El artificio de la desigualdad: una genealogía marxista de la sociedad de clases
La desigualdad y la opresión no son inherentes a la naturaleza humana; son el resultado de un proceso histórico determinado por las condiciones materiales de producción. Durante miles de años, nuestros antepasados vivieron en sociedades igualitarias basadas en la cooperación para sobrevivir. La aparición del excedente lo cambió todo.
La historia de las sociedades de clase debe entenderse como el proceso por el cual las relaciones sociales, lejos de ser naturales o inmutables, adoptan una forma determinada a causa de las condiciones materiales de producción y reproducción de la vida. Esto es así porque, directamente por una contingencia —en la fertilidad del suelo, en el acceso a los recursos o en la incorporación de nuevas técnicas—, y sobre todo con la aparición de la agricultura, el trabajo colectivo empieza a transformarse en producción individual, una minoría puede controlar progresivamente parte del excedente social generado por el conjunto. Esta concentración, nacida del mismo cambio, acaba alterando las propias formas de producción y circulación. En este proceso, el excedente deja de ser un resultado compartido para convertirse en un instrumento de poder, y es en esta transformación gradual donde nace una estructura de dominación estable; la primera expresión histórica de la sociedad de clases.
Esta división no es solo económica, es también social y política; la clase dominante tiende a organizar las instituciones, las normas y las formas de poder en función de sus intereses.
En este aspecto, la aparición de las clases sociales no puede explicarse como el resultado de una supuesta esencia humana orientada de manera natural a la desigualdad, sino como una consecuencia histórica de la transformación de las formas de producción, de la acumulación del excedente y de la progresiva apropiación privada de los recursos.
Una vez la sociedad se divide en grupos con posiciones materiales opuestas, surgen también intereses irreconciliables: por un lado, los que buscan mantener y ampliar su posición dominante; y por otro, los que producen la riqueza, pero no controlan su fruto. Es en este choque entre intereses sociales antagónicos donde debemos situar el motor del proceso histórico.
Por esto, es importante poner de manifiesto que la lucha de clases no es un elemento secundario ni accidental; es la forma concreta que adopta el conflicto social en una sociedad dividida. Las instituciones, el Estado, las ideas dominantes e incluso todas las formas de legitimar el orden existente responden, en última instancia, a esta estructura de dominación.
La historia, pues, no avanza por un consenso espontáneo ni por un desarrollo lineal; avanza a través de tensiones, crisis y rupturas que expresan las contradicciones internas de cada modo de producción.
Entonces, ¿cómo surge la sociedad de clases?
Contenido
Una sociedad sin clases
Antes de la llegada del capitalismo, la humanidad recorrió una secuencia dialéctica de estadios históricos determinados por las condiciones materiales de producción, siendo el más extenso el comunismo primitivo, seguido de la sociedad esclavista y el feudalismo, tal como delinea Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.
Durante la mayor parte de la existencia humana, enmarcada en el paleolítico (desde los 2,5 millones de años de la aparición de los primeros homininos hasta el 10.000 aC, con el final de la glaciación de Würm que favoreció el establecimiento de la agricultura y la ganadería), los seres humanos se organizaron en grupos de cazadores-recolectores sin clases sociales, propiedad privada ni Estado. La supervivencia dependía objetivamente de la cooperativa colectiva, con el territorio como propiedad comunal de la gens o tribu —no absoluta, sino vinculada a una inseguridad existencial y una productividad técnica limitada— que imponía la socialización como la única estrategia viable para la supervivencia.
No debemos entender la escasez paleolítica como una escasez absoluta de recursos; hay que entenderla como una baja productividad del trabajo que impedía la acumulación de excedentes para la subsistencia. Los medios de producción eran rudimentarios y torpes (caza y recolección) con un proceso tecnológico lento y condicionado por adversidades climáticas —sequías, inundaciones— que interrumpían migraciones y la disponibilidad de alimentos vegetales y animales, forzando la innovación técnica o condicionando el desplazamiento humano. El ser humano aún no dominaba la naturaleza, sino que se adaptaba a ella, y estas condiciones adversas rehuían la competencia individualista, fomentando el comunismo primitivo como una necesidad para la reproducción social.
A diferencia de los grandes depredadores (leones o guepardos), el ser humano —físicamente débil y lento— dependía de la unión de fuerzas y la acción conjunta del grupo. La cooperación en la caza, compartida por hombres y mujeres, surgía de la necesidad de protección mutua ante una naturaleza hostil.
