vez que se lo miran desde el palco y se aplaude públicamente los criminales que tienen las manos manchadas de sangre, los instigadores de las guerras. Cuando hayamos acabado con todos estos parásitos el deporte se liberará de las actuales cadenas y finalmente, unidos en una república internacional de trabajadores y trabajadoras, podremos expropiar la FIFA de sus vacías proclamas y ahora si pronunciar con pleno derecho las palabras “el fútbol une”.

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