Una semana después, ¿a dónde va la huelga general?
Se cumple una semana desde que los sindicatos obreros y los sindicatos de vivienda, anunciaran una huelga general para el 11 de noviembre por la vivienda y los salarios. Este anuncio se produjo en el momento álgido de las protestas populares contra la especulación inmobiliaria, desatadas por el brutal desahucio de Maricarmen, tristemente fallecida poco tiempo después por la ansiedad y la presión inhumana que sufrió con el desahucio. En aquel momento, del 2 al 5 de octubre, cientos de miles de personas se echaron a la calle en la mayor protesta contra la codicia capitalista en décadas. Otros cientos de miles ya venían movilizándose en la semana precedente en todo el Estado, conforme se extendían las acampadas de jóvenes estudiantes y trabajadores por las principales ciudades.
La clase dominante y la derecha estaban en pánico. Del giro reaccionario imperante semanas atrás alrededor de la inmigración, pasamos a un giro brusco a la izquierda con demandas de clase y otras reivindicaciones claramente anticapitalistas. De la necesidad de una respuesta de clase y colectiva a un problema que afecta a todos, surgió la reivindicación de una huelga general, consigna levantada audazmente por los sindicatos de vivienda que forzaron a los sindicatos de clase a aceptarla, presionados por la movilización de masas.
Una semana es tiempo suficiente para evaluar qué pasos prácticos y concretos adelante se han dado para instalar en la conciencia de la clase trabajadora la necesidad absoluta de participar masivamente en esta huelga. Una huelga general no es un acontecimiento normal, supone paralizar completamente el país con la participación imprescindible de todos los sectores de la clase obrera, supone enfrentarse a la represión patronal, sobre todo en las pequeñas empresas, con amenazas de despidos, de no renovar contratos, chantajes, etc. Es decir, los trabajadores deben encontrar una motivación, y una organización brindada por los sindicatos, lo suficientemente poderosas como para superar las mil presiones que ya están ejerciendo contra la huelga los capitalistas, la derecha y su prensa prostituta.
El peligro de que se diluya el ambiente combativo
En su momento, desde la OCR fuimos muy críticos con la elección de la fecha tan tardía que, a nuestro juicio, se había fijado para esta huelga general, la segunda semana de noviembre. Insistimos que debía ser convocada este mismo mes de octubre cuando el ambiente era más propicio por la cercanía de las grandes movilizaciones de masas sobre la vivienda y donde, además, habría coincidido con el inicio este 14 de octubre de la huelga indefinida de la educación en Madrid, alcanzando más relevancia. Advertimos entonces que aplazar la huelga más de un mes desde el momento álgido de la protesta popular tenia el riesgo de que aquélla se diera cuando el ambiente de euforia e indignación que vivimos del 2 al 5 de octubre, se diluyera en el tiempo, con el peligro de que el seguimiento y el impacto de la huelga general fuera mucho más limitado y pasara sin pena ni gloria, instalándose un ambiente de derrota y de aislamiento en las capas avanzadas de los trabajadores y de la juventud. Creemos que el domingo 4 de octubre, cuando el Congreso Federal de la CGT aprobó convocar una huelga general por la vivienda, los sindicatos de vivienda y la CGT misma debían haberse dirigido a UGT, CCOO, CIG, ELA y LAB con una fecha concreta de huelga general para un plazo no mayor a dos semanas, debidamente registrada legalmente. Difícilmente esos sindicatos hubieran podido negarse, dado el ambiente social que existía, y en caso de negativa habrían quedado completamente desacreditados con el peligro para ellos, incluso, de que gran parte de sus afiliados y delegados se adhirieran espontáneamente a esa huelga general ya convocada.
¿Qué deberían hacer los sindicatos de vivienda?
Pese al hecho consumado de la huelga general para el 11 de noviembre, apelamos en ese momento a los sindicatos de la vivienda, particularmente en Madrid, a que desconfiaran de la lentitud y pesadez de movimientos de los aparatos sindicales, y que se lanzaran inmediatamente ellos mismos a la agitación más enérgica y entusiasta en los barrios obreros, polígonos industriales, las plazas, mercados, escuelas y universidades. Tenían a su disposición cientos y miles de activistas muy motivados en cada ciudad grande y mediana, y un auditorio de millones de personas, dada la gran autoridad que los llamados “sindicatos de inquilinas” habían conquistado desde semanas atrás con su lucha abnegada y sacrificada. Lamentablemente, no hemos visto nada de esto, hasta la fecha. Se ha dejado pasar una semana preciosa de agitación enérgica, justo cuando más se necesitaba, en los primeros compases de la campaña hacia la huelga general, y cuando aún falta casi un mes para la misma.