Engels, en El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado, destaca que “las comunidades que adoptaron el régimen de la gens —forma de organización social de las sociedades primitivas, basada en vínculos de parentivo y cooperación colectiva— tenían una ventaja en la selección natural. ¿Por qué? Porque aquellos grupos que cooperaban y compartían recursos durante las crisis climáticas sobrevivían y prosperaban más que aquellos enfrentados por conflictos internos, favoreciendo —a la larga— el desarrollo de la capacidad cerebral y la complejidad social como adaptaciones decisivas.
Estas dinámicas explican la hegemonía histórica de la organización gentilicia sobre formas competitivas primitivas.
La fase atlántica como elemento decisivo
El fin de la última glaciación y de los períodos fríos —como el Younger Dryas (11.000-9.700 aC aproximadamente)— alteró profundamente las dinámicas ecológicas, modificando migraciones animales y la disponibilidad de la flora, haciendo insostenible el estilo de vida nómada para ciertos grupos de cazadores y recolectores.
Un ejemplo paradigmático es el asentamiento de Abu Hureyra (Siria), donde la respuesta a este clima frío fue el cultivo extensivo del centeno silvestre —el grano de cereal más antiguo conocido—, iniciando un proceso de apropiación de semillas y conocimiento técnico para asegurar la alimentación frente a la escasez.
Solo más adelante, hacia el 5500-5000 aC se documenta una mejora climática decisiva que marca el óptimo climático del Holoceno. Esta fase, caracterizada por un clima fresco y húmedo, con abundantes precipitaciones, favoreció la expansión de nuevos biomas —como el bosque mixto de robledales, que sustituyó vegetaciones más escasas—, creando así las condiciones para una estabilidad ecológica.
Es precisamente este clima lluvioso y estable de la conocida fase atlántica el que permitió el establecimiento permanente de sociedades neolíticas, como la de La Draga en Banyoles (Cataluña), y el desarrollo de una productividad superior. En este momento, el ser humano ya dominaba especies domésticas y disponía de un entorno favorable para consolidar una economía productora, base material para la acumulación de excedentes y, posteriormente, las primeras contradicciones de clase.
La revolución neolítica
Algunos historiadores argumentan que la revolución neolítica fue la primera gran transformación en la historia de la humanidad, que favoreció el paso de una economía basada en la caza y la recolección a una basada en la agricultura y la ganadería. Esta transformación fue tan profunda que alteró, de manera irreversible, la relación del hombre con el mundo natural.
Es preciso mencionar que la revolución neolítica representó la primera gran transformación en las condiciones de producción humana; se pasó de una economía puramente extractiva de caza y recolección a una productora basada en la agricultura y la ganadería. Esta mutación no fue un elemento aislado, supuso un cambio profundo e irreversible en las relaciones de las fuerzas productivas con la naturaleza —de la adaptación pasiva a la apropiación activa—, y creó las condiciones para nuevas formas sociales antagónicas.
Se considera que tiene su origen en el Próximo Oriente, concretamente en el Creciente Fértil (desde el IX milenio aC), hace unos 12.000 años; hacia el 8.000 aC, este nuevo modo de producción se había extendido ya por toda la región y empezaba su difusión hacia la actual Europa y el sur de Ásia.
En la península ibérica, en cambio, el neolítico se implanta más tarde, coincidiendo con la mejora climática atlántica mencionada: análisis estadísticos de yacimientos de la cornisa mediterránea identifican el 5500 aC como el pico expansivo del neolítico cardial (con dataciones que remontan al 5700 aC). Mientras que en el Próximo Oriente la domesticación de flora y fauna respondía a una crisis de frío y aridez, aquí se consolida unos 6.000 años más tarde, gracias al clima templado y húmedo.
Entonces, la agricultura y la ganadería generaron, por primera vez, un excedente más allá de la subsistencia inmediata, explicable no por voluntad subjetiva de los individuos, sino por factores materiales determinados: un crecimiento demográfico sustancial —de 5 a 25 millones de habitantes entre el 5.000 y el 2.000 aC— permitió alimentar más población y liberar a una fracción para ocuparse de actividades especializadas como la artesanía, la gestión administrativa, y el surgimiento de proto-religiones.