Se tiene la impresión de que la dirección del sindicato de inquilinas, pese a su honesta combatividad, fue tomada por sorpresa y se ha sentido abrumada por la magnitud de la respuesta popular tras el desahucio de Maricarmen hace más de 2 semanas. Varias veces manifestó dudas y reservas sobre la conveniencia de instalar la acampada en la Puerta del Sol y varias veces amagó con proponer levantarla, aunque siempre se echó para atrás por la presión y negativa de los miles de acampados. Así fue el mismo día que la mayoría de derechas derrotó en el Congreso los dos decretos tibios del gobierno sobre vivienda. De haberse levantado la acampada entonces, eso habría sido la admisión de una derrota y habría afectado negativamente a la moral del movimiento que se había generado. Es cierto que la dirección del sindicato de inquilinas trató de justificar su posición diciendo que había que volver a los barrios a hacer agitación y construir desde ahí el movimiento. Estamos de acuerdo con esa propuesta, pero eso no entraba en contradicción con mantener las acampadas en ese momento y en los días sucesivos. Las acampadas, aseguradas por un núcleo numeroso de activistas a lo largo del día, podían funcionar como centros de coordinación, debate y decisión; mientras que otros cientos de activistas más, muchos de los cuales participan pero no acampan, podrían desplazarse a barrios, polígonos y plazas periféricas para hacer agitación, organizar asambleas en las plazas, y crear comités de lucha por la vivienda por todas partes, incorporando a cientos de vecinos comunes a una lucha activa. En cada barrio se podría haber hecho un listado de inmuebles propiedad de fondos buitres y grandes propietarios para proponer su expropiación para alquiler social, recoger cada injusticia de amenaza de desahucio por alquileres o hipotecas desorbitados, etc, para volcar la indignación popular hacia estos granujas y exigir la expropiación de dichos inmuebles para alquiler social, entre otras muchas iniciativas. Incluso se podría haber puesto en pie la propuesta lanzada hace tiempo por los sindicatos de la vivienda de una huelga de alquileres, comenzando primero por los inmuebles de fondos buitres y grandes propietarios, donde sería más fácil y efectivo organizarlo. Dado el ambiente social existente, eso habría tenido una enorme receptividad y simpatía en el conjunto de la clase obrera, haciendo más difícil cualquier intento de represalia de estos chupasangres contra sus inquilinos.
El problema es que ni en la semana previa a la convocatoria de la huelga general, ni tampoco ahora, los sindicatos de inquilinas han hecho esta mínima labor, haciendo de la acampada un fin en si mismo. La misma critica puede hacerse a los demás grupos, incluidos grupos políticos revolucionarios, que participan en la organización de estas acampadas. La OCR ha defendido consistentemente estas propuestas en artículos y octavillas. Lamentablemente, cuando nuestros compañeros quisieron hablar en la asamblea de Sol hace un par de semanas para defender esta propuesta no se les permitió hablar con el argumento de que éramos una organización política, y “sólo” tenían permitido hablar organizaciones “de lucha”, sindicales, etc.
Pensábamos que la cosa cambiaría una vez anunciada la convocatoria de huelga general pero, lamentablemente, no ha sido el caso hasta ahora, al menos en la acampada principal de la Puerta del Sol de Madrid, el centro del movimiento. Convertir las acampadas un fin en sí mismo, con un carácter pasivo de “resistencia”, mientras millones de trabajadores están a la espera de recibir información, nos parece un desperdicio de tiempo y de esfuerzos, cuando todavía restan semanas para la huelga general, que debe revertirse inmediatamente.
El papel de la izquierda revolucionaria
Un conjunto de grupos de la izquierda revolucionaria, como la CJS nos han impresionado por la cantidad de sus militantes en la acampada de Sol, en las manifestaciones y sus desfiles con banderas rojas, y poniendo el cuerpo en la defensa contra las amenazas fascistas. Sin embargo, en cuanto a propuestas prácticas para hacer avanzar el movimiento en las líneas planteadas aquí, tampoco han planteado ninguna alternativa, lo mismo puede decirse de grupos como CRT o Izquierda Revolucionaria. Todos han hecho de la acampada también un fin en si mismo. Ahora, la CJS ha declarado que va a formar decenas de comités en barrios y facultades en apoyo a la huelga general por todo el Estado. Eso está muy bien. Pero no lo plantean como una táctica de frente único, extendiendo la propuesta a sindicatos obreros, sindicatos de vivienda y otras organizaciones y movimiento sociales, con el derecho de cada uno de defender sus propias posiciones y programa, sino como comités de su partido sin presencia de más organizaciones. Nos parece equivocada esta táctica, porque aparenta ser más bien una actividad de autopropaganda política y de reclutamiento, en lugar de poner el esfuerzo militante en convencer a la mayor cantidad posible de trabajadores en los barrios para que se sumen a la huelga.