En comparativa, en el paleolítico, la falta de un excedente imposibilitaba cualquier acumulación; y es precisamente con la revolución neolítica, en cambio, que se fragmenta la propiedad comunal tribal, asignando recursos como los animales y la tierra a unidades familiares o individuales. De esta apropiación privada surgieron las primeras distinciones entre explotadores (controladores del excedente) y explotados (productores subordinados), viviendo los primeros del trabajo de los segundos y consolidando progresivamente las bases de la jerarquización social.
De la misma manera que la aparición de un excedente no implica automáticamente la división entre explotadores y explotados. Este paso fue posible porque el excedente abrió la necesidad —y al mismo tiempo la posibilidad— de dedicar una parte de la población a funciones especializadas de gestión, control y organización. Para que este sector pudiera liberarse del trabajo productivo directo, era necesario que una parte de la comunidad siguiera produciendo lo necesario para sostenerlo; y es sobre esta base material donde se consolidan las primeras formas de jerarquía y dependencia social.
Es fundamental entender que esta jerarquización —su origen y consolidación— no responde a ninguna naturaleza humana “eterna” o “biológica”, como defienden visiones idealistas, sino que es un producto histórico específico del desarrollo de las fuerzas productivas y de la apropiación privada del excedente por una minoría emergente. Así, Marx nos enseña que estas contradicciones iniciales son la semilla de la lucha de clases como motor de la historia.
Hacia la sociedad de clases
¿Cómo podemos detectar los primeros indicios de jerarquización social?
El análisis de las prácticas funerarias y de los ajuares revela desigualdades objetivas, reflejando la apropiación de este incipiente —arriba mencionado— excedente por una minoría emergente.
En el contexto catalán, en enterramientos del neolítico medio observamos collares de variscita —un mineral sin una función utilitaria, sino de puro prestigio simbólico—, indicando una diferenciación social en el seno de comunidades que ya no eran igualitarias. Hacia finales del calcolítico, la aparición de artefactos estandarizados —cerámicas decoradas, puñales de lengüeta, brazaletes de arquero— denota la emergencia de élites locales que utilizaban estos bienes en banquetes rituales y en redes de intercambio para reproducir su posición dominante.

Collar y cuentas de variscita (Can Tintorer, Gavà). Las minas de Gavà son las más antiguas del mundo hechas en galería, después convertidas en necrópolis; albergan enterramientos múltiples sin ajuar en individuos con deformaciones patológicas del trabajo minero; pero también se encuentran enterramientos individuales con ajuares rituales, obsidiana de Sicilia, variscita catalana, sílex francés, etc.
Un caso interesante es también el registro arquitectónico: la construcción de estructuras no residenciales —monumentos funerarios colectivos de tipo tholos y fortificaciones— implica una organización social capaz de movilizar grandes cantidades de mano de obra.
El asentamiento de Los Millares (Andalucía, calcolítico) lo ejemplifica con murallas, bastiones y fortines complejos, que sugieren una dirección centralizada para proteger el excedente productivo frente a posibles amenazas internas o externas.

Sepulcro megalítico de les Maioles (Rubió, Anoia), primeros siglos del segundo milenio. Se encontraron restos humanos de doce individuos adultos, dos jóvenes y uno infantil. Junto a los cuerpos se encontraron objetos de uso personal y objetos relacionados con actividades productivas.
En la antigua ciudad de Uruk (Mesopotamia, IV milenio aC), las grandes obras públicas (como sistemas de irrigación) requieren una autoridad directora —inicialmente sacerdotal— para coordinar el trabajo colectivo, transformándose en administradores del excedente recogido como tributo u ofrendas divinas. El templo (y posteriormente el Palacio) se fue apropiando sistemáticamente de este excedente y del trabajo forzado de los campesinos, pasando de un servicio comunitario a una estructura de explotación institucionalizada.
En este sentido, y continuando con el ejemplo mesopotámico, la escritura (cuneiforme) no emerge por finalidades literarias o religiosas; emerge por la necesidad burocrática de contabilizar tributos, raciones y bienes almacenables: ~85% de las tablillas de Uruk son documentos económico-administrativos. Esto dio lugar a una capa de escribas con monopolio del conocimiento intelectual, elevándose por encima de la masa de trabajadores manuales y fomentando las primeras unidades de cuenta para medir y comparar valores para transacciones entre templos.
La división entre el trabajo manual e intelectual cristalizó en la fractura antagónica de la sociedad en explotadores y explotados. Mientras una incipiente clase dominante se reservaba la planificación, el control y la gestión de la producción, la mayoría quedaba reducida a la condición de instrumento de ejecución mecánica.
Y todavía más, en Uruk, los bowls de canto biselado —recipientes estandarizados y producidos en masa— ejemplifican esta explotación; servían para distribuir raciones mínimas a los trabajadores forzados, cosa que permitía a los administradores de los templos (sacerdotes y escribas) mantener la fuerza de trabajo subordinada sin ceder sobre el control del excedente.
Esta división del trabajo no era dada por criterios técnicos o de eficiencia; fue una decisión de carácter social y clasista. Al separar funcionalmente a los productores de los administradores y propietarios, se reproducía la dominación de una minoría sobre la base productiva. La necesidad de proteger los nuevos intereses privados de clase —frente a las desigualdades crecientes y posibles resistencias— engendró el Estado primitivo, no como los Estados-nación modernos, sino como Engels lo definió: una “fuerza pública separada de la sociedad”, encargada de consagrar la propiedad privada y el dominio político de la minoría emergente sobre la mayoría explotada.
El Estado, entonces, no emerge como un árbitro neutral; lo hace como un instrumento de la clase dominante, que utiliza la coerción armada y la ideología para contener los antagonismos de clase y perpetuar la explotación, convirtiéndose en la superestructura política que cristaliza los antagonismos de la base material de la sociedad.
La propiedad privada
Llegados a este punto, debemos responder qué es la propiedad privada y por qué era tan decisiva.
Desde el materialismo histórico, Marx, como se ha explicado, teoriza que la propiedad privada no es un derecho eterno o natural, sino que es una forma histórica específica de relación social y económica donde los medios de producción —tierra, animales, herramientas, máquinas, etc.— son controlados y poseídos por individuos o grupos restringidos, excluyendo a la comunidad de su uso y fruto. Esta exclusión crea las condiciones para la explotación de clases, y esto permite a una minoría vivir del trabajo ajeno.
Como hemos visto hasta ahora, el dominio sobre la propiedad no ha sido ni natural ni eterno. Durante la mayor parte de la historia humana, la propiedad era comunal (territorio tribal), y la propiedad privada emerge con el excedente productivo neolítico como base material de las contradicciones sociales.
Los ganados y la ganadería también fueron enormemente decisivos y transformadores en el origen de la propiedad privada, representando la primera forma de riqueza movilizable y acumulable. Los animales se reproducían rápidamente, generando excedentes de carne y leche más allá de la subsistencia, y su portabilidad los convirtió en el primer equivalente universal para el cambio de mercancías —precursor del equivalente universal del dinero.

Arte rupestre en Tassili n’Ajjer (Argelia), donde se representan escenas de pastura.
A diferencia de la tierra (aún tribal), el ganado pasó rápidamente a ser propiedad particular de los cabezas de familia, creando también una base para la diferenciación. Como el ganado crecía más que la familia, surgió la necesidad de mano de obra adicional para su custodia, transformando a los prisioneros de guerra de adoptados o sacrificados, en esclavos —y de aquí el primer trabajo forzado sistemático.
La abundancia lacto-cárnica producida de esta manera favoreció un desarrollo físico e intelectual superior en ciertos pueblos ganaderos, facilitando la expansión y el dominio. No obstante, la dependencia de especies domésticas —como en La Draga (Cataluña) o en la Cova de l’Or (Valencia)— marcó el fin definitivo de la economía paleolítica igualitaria, abriendo paso a las transformaciones sociales de clase.
En la división del trabajo neolítico, el hombre se convirtió en propietario del excedente móvil. Para transmitir esta riqueza a sus herederos legítimos, se necesitó controlar la genealogía familiar; esto, en palabras de Engels, es lo que se conoce como la “gran derrota histórica del sexo femenino”: el traspaso del derecho matrilineal al patrilineal, con la monogamia forzada sobre las mujeres para garantizar la paternidad y la herencia privada.
Pese a que la propiedad privada, la esclavitud y la subordinación de las mujeres significaron una ruptura con las formas comunitarias anteriores y la aparición de una nueva dominación de clase, también comportaron un desarrollo notable de las fuerzas productivas, de la organización social y de las capacidades técnicas de la humanidad. En este sentido, la historia de la explotación no es solo la historia de una opresión en aumento, sino que es también la de una acumulación de condiciones materiales que hacen posible, a largo plazo, formas sociales más complejas y, potencialmente, superiores, en la medida en que el desarrollo de las fuerzas productivas comportó, durante ciertos períodos, una mejora de las condiciones de vida de la especie en conjunto.