La pasividad de los sindicatos, el mayor peligro
Dicho esto, nuestra principal crítica va dirigida a las organizaciones sindicales, que están arrastrando los pies en la organización de una huelga que les ha sido impuesta por el movimiento de masas. Sin embargo, sólo los sindicatos disponen de la influencia y la militancia obrera de masas para llegar hasta el último rincón del Estado, a cada fabrica y empresa, barrio y polígono. Tienen en sus manos, por lo tanto, la mayor responsabilidad en el éxito o fracaso de la huelga general. Los sindicatos de vivienda deberían exigirle alto y claro a los aparatos sindicales que den un paso al frente, que organicen comités de lucha en cada empresa y barrio, elegidos en asambleas. En toda asamblea de trabajadores para votar la huelga debería estar presente un representante de los sindicatos de vivienda para exponer sus datos, cifras y argumentos, para que no quede ninguna duda de que éste es un problema que afecta de lleno a la clase obrera, a las familias obreras y a sus hijos.
En esta situación, las acampadas están perdiendo su razón de ser y vemos un repliegue y cierre de las mismas en diferentes ciudades. Tuvieron el mérito de concentrar la mirada de millones de personas en ellas y de convertirse en un punto focal de la protesta. Pero ahora la lucha pasa a otra etapa, a la agitación de masas. Para evitar una estampida desorganizada, que puede afectar a la misma acampada de Sol, convendría mejor preparar una retirada organizada, levantando la acampada en un plazo estimado para orientar todos los esfuerzos a patear los barrios, polígonos y empresas. Los sindicatos de viviendas deberían orientar ahora todos sus esfuerzos a organizar estos comités de lucha en los barrios de las ciudades.
Aunque seguimos pensando que la huelga general debió haberse convocado antes, sigue teniendo plena validez y vigencia; y si las organizaciones de masas la enfocan correctamente, agitando con un programa amplio de reivindicaciones sociales en materia de vivienda, salarios, y defensa de los derechos laborales y pensiones ahora amenazados por la derecha de PP-Vox, puede y debe ser un rotundo éxito.
La necesidad de un programa comunista
La OCR participará en el movimiento a favor de la huelga general con sus fuerzas y defendiendo su propio programa, que ya hemos expuesto en declaraciones anteriores, y que resumimos aquí:
– La vivienda es un derecho social, no una mercancía para hacer negocio a costa de la clase trabajadora.
– Expropiación sin indemnización de los inmuebles de los fondos buitre y de todos los grandes propietarios de viviendas (más de 10), para destinarlos a un alquiler social equivalente al 10% de los ingresos familiares. Que se reintegre la vivienda a todas las personas desahuciadas por estos fondos y grandes propietarios desde la crisis de 2008.
– Expropiación sin indemnización de los inmuebles de medianos propietarios (hasta 10 viviendas en posesión) a partir de la tercera vivienda. Todo lo anterior sumaría 1 millón de viviendas listas para ser ocupadas y deberían estar bajo el control de los sindicatos de vivienda y comunidades de vecinos.
– Prohibición de la compra de inmuebles para el negocio del alquiler.
– Completar la falta de vivienda social con un plan anual de construcción de 200.000 viviendas por medio de la expropiación forzosa del suelo necesario (indemnizando solo a pequeños propietarios), de las 5 grandes constructoras que dominan el mercado y de la banca, para disponer de los recursos materiales y financieros con que acometer estas inversiones. Constructoras y bancos serían expropiados sin indemnización, salvo a pequeños accionistas de escasos recursos.
– No a las amenazas fascistas. Acción directa de masas contra Desokupa y otros grupos escuadristas de la ultraderecha.
– Subida inmediata de un 5% de los salarios ante la estampida de los precios. Ajuste automático de los salarios con la inflación cada 6 meses
– Expropiación de las empresas de energía (petroleras, eléctricas y renovables), sin indemnización y bajo control obrero, que se están hinchando de ganar dinero saqueando los bolsillos de las familias obreras. Integración de las mismas en un plan estatal de producción que atienda las necesidades sociales.
– No a las amenazas de PP-Vox y las patronales de atacar las bajas laborales y de privatizar las pensiones para que los bancos y fondos de inversión hagan negocio con las jubilaciones futuras de los trabajadores, o las lleven a la quiebra.
– El problema de fondo es el capitalismo, un sistema basado en la propiedad privada de grandes capitalistas y financieros que ejercen una dictadura sobre nuestras vidas, y actúan como dueños de la vida y de la muerte de millones de trabajadores y jóvenes. Ellos, junto a su aparato de Estado policial, judicial y militar deben desaparecer. Para que la humanidad pueda vivir, el capitalismo debe morir.
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