¿Es el futuro comunista?
El estudio de las sociedades preclasistas no solo es un debate arqueológico e histórico aislado, es también la herramienta metodológica por excelencia del materialismo histórico para desmantelar las categorías ideológicas que legitiman la sociedad burguesa. Entender estas formaciones primitivas demuestra, sobremanera, que las instituciones presentes —Estado, propiedad privada, explotación— no son expresiones de una naturaleza humana “eterna”; son productos transitorios de determinadas condiciones materiales de producción.
El estudio del paleolítico revela que el egoísmo, la codicia y la competencia no son atributos innatos del ser humano, sino que son construcciones históricas. Durante prácticamente el 99% de la existencia, la humanidad se organizó en bandas igualitarias donde la cooperación y el hecho de compartir eran requisitos objetivos para la reproducción frente a la inseguridad existencial de la caza y recolección. Engels, de hecho, subraya que la “naturaleza humana” se configura dialécticamente por el modo de producción, y no al revés.
Igualmente, el Estado tampoco es “natural”: emerge solo con la división en clases antagónicas como la “fuerza pública separada de la sociedad”, según la definición de Engels, para consagrar la propiedad privada y contener la lucha de clases irreconciliable.
Es necesario entender que la historia no es una progresión lineal, sino que es un proceso dialéctico. Engels concebirá el comunismo no como una regresión al “salvajismo”, sino como la negación de la negación; el retorno a la sociedad gentilicia —propiedad comunal, ausencia de Estado, decisiones por consenso, igualdad de género, etc.—, pero sobre la base técnica superior del capitalismo. La sociedad gentilicia estaba limitada por su ínfima productividad y la dependencia del “cordón umbilical de la naturaleza” —Engels—, generando inseguridad constante.
En este aspecto, el capitalismo emerge como la última fase de la sociedad de clases, no porque sea el destino de la humanidad, sino porque ha llegado a socializar el trabajo de manera masiva en la clase trabajadora y a desarrollar las fuerzas productivas. Esta socialización de la producción constituye el soporte material objetivo para que, en el horizonte comunista, el retorno a la sociedad gentilicia adquiera el carácter del “final de la prehistoria”, como sugiere Engels; no hablamos de una vuelta al paleolítico, sino de una superación cualitativa de la sociedad de clases sobre la base de la mayor productividad y complejidad social que el mismo capitalismo ha hecho posible.
Así, el comunismo futuro integrará la libertad gentilicia con el dominio técnico sobre la naturaleza; la ausencia de clases, la socialización de la propiedad, pero con la productividad que libera al individuo de la necesidad, transformando el trabajo forzado en actividad creadora.
De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades
El círculo de la libertad humana se cerrará cuando la clase trabajadora se apodere de las inmensas fuerzas productivas desarrolladas por el capitalismo y las ponga al servicio de la sociedad al completo, negando la negación de la explotación de clases. Marx, en la Crítica del programa de Gotha, señala que en la fase superior del comunismo —ya sobre la base de la abundancia material objetiva— se hará realidad el principio de: “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”.
En la sociedad postcapitalista, el trabajo experimentará una transformación radical: dejará de ser una actividad forzada para la subsistencia y la alienación, eliminando la subordinación del individuo a una única profesión y la antítesis histórica entre el trabajo manual e intelectual. El ser humano ya no será un instrumento productivo, será un sujeto integral capaz de desplegar todas sus potencialidades creativas.
El incremento exponencial de la productividad —fruto del dominio técnico sobre la naturaleza— reducirá el tiempo de trabajo necesario y obligatorio a una fracción mínima del día, convirtiendo el tiempo liberado en el desarrollo libre individual: artístico, científico, intelectual, para todos los miembros de la sociedad. La producción, liberada de la anarquía mercantil capitalista, se organizará democráticamente para satisfacer necesidades humanas reales —y no para beneficio privado—, superando definitivamente los límites de la escasez histórica.
El comunismo se presenta así como la superación necesaria e histórica del capitalismo, liberando a la humanidad de la miseria, la guerra y de toda opresión de clase. Como señalaba Marx y Engels en El Manifiesto Comunista, “el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos”, cerrando el círculo de la barbarie explotadora con la síntesis superior de libertad, igualdad y fraternidad.
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